Ironías de la vida

Casi sin darnos cuenta hemos vivido un año siendo consciente de que la muerte acechaba tras cualquier esquina. Lejos de nuestra familia y amigos. Asistiendo incrédulos a un espectáculo diario de toque de queda, mascarilla fija en calles solitarias y jugada maestra de no te lo quedes tú que ya me lo quedo yo.

Y mientras tanto, debajo de ese ruido de movimiento de sillones, de sueldos públicos que se mantienen a base de cuota de autónomos que crece sin pudor, ayudas fantasmas, entre otros, y también impuestos del azúcar y del combustible que bajo ningún concepto lo asumen las rentas más bajas. Porque ya se sabe que los que menos ganan tienen prohibido usar el coche y beber CocaCola, no vaya a ser que por exceso de velocidad o de cubatas nos pongamos malos y tengamos que dejar de trabajar y mantener el paraíso de unos pocos que dicen estar a nuestro servicio. Sin dejar a nadie atrás.

Ironía en su más alto grado de expresión. Los sanitarios encantados de haberse conocido, por estar cuidados y mimados desde una Administración, mejor dicho, 17; que va cada una recorriendo el camino como puede o como le dejan. La salud mental descarrilada, cuesta abajo y sin frenos. Y el cuidado de los enfermos y terminales pendiente de una ley aprobada por el senado que tendrá su ratificación en menos de lo que se celebran elecciones.

Ante todo esto entran ganas de sentarse con un buen bol de palomitas a ver quién es el siguiente payaso que va a actuar; pero no somos espectadores. Nosotros interpretamos al protagonista, al pueblo sufriente y pagante. Porque ironías de la vida, la vidorra de unos pocos nos toca pagarla a todos, bueno, a todos todos, no.

Me preguntó hace dos semanas la del CIS en esa encuesta, en absoluto tendenciosa, que de qué clase social me consideraba. Y yo pensé que qué clase de pregunta era esa. Soy de la clase de gente que pringa. Que trabaja y paga escrupulosamente sus impuestos obedeciendo lo que mandan. A Dios lo que es Dios y al César lo que es del César.
Esa es la clase social a la que pertenezco. Esa que, parafraseando a la Faraona, repite como un mantra: “Ay, cómo me las maravillaría yo. Ay, yo cómo me las maravillaría”. Pero en esta ocasión se añade un para llegar a fin de mes o no tirar la chancla a la tele cuando sale el político de turno.