Es otra historia

Un banco vacío es otra historia

Esteban se despertó sobresaltado y sudando. Peinaba canas a sus 38 años. Joven, demasiado joven para contar el día 49 sin salir de casa. Halos de luces  naranjas se colaban por las rendijas de la persiana. Pero aún era de noche. Otra más que pasaba a duermevela. Echaba de menos a su mujer. Ya apenas percibía su olor natural en la almohada. Se abrazó a ella y sollozó. Ese cojín no suplía su cuerpo ni calor, pero servía para ahogar el lamento. Los hombres también lloran. Y pensando en su hijo, en no despertarlo y en lo que les quedaba por vivir juntos, enjugó el llanto; pulgar e índice presionaron sus ojos como queriendo volver a guardar dentro sus lágrimas, esas gotas saladas cargadas de desolación e impotencia.

–  Manolo, ¿has escuchado lo que ha dicho Juanma Moreno?
– Esteban, no queríamos creerlo pero la cosa al final es seria. Vete a casa y no salgas. Yo cierro y después hablamos porque lo que se nos viene encima es menuo.
– Ya sabes que cuentas conmigo, eres mi jefe desde hace muchos años.
– Y tu amigo, no lo olvides. Tocará cerrar el bar, pero lo volveremos a abrir y quiero que de nuevo, juntos.

Aquel 12 de marzo Esteban llegó a casa pronto, sí, y preocupado. Amalia no necesitó escucharlo para saber que su voz se entrecortaría.

– Manolo cierra el bar.

Ella solo pudo abrazarlo. Y así se quedaron en mitad de la cocina fundidos en uno y con los ojos cerrados. Amalia quería congelar el tiempo.

Ella llevaba mucho en paro, pero no parada. Estudiaba y leía, de todo, pero en especial de diabetes. Y mientras, buscaba trabajo aquí y allá. Se iba ganando la vida como podía. Amalia era primorosa y atenta. Quizás tuvo mala suerte. O no.

Hacía casi medio año que sus días pasaban en el pueblo de su madre, que en paz descanse. Allí seguía viviendo la mayor de las hermanas Parejo: su tía Juana; una mujer octogenaria, risueña y divertida. Nunca quiso casarse ni tener hijos. Se dedicó a coser y dar clases de costura en el pueblo. Y así vivía feliz. Con alegría y dedicada a la hebra. Algunos la miraban con recelo, a medio camino entre el menosprecio y la envidia. A tía Juana le daba igual. Ella siempre repetía lo mismo: «En los pueblos ya se sabe; pero que cada uno se mire a sí mismo y después me lo cuente».

Desde que a finales de agosto tía Juana se cayera en el baño, empezó a sentirse impedida. Estaba sola y el intento de traerla a la ciudad quedó en eso. De modo que Amalia cada mañana, después de dejar al pequeño Miguel Ángel en el colegio, se iba al pueblo a cuidar de tía Juana hasta que le hacía el relevo una señora que aceptó lo mucho o poco que este joven matrimonio podía permitirse pagar por cuidarla durante las noches.

Cuando Amalia regresaba ya eran las 6 de la tarde. Al menos tenía 3 horas para estar con su hijo de 5 años. Un crío despierto y muy cariñoso que siendo un bebé de 19 meses fue diagnosticado con diabetes (cuando todavía lo de los parches no estaba a la orden del día). Qué dolor pincharlo tan a menudo y tan pequeñito; y siempre atentos a los marcadores. ¡Cuántas noches salieron corriendo al hospital! Al menos en la ciudad lo tenían cerca.

Pero ahora, ¿qué iba a pasar ahora? Solo eran dos semanas. Eso decían. Irse todos al pueblo ponía en peligro la salud de tía Juana y la de Miguel Ángel. No sería la primera vez que el niño sufría una crisis en casa de tía Juana y revivir eso en estas circunstancias no parecía lo más acertado. Así que recordando aquella frase que tan poco le gustaba, encontró la dura respuesta: «Divide y vencerás».

– Mi amor, tía Juana – dijo Amalia con un nudo en la garganta.

Seguían los dos abrazados. En silencio y casi llorando. Esteban  no necesitaba más explicaciones. Sabía que esto era casi una despedida. Amalia era incapaz de abandonar a su tía. Y Esteban, con el cierre del bar, se podía encargar del niño mientras su mujer cuidaba a la tía.

Este coronavirus destruyó empleo, cerró negocios, aisló familias y trajo dolor y llanto. Pero si vemos más allá de donde llegan nuestros ojos; así fue como esta familia se hizo grande en el tiempo y en la distancia. Casi 50 días sin tocarse y con un corazón que se iba fortaleciendo y rompiendo en mil pedazos a la vez. Aquel 12 de marzo fue la última vez que Esteban vio su vida tal y como la conocía.

Y en cuanto a Manolo, esa es otra historia, que si quieres te cuento otra tarde.

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