Dormir de prestado

Nos toca vivir unos días que nunca pensamos nos sucedieran. Hemos visto películas terroríficas y dramáticas; y aunque muchas se han basado en historias reales nos creímos inmunes al dolor. Veíamos lejano el sufrimiento. Para otros la carestía, la enfermedad y la soledad.

Nuestras necesidades mundanas quedaban resueltas a golpe de click o enlazando préstamos y microcréditos que ya pagaríamos con la extra de Navidad. Mirando el reloj a cada rato, porque no llegaba o ya había llegado.  Los días pasaban planificando el siguiente fin de semana, el próximo puente, la inminente escapada. Maletas y ropa bien doblada. La casa, poco habitada. La calle, explorada.

Hoy vivimos encerrados sin apenas percatarnos de que durante mucho tiempo ya estuvimos presos y agobiados. Transformando aquello en nuestro hoy anhelo diario. Deseando que las prisas y el estrés vuelvan a entrar en escenario. Que no paremos por casa, que seamos confiados y dejemos de estar confinados. El sueño se perturba. La noche da paso al llanto. España lamenta la muerte de más de 14.000 paisanos. De todas las edades, de todos los estratos. La muerte no distingue si eres feo, alto o bajo. Y el dolor no se apacigua. No disminuye, al contrario. Sin embargo te consuela ese abrazo imaginario que recibes cada instante con solo alzar la mirada al cielo, aunque esté nublado.

Hoy considero una vez más la suerte de un nuevo día regalado. Solo me sale dar gracias; porque en esta vida, al igual que vivo, también duermo de prestado. Y hoy de nuevo en mi cama, esa que hace 17 días había abandonado. Mi camita de oro, como decía mi abuela. Un beso al cielo, por ti y por todos los que desde ahí arriba nos seguís meciendo y arropando.

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