400 días

Se cumplen hoy 400 días desde que se anunciara aquel primer Estado de alarma. Y durante todo este tiempo nos ha tocado despedirnos muchas veces y no solo de personas. En todo este tiempo han sido apartadas otras muchas enfermedades mucho más letales que la infección que nos ha cerrado el negocio y la boca, pero no los ojos.

Hoy quiero abrirlos con esperanza y reflexión pausada. Hay enfermedades que hemos tardado años en llamarla por su nombre. Cáncer. Se llama y dice cáncer, no una larga enfermedad como hemos leído y oído miles de veces. El cáncer nos ha tocado y nos toca a todos de cerca. Sin importar la edad: desde los dos años hasta los más de 70. Llega de forma fulminante y si no hay detección precoz ni tratamiento adecuado, la losa que se nos cae encima es demasiado pesada.

No me gusta llegar al café de media mañana con la cantidad de positivos y fallecidos por Covid que se nos dan a diario. Sin embargo, se agradece que solo lo hagan con una sola patología. Si el listado fuese de diagnósticos de cáncer, depresión y suicidios, ya nos habríamos tirado todos por la Peña de los Enamorados.

Tras cada una de las cifras se esconde una persona con miedo a sufrir, al dolor de su familia, a la incertidumbre de cuánto más. Pero aquí solo nos entendemos con números y son abrumadores:  en 2020 murieron 8 millones de personas por cáncer en todo el mundo.  De covid19 desde que empezó la pandemia (más de un año) tres millones de personas.  Todos estamos cansados del Covid19 y lo poco que sabemos y se vuelve a hablar del cáncer. Una enfermedad que según los últimos estudios padecerán una de cada 3 personas. Ahí es nada.

Decía Santa Teresa que la imaginación es la loca de la casa. Quizá termine un poco así porque no paro de imaginar a cada una de esos sufrientes y su familia.

La sobreinformación nos anestesia el cerebro. Fusila impulsos inocentes de libertad como salir a ver a tus padres y abrazarles; porque hoy los tienes contigo, mañana quien sabe. Por eso, vive, reza, abraza y besa a quien quieres cuanto puedas. Porque lo que es seguro es que el amor es lo único que nos hace libres.

Sin miedo

Que levante la mano quien no haya tenido una mala noche desde que comenzó la pandemia del Covid-19. Si ya en 2018 casi un 50 por ciento de la población española tenía trastornos del sueño, la pandemia ha disparado el número de casos, así como el de otras patologías nerviosas. Los TOC (trastornos obsesivo compulsivo) copan las consultas de psicólogos y psiquiatras desde marzo de 2020 y la estabilidad y salud mental de los ciudadanos está sufriendo una grave alteración que no se está cuidando ni teniendo en cuenta.

A quienes vivimos cerca del mar nos gusta buscar un rato de (des-)conexión respirando brisa marina. El ruido de las olas nos recuerda que somos viento que sopla y capaz de transformar cuanto nos rodea. El mar también nos alerta de que es fácil hundirse, pero es nuestro deber y derecho salir a flote.

A pesar del contexto, de la salud o la falta de ella. A pesar de las personas y de su tormenta de acciones y emociones que más veces de las que quisieran nos lastiman y nos hieren casi de muerte. Y solo entonces recordamos que vinimos para irnos. Ese abrazo que da la vida esperando la muerte que también es vida te grita que solo de ti depende el surco que hayas dejado. Recorreremos un camino con muchas piedras que nadie debe quitarlas de ahí, sino aprender a ver cómo a su alrededor crecen pequeñas flores. Porque también hay alegría, belleza y esperanza en la adversidad y el dolor.

La muerte es inevitable. Por eso vive como si fueras a recibir esta inoportuna visita en cualquier momento. Sal al encuentro de la vida. Busca ese atardecer que te llena el alma, oler a pinos o biznagas. Disfruta de esa sonrisa, esa mirada, esa mano que te acaricia.

Despierta con la certeza de la gracia con la que has nacido y multiplica tus dones. Repasa tus días de forma que brille más tu luz que tus tinieblas. Ama y solo así, vive. Sin miedo, como niños. Haciendo de tu mar, un cielo.

La vida sale

Si antes hablaba de las palomitas y el bochornoso espectáculo de nuestros políticos, antes se suceden una serie de acontecimientos que son más propios de un mal guión de tv movie que de mi querida España. Pero viendo que el pueblo solo quiere pan y circo, pues eso. A seguir capturando nuevos gladiadores a los que lanzar a los leones. Esa es la mejor manera de  olvidarse que quien de verdad se muere de hambre es aquel que grita desde la grada.

Esta semana se ha celebrado la muerte, que dicho así, choca. Pero como es digna, ya sí se permite la algarabía. Y pasa que los que tenemos la mala, pero necesaria, costumbre de pensar, nos formulamos preguntas de todo tipo. Si una persona que no decide morir ante el padecimiento y el dolor, ¿muere de forma indigna? ¿Vive de forma indigna también? Y si se aliviara el dolor o el sufrimiento de aquel que busca la muerte, ¿querría morir? ¿Querría si no sintiera que es una carga para su familia? ¿Y si no estuviera solo, querría morir?

Me consta que ver sufrir a quien quieres te destroza. Es muy duro. Nadie quiere sufrir y el dolor y la muerte da miedo. Pero sobre todo a lo que tenemos miedo es a la soledad. Otro drama contemporáneo. En Japón y Alemania se han creado ministerios expresamente para tratar este problema que aquí lo tenemos encima de la mesa. Una situación que se da más de lo que vemos y no solo en los mayores. En España, el 31 por ciento de los jóvenes menores de 30 años se sienten solos, según un informe de la Universidad de Comillas.

¿No te ha pasado ver en un bar a dos o tres personas en la misma mesa mirando su móvil? Rodeados de familia o amigos y tan solos. Cada uno en su mundo irreal a través de una pantalla. ¿Desde cuándo dejamos de mirarnos a los ojos? En la era más hiperconectada vivimos más aislados que nunca. Con las conexiones emocionales rotas y alteradas.

Ante la falta de recursos y en una sociedad como la nuestra tan independiente, relativa e individualizada, el sacrificio por los demás está demodé. Gran parte de nuestro tiempo lo empleamos en activos que den una rentabilidad física o económica. Para estar más guapa, más musculoso, con más pelo, con menos vello, más rico, con esa casa tan bonita… Lo demás es una perdida de tiempo.

Así lo han entendido los que mueven los hilos. No merece la pena que se destinen recursos a cuidarnos ni acompañarnos. En estos momentos precisamente aprueban la ley de eutanasia que la sociedad está sufriendo mucho. ¿No hubiera sido más urgente buscar aliviar el dolor? ¿Acompañar y cuidar al que padece? Sobre todo en medio de una pandemia con tanto sufrimiento, mala salud mental y mucha soledad no deseada.

Ahora deberíamos hacer como aquel que canta José Merce en La vida sale. Cuando nos pidan transitar calles oscuras que suponen un peligro auténtico para nuestra integridad física, mental o moral, deberíamos decir con arte que no. Que ya lo intentamos con buena voluntad pero ahí se quede usted en su tiniebla.

Ironías de la vida

Casi sin darnos cuenta hemos vivido un año siendo consciente de que la muerte acechaba tras cualquier esquina. Lejos de nuestra familia y amigos. Asistiendo incrédulos a un espectáculo diario de toque de queda, mascarilla fija en calles solitarias y jugada maestra de no te lo quedes tú que ya me lo quedo yo.

Y mientras tanto, debajo de ese ruido de movimiento de sillones, de sueldos públicos que se mantienen a base de cuota de autónomos que crece sin pudor, ayudas fantasmas, entre otros, y también impuestos del azúcar y del combustible que bajo ningún concepto lo asumen las rentas más bajas. Porque ya se sabe que los que menos ganan tienen prohibido usar el coche y beber CocaCola, no vaya a ser que por exceso de velocidad o de cubatas nos pongamos malos y tengamos que dejar de trabajar y mantener el paraíso de unos pocos que dicen estar a nuestro servicio. Sin dejar a nadie atrás.

Ironía en su más alto grado de expresión. Los sanitarios encantados de haberse conocido, por estar cuidados y mimados desde una Administración, mejor dicho, 17; que va cada una recorriendo el camino como puede o como le dejan. La salud mental descarrilada, cuesta abajo y sin frenos. Y el cuidado de los enfermos y terminales pendiente de una ley aprobada por el senado que tendrá su ratificación en menos de lo que se celebran elecciones.

Ante todo esto entran ganas de sentarse con un buen bol de palomitas a ver quién es el siguiente payaso que va a actuar; pero no somos espectadores. Nosotros interpretamos al protagonista, al pueblo sufriente y pagante. Porque ironías de la vida, la vidorra de unos pocos nos toca pagarla a todos, bueno, a todos todos, no.

Me preguntó hace dos semanas la del CIS en esa encuesta, en absoluto tendenciosa, que de qué clase social me consideraba. Y yo pensé que qué clase de pregunta era esa. Soy de la clase de gente que pringa. Que trabaja y paga escrupulosamente sus impuestos obedeciendo lo que mandan. A Dios lo que es Dios y al César lo que es del César.
Esa es la clase social a la que pertenezco. Esa que, parafraseando a la Faraona, repite como un mantra: “Ay, cómo me las maravillaría yo. Ay, yo cómo me las maravillaría”. Pero en esta ocasión se añade un para llegar a fin de mes o no tirar la chancla a la tele cuando sale el político de turno.

Sentir duele

Llegamos a casa después de haber tomado algo con unos amigos en el bar más antiguo del pueblo para celebrar el día de Andalucía. Hacía dos meses que el trabajo nos había impedido regresar y ver a la familia. Como cada sábado por la noche, la televisión era una opción que poco tenía que ofrecerme. Cogí el teléfono móvil. Me acordaba de un chico que estaba muy malito. Jorge Ribera Sempere. A pesar de su enfermedad y su debilitamiento, insuflaba vida y amor.

Pero no había nada nuevo. Recé por él y empecé a bichear por internet después de haber reflexionado si yo, que gozaba de buena salud, tenía la misma alegría y esperanza que Jorge. ¿Cómo estaría yo en su situación? ¿Cómo estaríamos tras 10 años con leucemia?

Y así me vi navegando a través de blogs, cuentas y perfiles que suman hasta que llegué a una que me hizo cambiar el chip. Me vi leyendo con cierta preocupación el testimonio de una mujer española, madre de familia, en pleno corazón de la Lombardía. Y entoné el mea culpa. Confesé en voz alta que quizá estábamos ante algo gordo (una expresión muy amplia cuando no tienes ni idea de lo que tienes delante pero cuya gestión sabes que cambiará para siempre nuestras vidas. Y así ha sido).

Porque, ¿quién no despreció al Covid19 en febrero de 2020? Lo hizo el Gobierno de España en bloque y la mayoría de medios de comunicación. A pesar de Italia. Pero a mí, amante y defensora de los refranes como soy, no me cuadraba que se siguiera haciendo vida normal cuando  estaba muy claro que cuando las barbas de tu vecino veas cortar, pon las tuyas a remojar.

Lo extraño de todo esto, es que un año después, más de 60.000 muertos, y cientos de miles de personas con trastornos mentales, ruinas económicas y sociales, se siga despreciando, no al virus, sino a las personas. ¿Qué hacemos? ¿Criterios políticos o sanitarios? ¿Cuestión económica? Después nos llevamos las manos a la cabeza con declaraciones como las de Victoria Abril, pero visto lo visto; lo de la gestión de esta pandemia en España es para volverse ‘majarón’, como se dice en mi tierra.

Ahora tampoco me interesa lo que pone la tele; por eso quiero volver a acudir a Jorge Ribera Sempere. Su sonrisa a pesar del dolor y de la enfermedad. El valor de la familia, de ayudarse. El sentido de saber que cada situación que vivimos importa y nos hace bien. No solo a mí, también a quien me rodea. Jorge murió el 29 de febrero de 2020. Puede que no entendamos en absoluto lo que nos pasa y que nos quedemos con ese amargo regusto de la impotencia de querer y no poder; pero si algo trasciende al ser humano es el poder del querer. Dejarse amar y ser amado. Sentir duele. Llorar es bueno. Estar triste nos recuerda que nos necesitamos unos a otros y que somos alma que siente y se emociona. Los abrazos no volverán porque realmente nunca se fueron.

Árbol Caído

Los Pablos se han llevado el protagonismo esta semana. Puedes pensar en cualquiera de esos tres que han copado los titulares. Da para escribir un libro; o tres: de miedo, de broma o de autoayuda. Serían un bestseller, ni a los mejores guionistas se les ocurriría tamaña trama.

¿Te imaginas que en el Gobierno de España y en casi todos los medios de comunicación estuviéramos pendiente de lo que dicen los usuarios de una empresa dentro de esa empresa? ¡Vaya chorrada! ¡Lo que nos faltaba! Pendientes de esa opinión dada en un sitio que sigue las reglas de juego de una corporación extranjera y que no conoce ni respeta mis derechos y obligaciones constitucionales. Y que por ello me hace caer en errores y faltas porque no me ampara ni me defiende a mí, sino a los propios fines de esa compañía: lucrarse y conseguir información y hábitos de consumo.

Pues deja de imaginar, porque tenemos día sí y día también en el menú esta sopa boba que a base de inmediatez, ruido y mucha soberbia está fomentando un clima tenso que mucho se aleja de aquellas bondades que vimos los románticos en estos foros.

Twitter apareció como un lugar accesible en el que encontrar a personas con las que poder compartir pareceres, ideas y acortar distancias imposibles. Una red social para crecer. Sin embargo, cada vez es más un lugar de confrontación. ¿Por qué quisimos olvidarnos de la ética? Necesitamos despertar de la embriaguez del consumo, la envidia y el miedo.

Si abres los ojos y solo miras lo que te quieren mostrar, solo verás el ruido de una minoría. Porque bien cierto que es mayor el estruendo de un árbol al caer que el sonido de todo un bosque creciendo. De nosotros depende no hacer leña del árbol caído. Porque sin duda, son muchas más las personas que trabajan por mejorar la vida de los demás.

Te invito a hacer una reflexión. Piensa en alguien que te haya cedido el paso, sonreído o preguntado tu nombre con amabilidad en los últimos días. Imagina que esa persona, como tú, tiene sus luchas internas, sus frustraciones, sus miedos, su dolor, su cansancio. ¿No es maravilloso que alguien con esas circunstancias haya sido capaz de abrazarte con la mirada? ¿De tratarte con amor?

Porque de eso se trata. De vivir intensamente con amor. Sin pensar demasiado en lo que tienes o dejas de tener. Por eso toma cada día con ilusión, pensando qué puedes hacer tú para mejorar tu mundo. Pensando en pequeño actuarás en grande. Sin miedo y con mucha fe. Trabaja tu salud física, mental y espiritual para, como a mí me gusta decir, traer a nosotros tu Reino. Feliz primer domingo de Cuaresma, y sí: este año volverá a haber Semana Santa.

Amor, amar

Recuerdo siendo pre-adolescente que si el 14 de febrero caía entre semana y aún seguíamos con el uniforme verde, allá que nos plantábamos en el cole con algo rojo. El pañuelo de Levi’s era lo más socorrido: discreto, útil y muy de moda. Lo cumplía todo.

Daba igual si habías encontrado o no al amor de tu vida porque ya se encargaba la SuperPop, la Bravo, la Vale o el You de conquistar tu intelecto a base de fotones de estudio con los artistas de la época.

Aunque yo me sienta muy guatequera; a las de mi generación se nos distingue la edad exacta según la BoysBand de la que eras fan: ¿Take That, BSB o NSYNC? Y sí, las boysband están muy bien: temas con mucho ritmo y coreos muy trabajadas, y además hizo a mis coetáneas querer hablar inglés. Porque era un idioma necesario para declararle el amor platónico al guapo del grupo, que gracias a Dios y para evitar peleas, tenía un previo consenso para que no fuese coincidente.

La máxima de cualquier adolescente siempre ha sido «mi amiga por encima de cualquier chico». Un planteamiento que con el paso del tiempo y su perspectiva, entiendes que no es absoluto ni excluyente. La vida te enseña que colocar a tu amiga por encima de lo que sea no tiene sentido.  Porque lo que realmente lo cubre todo, incluso a tu amiga de toda la vida, es el AMOR. Sí, con mayúsculas y sin gritar.

El amor de verdad todo lo perdona, todo lo entiende y nada juzga. Promueve la confianza, la lealtad y reconoce en el otro la bondad de sus intenciones aunque el resultado haga daño y ofenda. Para eso esta el intelecto y la caridad. Entender y enseñar con benevolencia.

El amor reconoce en los actos erróneos de los otros el dolor o el sufrimiento que ha padecido. Su ignorancia o incapacidad de acertar las palabras o los hechos. No busca la soledad, ni hacer daño, ni difundir medias verdades para que te lleves la razón a toda costa.

El amor es capaz de saber ver en otro las ganas de levantarse aunque no le pueda la fuerza, aunque esté triste y falto de esperanza. La mayoría de las personas quieren hacer el bien, buscar lo mejor. Y en ese camino hay caídas, errores y faltas. Pero cada día tenemos la oportunidad de volver a empezar.

Amar con paciencia y serenidad; sin esperar nada a cambio. Hacerlo sin corazones, brindis ni regalos. Amar tanto que seamos capaces incluso de hablar bien y con cariño de aquellos a quienes no soportamos. A esos que nos han traicionado y herido en nuestra alma. Incluso a los que nos gobiernan, les hayamos votado o no. Eso sí que es desear un Feliz San Valentín.

Dolo de omisión

Esta semana asistimos estupefactos a un nuevo espectáculo protagonizado por nuestros políticos. Que Salvador Illa dejara la cartera de Sanidad era cuestión de tiempo. Y dado que en Cataluña se va a poder ir a votar aún siendo positivo en Covid, su marcha sería más pronto que tarda.

Y así llegó el anunciado martes del adiós. Después de casi un año de pandemia, con datos pocos claros, comités inexistentes y una gestión que ha sido un constante quiero y no puedo; Illa acudía a su último Consejo de Ministros. ¿Qué diría? ¿Sería una humilde despedida o una despedida humilde? Pues al final ni una cosa, ni la otra.

«No me arrepiento de nada de lo que he hecho». Y así, más largo que ancho, se fue dando las gracias y elogiando el trabajo colectivo.

Estoy segura de que se le debió olvidar la segunda parte del discurso, en la que sí se arrepentía de todo lo que no hizo. Dolo de omisión, que en una pandemia como la que vivimos es el fatal de los errores.

Cuando Celia Villalobos dijo en el talent show culinario lo que se espera de todo ministro se me vino a la mente Salvador Illa. Coger la cartera, ocupar su sillón y pasar inadvertido. Talante para cumplirlo no le faltaba. Pero que mala suerte tuvo. Y con él, todos los demás.

Y aunque la sabiduría popular nos enseñe aquello de «si no tienes nada bueno que decir, mejor no digas nada» ahora no toca el silencio. Porque llevamos meses aguantando la mordaza de las mascarillas, el peso de la pandemia y su (mala) gestión; que la pagamos todos los de a pie: los ciudadanos, los sanitarios y las decenas de miles de autónomos que lejos de tener un apoyo con la suspensión o rebaja del impuesto asociado a nuestra actividad; vemos como mes a mes siguen subiendo la tasa sin que podamos ejercer tal y como hacíamos.

La compra de test defectuosos, las partidas de material de protección que se debieron devolver, las plazas MIR, una app de control de coronavirus que no ha servido para nada… Omisión de reconducir las acciones fallidas para que sean éxito y garanticen una sociedad que deje de percibir que en esta pandemia vamos dando palos de ciego.

Omisión también por ejemplo de no haber propuesto un Pacto de Estado contra el Suicidio, ahora que la salud mental de los ciudadanos cae en picado. El dolor emocional y psíquico se manifiesta con dolor crónico. Un sufrimiento que sin paliativo termina en el peor de los escenarios: el que vivimos en nuestro país con 10 suicidios diarios.

Quizá analizando grosso modo el que iba a ser el puestazo de su vida se le torció sin esperarlo. Pero alguien que dice tener vocación de servidor público sí debe rendir cuentas. Por eso quiero creer que sí se le debió traspapelar ese «me arrepiento de lo que no he hecho».  Que no ha sido poco.

Ahora, recordando a Los Chichos y su  famoso»te vas, me dejas y me abandonas», se marcha de candidato. Ojalá que no volvamos a tirar de refrán y decir eso de: «Más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer».

Periodismo Vital

Si Francisco de Sales levantara la cabeza, se volvía a morir de ver cómo está el paronama en el gremio del que es patrón: el de los periodistas. Asistimos a una batalla diaria en la que impera ser líder en visitantes únicos, reducir al mínimo la tasa de rebote y titular cualquier noticia con un gancho lo suficientemente potente para llevarse todos los clics posibles. El periodismo ha decidido ser viral.

Sin embargo, lo viral no es vital. Cada día somos testigos de cómo diferentes medios de comunicación se hacen eco de conductas delictivas y maliciosas que animan a otros a su imitación. Lo vemos recientemente en la brutal agresión de Cártama y en el intento de una acción similar en Málaga pero con otro abrasivo: aguarrás. La violencia lleva a la violencia.

Los medios de comunicación tienen una de las funciones más bonitas e importantes: servir de ejemplo a la sociedad. Desde que las empresas de comunicación dejaron de ser familiares y se convirtieron en grandes grupos empresariales, el sentido y la obligación de la responsabilidad social ha pasado a un segundo plano. Poderoso caballero es don dinero.

¿Sirve la publicidad institucional para callar a periodistas y empresas de comunicación? A mí, que me gustan los refranes y dichos populares diré dos: «El perro no muerde la mano del amo que le da de comer»; pero también  «La verdad os hará libres».

Sabiendo esto, uno ya va en alerta ante lo que le cuentan. Y que eso de que los medios están para formar, informar y entretener, ha ido dejando por el camino la formación y la información; procurando una sociedad entretenida y vaga de reflejos que acepte el manoseo de los que dirigen el rebaño.

Sin embargo, siempre hay un resquicio de luz que guíe el intelecto. Las colaboraciones en prensa y Cartas al Director destacando la humanidad y el valor de la persona son las que nos pueden sacar del pozo. Son muchos los que a través de artículos de opinión y breves editoriales los que hacen el click que más vale de todos: un click directo al corazón.

Esta fue una de las razones que me motivaron a empezar a hacer #UnCaféConPorras. Entrevistas con alma para dar a conocer a tanta gente buena y bonita que sirve de ejemplo con su quehacer diario. No me importaba el tiempo que me llevara, si lo leía mucha o poca gente; solo quería (y quiero) poner en valor a personas que den luz a través de su tesón, su historia, y su ejemplo de vida cotidiana.

Llevo días reviviendo emocionada una de esas entrevistas. La protagonizada por una mujer que esta semana emprendió el viaje eterno. Mi querida Inés Robledo Aguirre. Qué agradecida estoy de haberte conocido. Cuánta luz nos has dado.

Recuerdo con admiración tus escritos; que al leerlos, el alma daba un vuelco. Esas líneas tuyas, mi querida y admirada Inés, eran un soplo de aire fresco. Tanto como lo fueron los panfletos de San Francisco de Sales en Allinges. Desde aquí te pido nos ayudes a los plumillas a conseguir esa magia de la que impregnabas tus artículos en Diario SUR. Que recordemos siempre que lo vital perdura más que lo viral.

Bien pagao’

Sí, aunque intento revisarlas la mayoría de las veces, yo también acepto la política de privacidad sin leerlas. No hay que sentirse mal por ello. Te han hecho creer en la idea de privacidad (que como tal surge a mediados del siglo XX) y propiedad (más antigua pero que adquiere su concepto actual en la Revolución Industrial del siglo XVIII) con el objetivo de instaurar en tu cerebro que todo se compra y se vende. Pero déjame decirte que eso no es tan así como nos lo quieren hacer creer. Como bien dice una de mis hermanas: «Si te acostumbras a incluir en tu discurso las palabras todo, nada, nadie, nunca y siempre; créeme que incurrirás en la mentira fácilmente» y en estos casos el gran perjudicado – que no el único- es uno mismo.

La ciencia no es exacta

«Y tú, ¿cuánto cobras? ¿Por eso te pagan bien? Oye, ¿cuánto te ha costado esto?» Hablar de dinero no es elegante. O eso recuerdo decía mi abuela, que hablar de dinero era de «mal gusto». Hoy por desgracia todo se mide en esta variable. Vivimos en una sociedad altamente consumista en la que «ser del taco» ha cobrado demasiado protagonismo.

Valoramos no solo las cosas, sino también a las personas. Y lo hacemos conforme a la utilidad que nos prestan. Y yo me pregunto, ¿desde cuándo hemos confundido lo valioso con lo útil?

¿Hemos, acaso, olvidado que todas las personas somos valiosas en cualesquiera de las circunstancias? Esta pregunta me la formulo cuando se pone sobre la mesa una aberración disfrazada de derecho.

¿La ciencia es exacta?

He conocido casos de mujeres que han seguido adelante con su embarazo. Lo hicieron contra la recomendación médica de abortar a su hijo que venía con una anomalía. ¿Sabéis qué? Muchos de esos niños nacieron sin problema alguno.  ¿Matar a un niño sano está mal pero si está enfermo está bien? Eso lo dejo al lector.

¿Cuánto dejamos hacer a la ciencia, que aunque se empeña en decir lo contrario, no siempre es exacta?

Ahora vemos como en vez de dotar a los centros sanitarios de más profesionales, especialización y recursos para la unidad del dolor y los cuidados paliativos te sacan una ley para matar al enfermo y al que sufre. Y lo hacen en contra de la profesión médica (aquí la nota de prensa conjunta de Médicos, Odontólogos y Farmaceúticos sobre el proyecto de Ley de Eutanasia).

Un sector de la sociedad habla de la eutanasia como muerte digna por haber sido testigos del sufrimiento sin paliativos de sus seres queridos. El dolor  sin ser tratado, sin ser acompañado, cuidado ni aliviado nos convertirá en una sociedad que defiende la muerte, que basará la vida en la utilidad superflua de las personas.

Utilidad y Valor

Sin embargo, lo más valioso no es útil. ¿Qué perdura más en tu memoria, los paseos con tus abuelos o la cama en la que has dormido durante tu niñez? Lo más valioso se mantiene en tu memoria y forma parte de tu ser, y eso no se paga con dinero.

Dice Santa Teresa que la imaginación es la loca de la casa, y hoy quiero enloquecer imaginando un mundo en el que la vida y lo valioso que hay en ella sea el centro del mundo. Que el amor al poder, al dinero, a las posesiones y los datos no acabe con lo que realmente merece la pena: la persona y su humanidad para con los demás.

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