Sensación de Vivir

Seguro que recuerdas esta serie y el bombazo que supuso en los años 90. La pegadiza melodía de su cabecera te mostraba mientras sonaba a gente sonriente; aparentemente feliz. Si fuiste fan de este culebrón norteamericano aquello de felicidad, poco.

He recordado esta serie porque a veces me pregunto qué sensación tengo de vivir. En mi divagar también cuál tendrán los demás. Sobre todo pienso en aquellos que han perdido la esperanza. En esos que dejaron de confiar en que las cosas tienen arreglo. Por que las cosas siempre se arreglan, aunque duela, todo pasa. Por desgracia, no todos lo ven así.

Pienso en los que se sienten solos, abatidos y olvidados. Abandonados a su suerte sin saber cómo escapar de la espiral de dolor en la que se encuentran atrapados. Y es entonces cuando recuerdo todas aquellas llamadas a Emergencias antes del boletín informativo. Se me parte el alma.

El suicidio es ese tabú del que no se habla para evitar réplicas en aquellos que dudan dar el trágico paso; pero que a su vez, al no tratarlo se convierte en el eterno problema con el que convivimos. Confiando las familias en saber detectar a tiempo una conducta suicida. Imposible. Eso solo lo detecta un profesional.

Cada 10 de septiembre se celebra el Día Mundial de la Prevención del Suicidio. La primera causa de muerte no natural de España. Y precisamente hoy, cuando se intenta luchar para prevenir esta lacra social, este terrible problema que deja destrozadas a miles de familias cada año; se lleva al Congreso la propuesta de ley para el suicidio asistido, la eutanasia.

En los últimos meses hemos cambiado la percepción de nuestro día a día, extremando nuestras sensaciones de vivir hacia aquello a lo que tendíamos. Hemos asumido restricciones de todo tipo para proteger la vida, sobre todo de los vulnerables.  Perseguimos alargar nuestra existencia aquí mediante distancias, sonrisas y lágrimas en los ojos y paños en los labios. Pero no podrán callar lo que debe decirse. Cuando falta tanta ayuda en cuidados y atención al enfermo es perverso promover el suicidio (asistido). Hacerlo el día en el que todo el mundo trata de prevenirlo no tiene calificativo ninguno.

El pueblo necesita una ley para proteger a quien necesita ayuda, al que sufre y padece, a quien tiene miedo, al que está solo. Tenemos abandonada la salud mental. Y vienen a rellenar ese hueco inerte a base de eslóganes vacíos como «A por ello» o «Todo saldrá bien». Pues no. Cuando alguien decide quitarse la vida no todo sale bien. Es duro ver a una madre llorar la perdida de un hijo. A un hijo lamentar que su madre se matara. La culpa de los familiares dolientes sobrevuela durante años con miles de interrogantes que nunca encuentran respuesta.

Por ellos y por los que se han ido cuando no les tocaba. Mi recuerdo y mi abrazo. Siempre.

Plenitud

Después de mucho tiempo he visto la que todos dicen es la mejor película del año, algunos ya hasta de los últimos tiempos. Sin embargo, cuando terminó me quedé vacía. Con esa sensación de haber perdido más de dos horas de mi vida. ¡Qué regusto tan amargo!

He pensado mucho si contarlo pues sé cuánto esfuerzo y sacrificio supone desarrollar un proyecto cinematográfico.  Llegar a estrenar una película es complejo. Un proceso muy largo; se deben superar muchísimos obstáculos. Entiendo la ilusión de querer contar tu historia y que llegue; que remueva conciencias; que te sume… Pero este cine que hoy nos cuelan desde cada rincón del planeta me supera.

Sigo sin entender porqué  hay un pequeño grupo de personas que “mucho ruido y pocas nueces”. Martilleando el teclado con improperios; creando confusión y malestar; desdibujando nuestra sociedad. ¿De verdad las cosas se solucionan con mentiras, huida y violencia? Algunos eruditos me dirán esa frase que tanto se puso de moda desde 2014: “No has entendido nada”. Será eso. También me resultó  llamativo que sea apta a partir de 16 años, por lo que durante el confinamiento habrá muchísimos adolescenteS que han visto esta peli. Atroz.

La crítica, hoy releída, conociendo a qué hacía referencia es una ofensa en toda regla. No me vi representada en ningún personaje, ni a mí ni a gran parte de las personas que conozco (que no son pocas).

La vida es un camino que uno debe aprender a recorrer aceptando compañía y soledad. Y estas no siempre  vienen cuando a uno le apetece. La vida es ganar y perder. Y tampoco sucede esto cuando uno quiere. Y en este camino uno debe sentir esa grandeza que tenemos todas las personas por el hecho de ser. La dignidad no se compra ni se paga, aunque te hagan creer lo contrario.

Mirando más allá de dónde ven tus ojos se descubre de qué estamos hechos; porque es en lo escondido donde solo tú eres capaz de asimilar que la felicidad es un estado de vivir. Está claro que el camino que recorremos tendrá también miedo y dolor y que al superarlo sin hacer daño a nadie viviremos con plenitud.

Te quiero, mamá

Primer domingo de mayo. ¡Felicidades, mamá! Me hubiera gustado estar ahora en casa para darte un abrazo. De los míos, ya sabes. Que papá preparara el café, mientras reunidos en la cocina, habláramos de cómo iba la cosa: ese «qué tal el trabajo» y el cariñoso «te veo muy bien, Carito».

Y tu mirada, mamá. Esos ojos verdes casi transparentes llenos de ternura y amor. Con una preocupación que revela tu extraordinaria sabiduría e imaginación. La viveza de tus expresiones. La dulzura de tus palabras y lo divertido de tus ocurrencias. Se me hace raro no tocar tus manos, preciosas y suaves. Y ese brillo en tu pelo que solo tú sabes peinar.

Este Día de la Madre es distinto. Pienso en tantas mujeres… Ser madre es la entrega silenciosa y alegre; sabiendo dar ejemplo de generosidad, empatía, amor y talento. Con la humildad suficiente para aprender y pedir consejo, y el propósito de mantenerse firme aunque nos cueste.

Hoy es el Día de la Madre, y tengo presente a muchas mujeres que sin haber cobijado vida en su seno demuestran cada día su maternidad. Hoy, 3 de mayo, me acuerdo especialmente de mi hermana, mi Nani, un día como hoy hace 21 años abrazaste a tu hijo por primera vez. Tempus fugit. Demasiado deprisa. Porque nos hemos plantado en 2020 en un abrir y cerrar de ojos.

Nadie imaginó una primavera como esta. Vaya un mes de mayo, como decía la copla. El mes dedicado a nuestra Madre, a las flores y la alegría. Abril se nos ha escapado. Nadie lo ha robado como acusaba el genio ubetense. Lo hemos vivido de otra forma. Paramos en seco y dejamos de vivir nuestra vida tal y como veníamos haciendo.

Habrá merecido la pena si cuando todo esto acabe, no olvidemos todo lo que hemos conseguido. Cuando ese aplauso en los balcones, ahora trasladado a las calles, permita que sanitarios, maestros, cuidadores, farmacéuticos, policía y agricultores ocupen un lugar preferente en nuestra sociedad.

Debemos entender y asumir que reconocer a aquellos cuya labor es más importante para la salud, la seguridad y el sustento de todos no me denigra ni a mí ni a nadie. Al contrario. Nos pone en un primer lugar;  porque el esfuerzo y el sacrificio enriquecen la sociedad y las personas.

Hemos visto a niños felices pasar tiempo con sus padres, recibiendo en casa a la abuela, el tío o la prima que estaba sola en la ciudad. Se ha visto que la familia es el primer y gran valor en el que siempre encontraremos abrigo. La ideología empezó a desvanecerse y fuimos todos a una. Se ha demostrado cuánto abundan las personas generosas y solidarias. Y por supuesto, la mayor de nuestra riqueza: los mayores. Ellos son nuestra historia viva a la que debemos oír, respetar y cuidar.

51 días confinados cumpliendo las nuevas reglas de un juego que ni yo misma entiendo.  Mañana saldré a la calle con mascarilla, que antes no era importante y ya es obligatorio aunque no haya stock para todos. A ver si nos aclaramos. Tengo un lío importante.

Lo único que tengo claro es que un abrazo sincero no sale de un código binario ni del codo, sino del corazón. Como estas palabras que brotan sin control. Y por si no ha quedado ya cristalino: Te quiero, mamá.

Es otra historia

Esteban se despertó sobresaltado y sudando. Peinaba canas a sus 38 años. Joven, demasiado joven para contar el día 49 sin salir de casa. Halos de luces  naranjas se colaban por las rendijas de la persiana. Pero aún era de noche. Otra más que pasaba a duermevela. Echaba de menos a su mujer. Ya apenas percibía su olor natural en la almohada. Se abrazó a ella y sollozó. Ese cojín no suplía su cuerpo ni calor, pero servía para ahogar el lamento. Los hombres también lloran. Y pensando en su hijo, en no despertarlo y en lo que les quedaba por vivir juntos, enjugó el llanto; pulgar e índice presionaron sus ojos como queriendo volver a guardar dentro sus lágrimas, esas gotas saladas cargadas de desolación e impotencia.

–  Manolo, ¿has escuchado lo que ha dicho Juanma Moreno?
– Esteban, no queríamos creerlo pero la cosa al final es seria. Vete a casa y no salgas. Yo cierro y después hablamos porque lo que se nos viene encima es menuo.
– Ya sabes que cuentas conmigo, eres mi jefe desde hace muchos años.
– Y tu amigo, no lo olvides. Tocará cerrar el bar, pero lo volveremos a abrir y quiero que de nuevo, juntos.

Aquel 12 de marzo Esteban llegó a casa pronto, sí, y preocupado. Amalia no necesitó escucharlo para saber que su voz se entrecortaría.

– Manolo cierra el bar.

Ella solo pudo abrazarlo. Y así se quedaron en mitad de la cocina fundidos en uno y con los ojos cerrados. Amalia quería congelar el tiempo.

Ella llevaba mucho en paro, pero no parada. Estudiaba y leía, de todo, pero en especial de diabetes. Y mientras, buscaba trabajo aquí y allá. Se iba ganando la vida como podía. Amalia era primorosa y atenta. Quizás tuvo mala suerte. O no.

Hacía casi medio año que sus días pasaban en el pueblo de su madre, que en paz descanse. Allí seguía viviendo la mayor de las hermanas Parejo: su tía Juana; una mujer octogenaria, risueña y divertida. Nunca quiso casarse ni tener hijos. Se dedicó a coser y dar clases de costura en el pueblo. Y así vivía feliz. Con alegría y dedicada a la hebra. Algunos la miraban con recelo, a medio camino entre el menosprecio y la envidia. A tía Juana le daba igual. Ella siempre repetía lo mismo: «En los pueblos ya se sabe; pero que cada uno se mire a sí mismo y después me lo cuente».

Desde que a finales de agosto tía Juana se cayera en el baño, empezó a sentirse impedida. Estaba sola y el intento de traerla a la ciudad quedó en eso. De modo que Amalia cada mañana, después de dejar al pequeño Miguel Ángel en el colegio, se iba al pueblo a cuidar de tía Juana hasta que le hacía el relevo una señora que aceptó lo mucho o poco que este joven matrimonio podía permitirse pagar por cuidarla durante las noches.

Cuando Amalia regresaba ya eran las 6 de la tarde. Al menos tenía 3 horas para estar con su hijo de 5 años. Un crío despierto y muy cariñoso que siendo un bebé de 19 meses fue diagnosticado con diabetes (cuando todavía lo de los parches no estaba a la orden del día). Qué dolor pincharlo tan a menudo y tan pequeñito; y siempre atentos a los marcadores. ¡Cuántas noches salieron corriendo al hospital! Al menos en la ciudad lo tenían cerca.

Pero ahora, ¿qué iba a pasar ahora? Solo eran dos semanas. Eso decían. Irse todos al pueblo ponía en peligro la salud de tía Juana y la de Miguel Ángel. No sería la primera vez que el niño sufría una crisis en casa de tía Juana y revivir eso en estas circunstancias no parecía lo más acertado. Así que recordando aquella frase que tan poco le gustaba, encontró la dura respuesta: «Divide y vencerás».

– Mi amor, tía Juana – dijo Amalia con un nudo en la garganta.

Seguían los dos abrazados. En silencio y casi llorando. Esteban  no necesitaba más explicaciones. Sabía que esto era casi una despedida. Amalia era incapaz de abandonar a su tía. Y Esteban, con el cierre del bar, se podía encargar del niño mientras su mujer cuidaba a la tía.

Este coronavirus destruyó empleo, cerró negocios, aisló familias y trajo dolor y llanto. Pero si vemos más allá de donde llegan nuestros ojos; así fue como esta familia se hizo grande en el tiempo y en la distancia. Casi 50 días sin tocarse y con un corazón que se iba fortaleciendo y rompiendo en mil pedazos a la vez. Aquel 12 de marzo fue la última vez que Esteban vio su vida tal y como la conocía.

Y en cuanto a Manolo, esa es otra historia, que si quieres te cuento otra tarde.

Nueva Normalidad

Hay días que me levanto y lo mejor que pudiera hacer es volver a acostarme. Hoy ha sido uno de esos. Y aunque empiezo la jornada dedicando unos minutos de meditación, me queda un rescoldo que a veces se manifiesta con un tono inadecuado o con una tristeza impropia en mí. A veces este malestar me ahoga hasta la respiración.

Será el encierro y ver cómo evolucionan las cosas. Veo tanta indignación alrededor que duele. Pero sigo pensando que las personas no buscan dañarse unas a otras. Solo buscan hacer el bien de la única forma que saben. Ya hablaba con Antonio Moreno en #UnCaféConPorras sobre buscar lo bueno y la libertad.  Y sí, erramos en ello más de lo que quisiéramos. No os digo ya nuestros dirigentes.

La ignorancia es muy peligrosa. Prefiero a un tonto confeso que a un ignorante que desconoce tal cualidad. Porque al final este último se cree tan capaz que no admite consejos ni rectificaciones.

El olor a lejía me perturba. Dicen que si haces algo más de 21 días ya lo incorporas a tu vida sin más esfuerzo. Los coachers me tienen frita. Son ya 48 días oliendo a lejía y yo sigo sin acostumbrarme. Así que amigos, no. Si pensamos que la costumbre hará de esto que se nos plantea una nueva normalidad, vamos apañaos. Yo he ido andando por la calle abrazada a mis amigas, me he echado a los brazos de mis padres, doy besos de abuela y achuchones de niña pequeña. He sido de multitudes: desde estar en encierros procesionales embarazada de 8 meses hasta asistir a todos esos saraos de los de “cuanta más gente, mejor”.

Y ahora, como si me encontrara frente a una senda que se abre ante mí sin saber si debo encaminar ya o esperar. Pero, ¿a qué? Cada día me repito ese «No temáis». Y el escenario entonces se dibuja soleado. No debemos tener miedo pero seamos cautos. Sonriamos que lo que tenga que ser será; y si se prolonga en el tiempo:  agua y menta, porque la nueva normalidad nunca será normal para nosotros.

No lo permitas

Último lunes de abril. Día 45. Seguimos en este secuestro. Observando cómo pasan los días. Escapando de la realidad que te quieren hacer creer. Colapsando nuestras conversaciones gracias a un circo lleno de portavoces para que solo hablemos de gestión política, de bulos, de censura y de ejemplaridad.

Ahora parece que desandamos el camino. Eso que hemos construido con el cierre de nuestras empresas, con la pérdida del empleo y con la cancelación de nuestros servicios. ¿O es que acaso no fue necesario nunca el encierro? España, tierra de cobayas.

Y en medio de toda esta puesta en escena de cifras, RDL y BOE al filo de la medianoche, yo pienso en las personas y sus historias. Aquellos que ya eran vulnerables antes del 12 de marzo, en cómo están nuestros profesionales sanitarios; en las familias y su economía; y cómo se encuentran nuestros mayores, si podrán salir más pronto que tarde a caminar. Ellos que nos lo han dado todo. Que nos lo siguen dando. Ahora que viven pausados y limitados. Sin ruidos en la casa ni chocolate en la despensa. Nadie irá a visitarlos. No por ahora.

También pienso en aquellos, que temerosos, no dejan de sentirse los malos de la película. Porque nos siguen vendiendo que estamos confinados por  la salud de los más vulnerables. Pero, ¿quién no está vulnerado con este encierro?

Menudo cinismo. Sí. Mi reflexión demuestra que estoy cansada. No pido entender. Eso no es posible. Me desconcierta pensar una cosa y la contraria a la vez. Respirar este aire raro. Ir en coche y no sentir esa libertad mental de bajar la ventanilla para que el aire despeine mi flequillo. Querer salir y volver a la vida, y a la vez solo anhelar encerrarme en casa con los ojos apretados esperando que todo sea un mal sueño.

Pero no. Los abro y todo y nada es igual. Ni si quiera las personas. No hay mejor opio que el odio. La gente enfrentada. Así es como nos quieren. Demostrando que hay quien en medio de todo esto renuncia a tu amistad por disentir de tu opinión o no tolerar la indignación del semejante. Ese no saber vestirse con la piel del otro. Pero aquí no pasa nada. Sigamos buscando la pandereta y la flauta. (Ay amigos, las tiendas de instrumentos, como la carrera científica, no es actividad esencial. Pero el pelotazo del ladrillo, por supuesto. Aquí suma y sigue. Castrojos.)

Hoy por fin no ha habido chufla en los balcones. Ya era hora. Son tan sensatos y buena gente nuestros sanitarios que lo han pedido cuando se abría la veda. Como borregos a la calle porque lo manda nuestro Presidente. O su comité de expertos. O el tal Ivan o quizá ha sido Oliver. Supercampeones. Chuta gol que nos la están colando por todos lados.

Yo hoy he salido pero no a pasear. Es deprimente ver los colores sin luz y tristes. España está de luto (aunque no lo declaren de forma oficial) y su pueblo lo sabe. Seguiré con mis crespón negro recordando que esta vida se nos dio para no tener miedo, para amar, para tender las manos, para sonreír y acompañar. Para no estar solo ni abandonar a nadie en el camino. Así que no lo permitas. No lo hagamos.

Cielo y Libertad

Cuando ella salió a mi encuentro en el exterior de la casa solo pudo mirar al cielo. Permaneció unos segundos quieta y sonriendo. La miré de esa forma que miran las madres a sus hijos mientras duermen. Esa mirada relajada y tierna que tiene mucho de amor y algo de incertidumbre. El paso del tiempo, hacer de ella una buena persona que sepa ser feliz, que el dolor no le duela tanto; capaz de ver lo tanto bueno que tiene su vida. Y me doy cuenta en pocos segundos de que esta pequeña que está a punto de cumplir cinco años ha crecido mucho más de lo que esperaba en los últimos 35 días.

Y allí en nuestra terraza, ella y yo. En medio de toda esta tormenta que nos azota desde hace semanas el sonido del silencio ensordece. Estoy muda desde hace días. Cómo hablar mientras hay decenas de miles  que lloran sus muertos; otros muchos más que en la noche no duermen pensando cómo pagar a sus trabajadores; en aquellos que trabajando y cumpliendo sus obligaciones no tienen el respaldo de su empresa; y cómo es posible no pensar en todos esos grandes que los mandan a batallar contra el virus con una bolsa de basura…

Mi aplauso sanitario no sale a los balcones. No puedo festejar nada en medio de esta tragedia. Por desgracia los aplausos no se convierten en test, ni mascarillas, ni en pantallas protectoras. Yo sigo pidiendo para que llegue ese material que proteja a quien nos cuida en primera línea; para que todas las personas puedan ser atendidas sin importar la edad, ya ocupen un ministerio o una habitación de una residencia.

En ese silencio mágico que nos envuelve a madre e hija mirando el cielo me hago cargo de la fragilidad humana. De la incapacidad para tomar decisiones correctas. Falta humildad, coherencia y valentía.

Nos hacen vivir acobardados. Sin salud. Coartando tu capacidad laboral y obligándote a pagar sin cobrar. Si nos prohiben velar a nuestros muertos, nos falta libertad. Si te dicen cómo pensar ya sabes que te falta libertad. Cuando te digan que eres un lince sin haber leído ni estudiado, créeme, no hay libertad. Porque sin formación ni información que quede claro: no hay libertad. La verdad nos hace libres hoy y siempre, pero es ahora cuando somos prisioneros en demasiados aspectos.

Y mientras mi hija miraba el cielo en silencio y yo la observaba a ella sucedió que sus palabras lo llenaron todo de sentido:

– El cielo está precioso, mamá. Vamos a rezar.

Y así que cada uno haga como crea, que el cielo que cada día se llena de personas seguro muy bonitas, seguirá teniendo a quien cada atardecer alce la mirada pensando en vosotros y en todas nuestras familias. Para que descanséis en plenitud y todos vivamos libres y en paz.

Dormir de prestado

Nos toca vivir unos días que nunca pensamos nos sucedieran. Hemos visto películas terroríficas y dramáticas; y aunque muchas se han basado en historias reales nos creímos inmunes al dolor. Veíamos lejano el sufrimiento. Para otros la carestía, la enfermedad y la soledad.

Nuestras necesidades mundanas quedaban resueltas a golpe de click o enlazando préstamos y microcréditos que ya pagaríamos con la extra de Navidad. Mirando el reloj a cada rato, porque no llegaba o ya había llegado.  Los días pasaban planificando el siguiente fin de semana, el próximo puente, la inminente escapada. Maletas y ropa bien doblada. La casa, poco habitada. La calle, explorada.

Hoy vivimos encerrados sin apenas percatarnos de que durante mucho tiempo ya estuvimos presos y agobiados. Transformando aquello en nuestro hoy anhelo diario. Deseando que las prisas y el estrés vuelvan a entrar en escenario. Que no paremos por casa, que seamos confiados y dejemos de estar confinados. El sueño se perturba. La noche da paso al llanto. España lamenta la muerte de más de 14.000 paisanos. De todas las edades, de todos los estratos. La muerte no distingue si eres feo, alto o bajo. Y el dolor no se apacigua. No disminuye, al contrario. Sin embargo te consuela ese abrazo imaginario que recibes cada instante con solo alzar la mirada al cielo, aunque esté nublado.

Hoy considero una vez más la suerte de un nuevo día regalado. Solo me sale dar gracias; porque en esta vida, al igual que vivo, también duermo de prestado. Y hoy de nuevo en mi cama, esa que hace 17 días había abandonado. Mi camita de oro, como decía mi abuela. Un beso al cielo, por ti y por todos los que desde ahí arriba nos seguís meciendo y arropando.

Benditas Palmas

Cada Domingo de Ramos me levantaba temprano, y desde los últimos 4 años, los peques y yo salíamos pronto de casa para llegar a la Bendición de las Palmas para después reunirnos con mis padres y hermanas. Un Domingo que aunque se me solía quedar algo cojo, me resultaba el más entrañable de la semana. Los PorFlor juntos y mi marcha favorita como banda sonora.

Por supuesto que había que estrenar algo para que no se nos cayeran las manos. Unos calcetines, unos pendientes, un bolso. En el mejor de los casos, el conjunto completo. Hoy hemos estrenado algo mucho más duradero: la perspectiva. Hemos mirado por la ventana y visto distinto. ¿Quién no ha pensado cómo hubiera sido este Domingo de Ramos sin este confinamiento? 23 días. Hoy el sol brillaba en nuestro cielo malagueño, pero para 12 418 familias, el firmamento gris pesaba sobre los hombros.

Seguimos confinados y aislados. Pensando en lo afortunados que somos, pero lo terrible de esta situación, con la alta exposición de nuestros sanitarios, los que nos cuidan; empatizando con aquellos que no han podido enterrar a sus familiares fallecidos y en aquellos que quedan huérfanos o viudos. Y los primeros, aquellos que se derrumban en sus casas, al calor de la intimidad, deseando despertar de este mal sueño. Nerviosos y estresados por no llevar el contagio a la familia; con el peso de la responsabilidad en sus espaldas rotas de cansancio, dolor e impotencia.

Nuestros aplausos no abrazan, la música no alivia la pesada carga y la alegría entre vecinos no llega en forma de protocolos eficaces para protegerles frente al virus. Sin embargo, ese aplauso es liberador para todos aquellos que solo deben quedarse en casa. Palmas con palmas. Benditas palmas que en este Domingo de Ramos den paso y bienvenida al amor sanador, la paciencia y el entendimiento de que en lo peor, siempre sale lo mejor.

Zapatos y Abuelas

Cuando releo textos que escribía hace años siempre aparecen zapatos en ellos. Creo que me recuerdan a mamá. En nuestro pasillo de casa había un zapatero larguísimo en el que mi madre guardaba parte de sus joyas hechas calzado. En el extremo mi madre. En la virtud mis hermanas y al otro lado mi padre, quien compartía mueble conmigo. Él usaba las dos baldas superiores y yo el resto. Y siempre me fijaba en lo bien puesto que él lo tenía todo. A mí me costaba; rara vez me parecía adecuada la forma en la que yo decidía organizar mis zapatos. Porque siempre todo se puede mejorar.
¡Ay, los pies! Ya podrías ser el más bello del lugar que si los zapatos estaban sucios o descuidados; estás fuera de juego. He usado una foto de una empresa de zapatos MadeinSpain que me tiene fascinada: FigaraShoes. Ese stiletto Klein… Fue el lanzamiento de la marca en 2016 y creo recordar el contraste que hacían en una escalera de piedra. Los zapatos, siempre lo primero. Me gustan los zapatos.
Me viene a la mente esa frase que tanto decía mi abuela: “Lo primero y más importante que debes cuidar para salir o entrar: tus pies, tus manos y tu cabeza”. ¿Qué chorrada?, podríamos pensar. Pues no. Fijémonos porque tiene bastante sentido. No es tanto lo estético de la recomendación.

Frases de abuelas

Presta atención en primer lugar al paso que vivirás hoy tu vida. No importa que sea el día 19 de confinamiento. El camino se demuestra andando y si te vistes por los pies recuerda que tus pisadas sean firmes y sinceras allá donde te dirijas. Con cada paso elegimos qué y cómo hacerlo. La forma en la que decidimos iniciar una senda nos marcará para siempre. Decía Sara Pérez Tomé que su abuela tenía una frase que se le grabó a fuego: «Cada uno tiene lo que merece». Suena fuerte. Si analizas, adquiere el sentido. No desde el revanchismo ni la venganza, sino desde el punto de vista de la coherencia y responsabilidad con nuestros actos para con los demás y nosotros mismos.

Tus manos, aquellas que acarician o golpean. Capaces de crear paz o guerra. Hay manos talentosas que cantan a través de los instrumentos, las delicadas capaces de transmitir el más puro de los sentimientos; las firmes que deciden que el camino se hace obrando, trabajando y acompañando.
Y la cabeza. Una mente amueblada y limpia capaz de dejar pasar lo diferente para empaparse de sabiduría. Para crecer con lo distinto sin olvidar nunca uno de dónde viene. Reafirmarse sin renunciarse, solo cambiando a cada instante tras los valores aprehendidos.
En este viernes de Dolores fíjate en tus pies, tus manos y tu cabeza y siéntete orgulloso de ello.
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