Periodismo Vital

Si Francisco de Sales levantara la cabeza, se volvía a morir de ver cómo está el paronama en el gremio del que es patrón: el de los periodistas. Asistimos a una batalla diaria en la que impera ser líder en visitantes únicos, reducir al mínimo la tasa de rebote y titular cualquier noticia con un gancho lo suficientemente potente para llevarse todos los clics posibles. El periodismo ha decidido ser viral.

Sin embargo, lo viral no es vital. Cada día somos testigos de cómo diferentes medios de comunicación se hacen eco de conductas delictivas y maliciosas que animan a otros a su imitación. Lo vemos recientemente en la brutal agresión de Cártama y en el intento de una acción similar en Málaga pero con otro abrasivo: aguarrás. La violencia lleva a la violencia.

Los medios de comunicación tienen una de las funciones más bonitas e importantes: servir de ejemplo a la sociedad. Desde que las empresas de comunicación dejaron de ser familiares y se convirtieron en grandes grupos empresariales, el sentido y la obligación de la responsabilidad social ha pasado a un segundo plano. Poderoso caballero es don dinero.

¿Sirve la publicidad institucional para callar a periodistas y empresas de comunicación? A mí, que me gustan los refranes y dichos populares diré dos: «El perro no muerde la mano del amo que le da de comer»; pero también  «La verdad os hará libres».

Sabiendo esto, uno ya va en alerta ante lo que le cuentan. Y que eso de que los medios están para formar, informar y entretener, ha ido dejando por el camino la formación y la información; procurando una sociedad entretenida y vaga de reflejos que acepte el manoseo de los que dirigen el rebaño.

Sin embargo, siempre hay un resquicio de luz que guíe el intelecto. Las colaboraciones en prensa y Cartas al Director destacando la humanidad y el valor de la persona son las que nos pueden sacar del pozo. Son muchos los que a través de artículos de opinión y breves editoriales los que hacen el click que más vale de todos: un click directo al corazón.

Esta fue una de las razones que me motivaron a empezar a hacer #UnCaféConPorras. Entrevistas con alma para dar a conocer a tanta gente buena y bonita que sirve de ejemplo con su quehacer diario. No me importaba el tiempo que me llevara, si lo leía mucha o poca gente; solo quería (y quiero) poner en valor a personas que den luz a través de su tesón, su historia, y su ejemplo de vida cotidiana.

Llevo días reviviendo emocionada una de esas entrevistas. La protagonizada por una mujer que esta semana emprendió el viaje eterno. Mi querida Inés Robledo Aguirre. Qué agradecida estoy de haberte conocido. Cuánta luz nos has dado.

Recuerdo con admiración tus escritos; que al leerlos, el alma daba un vuelco. Esas líneas tuyas, mi querida y admirada Inés, eran un soplo de aire fresco. Tanto como lo fueron los panfletos de San Francisco de Sales en Allinges. Desde aquí te pido nos ayudes a los plumillas a conseguir esa magia de la que impregnabas tus artículos en Diario SUR. Que recordemos siempre que lo vital perdura más que lo viral.

Bien pagao’

Sí, aunque intento revisarlas la mayoría de las veces, yo también acepto la política de privacidad sin leerlas. No hay que sentirse mal por ello. Te han hecho creer en la idea de privacidad (que como tal surge a mediados del siglo XX) y propiedad (más antigua pero que adquiere su concepto actual en la Revolución Industrial del siglo XVIII) con el objetivo de instaurar en tu cerebro que todo se compra y se vende. Pero déjame decirte que eso no es tan así como nos lo quieren hacer creer. Como bien dice una de mis hermanas: «Si te acostumbras a incluir en tu discurso las palabras todo, nada, nadie, nunca y siempre; créeme que incurrirás en la mentira fácilmente» y en estos casos el gran perjudicado – que no el único- es uno mismo.

La ciencia no es exacta

«Y tú, ¿cuánto cobras? ¿Por eso te pagan bien? Oye, ¿cuánto te ha costado esto?» Hablar de dinero no es elegante. O eso recuerdo decía mi abuela, que hablar de dinero era de «mal gusto». Hoy por desgracia todo se mide en esta variable. Vivimos en una sociedad altamente consumista en la que «ser del taco» ha cobrado demasiado protagonismo.

Valoramos no solo las cosas, sino también a las personas. Y lo hacemos conforme a la utilidad que nos prestan. Y yo me pregunto, ¿desde cuándo hemos confundido lo valioso con lo útil?

¿Hemos, acaso, olvidado que todas las personas somos valiosas en cualesquiera de las circunstancias? Esta pregunta me la formulo cuando se pone sobre la mesa una aberración disfrazada de derecho.

¿La ciencia es exacta?

He conocido casos de mujeres que han seguido adelante con su embarazo. Lo hicieron contra la recomendación médica de abortar a su hijo que venía con una anomalía. ¿Sabéis qué? Muchos de esos niños nacieron sin problema alguno.  ¿Matar a un niño sano está mal pero si está enfermo está bien? Eso lo dejo al lector.

¿Cuánto dejamos hacer a la ciencia, que aunque se empeña en decir lo contrario, no siempre es exacta?

Ahora vemos como en vez de dotar a los centros sanitarios de más profesionales, especialización y recursos para la unidad del dolor y los cuidados paliativos te sacan una ley para matar al enfermo y al que sufre. Y lo hacen en contra de la profesión médica (aquí la nota de prensa conjunta de Médicos, Odontólogos y Farmaceúticos sobre el proyecto de Ley de Eutanasia).

Un sector de la sociedad habla de la eutanasia como muerte digna por haber sido testigos del sufrimiento sin paliativos de sus seres queridos. El dolor  sin ser tratado, sin ser acompañado, cuidado ni aliviado nos convertirá en una sociedad que defiende la muerte, que basará la vida en la utilidad superflua de las personas.

Utilidad y Valor

Sin embargo, lo más valioso no es útil. ¿Qué perdura más en tu memoria, los paseos con tus abuelos o la cama en la que has dormido durante tu niñez? Lo más valioso se mantiene en tu memoria y forma parte de tu ser, y eso no se paga con dinero.

Dice Santa Teresa que la imaginación es la loca de la casa, y hoy quiero enloquecer imaginando un mundo en el que la vida y lo valioso que hay en ella sea el centro del mundo. Que el amor al poder, al dinero, a las posesiones y los datos no acabe con lo que realmente merece la pena: la persona y su humanidad para con los demás.

Asalto al Vacío

Los primeros días de enero han dejado estampas que muchos guardaremos en la memoria, y que según nuestra experiencia y convicciones, provocaron emociones distintas.

Tristeza

La primera que se me viene a la mente fue la tarde del 5 de enero. Coincidía con una buena amiga por las calles del centro de Málaga y la palabra que nos salió a ambas para describir esa víspera de Reyes fue la misma: triste.
Nuestros hijos aún tienen pocos recuerdos de estos días pero quizá la tarde del 5 de enero sea la única en la que a los adultos se nos perdona ser un poco niños. O quizá sea solo cuando recordamos, algunos con alegría otros con melancolía, aquellos días en los que los abuelos vivían, esas tardes locas con tus hermanas o volver a una época que aunque difícil para muchos, abrazaba la cordialidad, el amor y el respeto por nuestra cultura.

La tarde del 5 de enero de 2021 llenamos ese vacío de las calles con esperanza.  Y con ella cualquier tristeza no importa ni perdura.

La ira, el miedo, el asco

Y llegó el día de Reyes con una noticia que sobresaltaba a medio mundo. El asalto al Capitolio. Y aunque muchos se rasgaron vestiduras y se llevaron las manos a la cabeza, lo que sucedió en Washington no me sorprendió. Llevamos años promoviendo violencia a todos los niveles y desde todas las edades; empoderando el papel del hombre, de la mujer, del adolescente, del niño. Y estas luchas venían alentadas con dolor convertido en ira, con asco transformado en dolor. Y con miedo a perder lo que ya teníamos. La incorrecta gestión de estas emociones nos lleva a conductas terribles que justificamos, y lo más peligroso aún: entendemos.

Y lejos de una adecuada corrección fraterna durante todas estas situaciones de corrupción y mentira, lo que hemos querido hacer es escupir al otro, señalar, acusar de todo lo malo que tú haces, que a mí, como soy pueblo y no sé de qué va la cosa, puedo hacer lo que me plazca siempre y cuando no me pillen. Y si me pillan, mala suerte. Esto pasa aquí y allí. Pero en EEUU y gracias a su Segunda Enmienda sobre las armas, el pueblo tiene un poder y por tanto, una responsabilidad enorme. De todos los agentes sociales y políticos dependen que los ciudadanos sepan gestionar y controlar su miedo, su asco y su ira.

Filomena, qué alegría

Necesitábamos el agua, la nieve y que el invierno fuese invierno, pero Filomena ha traído esto hasta la «jartá». Cuatro fallecidos, dos de ellos en la provincia de Málaga, y casi 30.000 hogares sin luz (que por cierto, vuelve a subir el recibo, en medio de esta enorme ola de frío). Carreteras cortadas, confinamiento meteorológico, destrozos en hogares y la incertidumbre de los sin techo.
Unas 40.000 personas viven sin hogar en nuestro país; y aunque me figuro el dolor y el sufrimiento, te das cuenta que muchos ciudadanos les procuran mantas y comida caliente estos días. Que no solo instituciones sino gente como tú y como yo con su vida y sus obligaciones, salen de casa cargados dispuestos a ayudar a quien lo necesite. Esto sí que es la más pura de las alegrías.

Y con este repaso al inicio del año hay quien dice que este año promete. Pues mucho depende de cada uno. Que seamos nosotros quienes protagonicemos con la ayuda de Dios un auténtico asalto al vacío y sepamos llenarlo de amor, perdón, caridad, esperanza y mucho trabajo para que cada día sea luz entre el ruido de la oscuridad.

Loca de la Vida

Después de leer el artículo de Lucía Méndez «La Conciencia del periodismo» me quedé pensando en que desde hace mucho se puso de moda echar a patadas de la vida social a los cuerdos. Solo hay que ver la ficción y la realidad contemporánea: aquello que le da cien mil patadas a la dignidad de la persona es lo que vende y engancha. Muy triste. Porque así se hace cultura, y después lo transforman en ley. Y si no, a la inversa. Porque sí, eso pasa de esta guisa. La ley también hace cultura, no lo digo solo yo.

Hemos despedido un año que todos dicen que mejor olvidemos. Pero es importante que esto no lo hagamos; no solo para que se repitan escenas como las de ayer en Marbella, sino porque ha sido un año que ha revelado la esencia de nuestras vidas. Hemos amado más que nunca, el dolor y el miedo apareció en escena para despojarnos de todo eso que no nos servía. La familia y el valor del tiempo tomó sentido. La amistad y el compromiso se manifestó de una forma que nunca imaginamos, con pantallas y besos a través de mascarillas.

Fuimos felices a pesar del dolor; y dejamos de respirar por la tristeza propia y de otros. Hemos aprendido a vivir de una manera distinta.

Cada día amanece con una cifra que nos marca la cantidad de libertad que podemos consumir, una cifra que nos engaña acerca del buen hacer ciudadano. Somos muchos los que no nos reunimos, los que permanecemos menos de 45 minutos en lugares cerrados. La mayoría hemos vivido estos días sin reuniones, con nuestra propia familia y aprovechando los paseos al aire libre. Pero el ruido tapa el silencio.

La locura grita por encima de la sensatez. Ha pasado siempre en momentos dramáticos de la historia. Guerras, pandemias y desastres naturales. La debilidad la aprovechan unos pocos para aumentar sus bolsillos y empequeñecer sus almas. Señalando al vecino, acusando, volcando los miedos propios, buscando el reconocimiento personal, un momento viral en las redes, un capítulo importante en un libro de historia. Nada de eso dignifica. Lo sensato es que siempre las personas estén por encima. La persona primero, ante incluso que la norma. Es la locura más sensata porque si de verdad quieres ser feliz tienes que ser una loca de la vida.

Sensación de Vivir

Seguro que recuerdas esta serie y el bombazo que supuso en los años 90. La pegadiza melodía de su cabecera te mostraba mientras sonaba a gente sonriente; aparentemente feliz. Si fuiste fan de este culebrón norteamericano aquello de felicidad, poco.

He recordado esta serie porque a veces me pregunto qué sensación tengo de vivir. En mi divagar también cuál tendrán los demás. Sobre todo pienso en aquellos que han perdido la esperanza. En esos que dejaron de confiar en que las cosas tienen arreglo. Por que las cosas siempre se arreglan, aunque duela, todo pasa. Por desgracia, no todos lo ven así.

Pienso en los que se sienten solos, abatidos y olvidados. Abandonados a su suerte sin saber cómo escapar de la espiral de dolor en la que se encuentran atrapados. Y es entonces cuando recuerdo todas aquellas llamadas a Emergencias antes del boletín informativo. Se me parte el alma.

El suicidio es ese tabú del que no se habla para evitar réplicas en aquellos que dudan dar el trágico paso; pero que a su vez, al no tratarlo se convierte en el eterno problema con el que convivimos. Confiando las familias en saber detectar a tiempo una conducta suicida. Imposible. Eso solo lo detecta un profesional.

Cada 10 de septiembre se celebra el Día Mundial de la Prevención del Suicidio. La primera causa de muerte no natural de España. Y precisamente hoy, cuando se intenta luchar para prevenir esta lacra social, este terrible problema que deja destrozadas a miles de familias cada año; se lleva al Congreso la propuesta de ley para el suicidio asistido, la eutanasia.

En los últimos meses hemos cambiado la percepción de nuestro día a día, extremando nuestras sensaciones de vivir hacia aquello a lo que tendíamos. Hemos asumido restricciones de todo tipo para proteger la vida, sobre todo de los vulnerables.  Perseguimos alargar nuestra existencia aquí mediante distancias, sonrisas y lágrimas en los ojos y paños en los labios. Pero no podrán callar lo que debe decirse. Cuando falta tanta ayuda en cuidados y atención al enfermo es perverso promover el suicidio (asistido). Hacerlo el día en el que todo el mundo trata de prevenirlo no tiene calificativo ninguno.

El pueblo necesita una ley para proteger a quien necesita ayuda, al que sufre y padece, a quien tiene miedo, al que está solo. Tenemos abandonada la salud mental. Y vienen a rellenar ese hueco inerte a base de eslóganes vacíos como «A por ello» o «Todo saldrá bien». Pues no. Cuando alguien decide quitarse la vida no todo sale bien. Es duro ver a una madre llorar la perdida de un hijo. A un hijo lamentar que su madre se matara. La culpa de los familiares dolientes sobrevuela durante años con miles de interrogantes que nunca encuentran respuesta.

Por ellos y por los que se han ido cuando no les tocaba. Mi recuerdo y mi abrazo. Siempre.

Plenitud

Después de mucho tiempo he visto la que todos dicen es la mejor película del año, algunos ya hasta de los últimos tiempos. Sin embargo, cuando terminó me quedé vacía. Con esa sensación de haber perdido más de dos horas de mi vida. ¡Qué regusto tan amargo!

He pensado mucho si contarlo pues sé cuánto esfuerzo y sacrificio supone desarrollar un proyecto cinematográfico.  Llegar a estrenar una película es complejo. Un proceso muy largo; se deben superar muchísimos obstáculos. Entiendo la ilusión de querer contar tu historia y que llegue; que remueva conciencias; que te sume… Pero este cine que hoy nos cuelan desde cada rincón del planeta me supera.

Sigo sin entender porqué  hay un pequeño grupo de personas que “mucho ruido y pocas nueces”. Martilleando el teclado con improperios; creando confusión y malestar; desdibujando nuestra sociedad. ¿De verdad las cosas se solucionan con mentiras, huida y violencia? Algunos eruditos me dirán esa frase que tanto se puso de moda desde 2014: “No has entendido nada”. Será eso. También me resultó  llamativo que sea apta a partir de 16 años, por lo que durante el confinamiento habrá muchísimos adolescenteS que han visto esta peli. Atroz.

La crítica, hoy releída, conociendo a qué hacía referencia es una ofensa en toda regla. No me vi representada en ningún personaje, ni a mí ni a gran parte de las personas que conozco (que no son pocas).

La vida es un camino que uno debe aprender a recorrer aceptando compañía y soledad. Y estas no siempre  vienen cuando a uno le apetece. La vida es ganar y perder. Y tampoco sucede esto cuando uno quiere. Y en este camino uno debe sentir esa grandeza que tenemos todas las personas por el hecho de ser. La dignidad no se compra ni se paga, aunque te hagan creer lo contrario.

Mirando más allá de dónde ven tus ojos se descubre de qué estamos hechos; porque es en lo escondido donde solo tú eres capaz de asimilar que la felicidad es un estado de vivir. Está claro que el camino que recorremos tendrá también miedo y dolor y que al superarlo sin hacer daño a nadie viviremos con plenitud.

Te quiero, mamá

Primer domingo de mayo. ¡Felicidades, mamá! Me hubiera gustado estar ahora en casa para darte un abrazo. De los míos, ya sabes. Que papá preparara el café, mientras reunidos en la cocina, habláramos de cómo iba la cosa: ese «qué tal el trabajo» y el cariñoso «te veo muy bien, Carito».

Y tu mirada, mamá. Esos ojos verdes casi transparentes llenos de ternura y amor. Con una preocupación que revela tu extraordinaria sabiduría e imaginación. La viveza de tus expresiones. La dulzura de tus palabras y lo divertido de tus ocurrencias. Se me hace raro no tocar tus manos, preciosas y suaves. Y ese brillo en tu pelo que solo tú sabes peinar.

Este Día de la Madre es distinto. Pienso en tantas mujeres… Ser madre es la entrega silenciosa y alegre; sabiendo dar ejemplo de generosidad, empatía, amor y talento. Con la humildad suficiente para aprender y pedir consejo, y el propósito de mantenerse firme aunque nos cueste.

Hoy es el Día de la Madre, y tengo presente a muchas mujeres que sin haber cobijado vida en su seno demuestran cada día su maternidad. Hoy, 3 de mayo, me acuerdo especialmente de mi hermana, mi Nani, un día como hoy hace 21 años abrazaste a tu hijo por primera vez. Tempus fugit. Demasiado deprisa. Porque nos hemos plantado en 2020 en un abrir y cerrar de ojos.

Nadie imaginó una primavera como esta. Vaya un mes de mayo, como decía la copla. El mes dedicado a nuestra Madre, a las flores y la alegría. Abril se nos ha escapado. Nadie lo ha robado como acusaba el genio ubetense. Lo hemos vivido de otra forma. Paramos en seco y dejamos de vivir nuestra vida tal y como veníamos haciendo.

Habrá merecido la pena si cuando todo esto acabe, no olvidemos todo lo que hemos conseguido. Cuando ese aplauso en los balcones, ahora trasladado a las calles, permita que sanitarios, maestros, cuidadores, farmacéuticos, policía y agricultores ocupen un lugar preferente en nuestra sociedad.

Debemos entender y asumir que reconocer a aquellos cuya labor es más importante para la salud, la seguridad y el sustento de todos no me denigra ni a mí ni a nadie. Al contrario. Nos pone en un primer lugar;  porque el esfuerzo y el sacrificio enriquecen la sociedad y las personas.

Hemos visto a niños felices pasar tiempo con sus padres, recibiendo en casa a la abuela, el tío o la prima que estaba sola en la ciudad. Se ha visto que la familia es el primer y gran valor en el que siempre encontraremos abrigo. La ideología empezó a desvanecerse y fuimos todos a una. Se ha demostrado cuánto abundan las personas generosas y solidarias. Y por supuesto, la mayor de nuestra riqueza: los mayores. Ellos son nuestra historia viva a la que debemos oír, respetar y cuidar.

51 días confinados cumpliendo las nuevas reglas de un juego que ni yo misma entiendo.  Mañana saldré a la calle con mascarilla, que antes no era importante y ya es obligatorio aunque no haya stock para todos. A ver si nos aclaramos. Tengo un lío importante.

Lo único que tengo claro es que un abrazo sincero no sale de un código binario ni del codo, sino del corazón. Como estas palabras que brotan sin control. Y por si no ha quedado ya cristalino: Te quiero, mamá.

Es otra historia

Esteban se despertó sobresaltado y sudando. Peinaba canas a sus 38 años. Joven, demasiado joven para contar el día 49 sin salir de casa. Halos de luces  naranjas se colaban por las rendijas de la persiana. Pero aún era de noche. Otra más que pasaba a duermevela. Echaba de menos a su mujer. Ya apenas percibía su olor natural en la almohada. Se abrazó a ella y sollozó. Ese cojín no suplía su cuerpo ni calor, pero servía para ahogar el lamento. Los hombres también lloran. Y pensando en su hijo, en no despertarlo y en lo que les quedaba por vivir juntos, enjugó el llanto; pulgar e índice presionaron sus ojos como queriendo volver a guardar dentro sus lágrimas, esas gotas saladas cargadas de desolación e impotencia.

–  Manolo, ¿has escuchado lo que ha dicho Juanma Moreno?
– Esteban, no queríamos creerlo pero la cosa al final es seria. Vete a casa y no salgas. Yo cierro y después hablamos porque lo que se nos viene encima es menuo.
– Ya sabes que cuentas conmigo, eres mi jefe desde hace muchos años.
– Y tu amigo, no lo olvides. Tocará cerrar el bar, pero lo volveremos a abrir y quiero que de nuevo, juntos.

Aquel 12 de marzo Esteban llegó a casa pronto, sí, y preocupado. Amalia no necesitó escucharlo para saber que su voz se entrecortaría.

– Manolo cierra el bar.

Ella solo pudo abrazarlo. Y así se quedaron en mitad de la cocina fundidos en uno y con los ojos cerrados. Amalia quería congelar el tiempo.

Ella llevaba mucho en paro, pero no parada. Estudiaba y leía, de todo, pero en especial de diabetes. Y mientras, buscaba trabajo aquí y allá. Se iba ganando la vida como podía. Amalia era primorosa y atenta. Quizás tuvo mala suerte. O no.

Hacía casi medio año que sus días pasaban en el pueblo de su madre, que en paz descanse. Allí seguía viviendo la mayor de las hermanas Parejo: su tía Juana; una mujer octogenaria, risueña y divertida. Nunca quiso casarse ni tener hijos. Se dedicó a coser y dar clases de costura en el pueblo. Y así vivía feliz. Con alegría y dedicada a la hebra. Algunos la miraban con recelo, a medio camino entre el menosprecio y la envidia. A tía Juana le daba igual. Ella siempre repetía lo mismo: «En los pueblos ya se sabe; pero que cada uno se mire a sí mismo y después me lo cuente».

Desde que a finales de agosto tía Juana se cayera en el baño, empezó a sentirse impedida. Estaba sola y el intento de traerla a la ciudad quedó en eso. De modo que Amalia cada mañana, después de dejar al pequeño Miguel Ángel en el colegio, se iba al pueblo a cuidar de tía Juana hasta que le hacía el relevo una señora que aceptó lo mucho o poco que este joven matrimonio podía permitirse pagar por cuidarla durante las noches.

Cuando Amalia regresaba ya eran las 6 de la tarde. Al menos tenía 3 horas para estar con su hijo de 5 años. Un crío despierto y muy cariñoso que siendo un bebé de 19 meses fue diagnosticado con diabetes (cuando todavía lo de los parches no estaba a la orden del día). Qué dolor pincharlo tan a menudo y tan pequeñito; y siempre atentos a los marcadores. ¡Cuántas noches salieron corriendo al hospital! Al menos en la ciudad lo tenían cerca.

Pero ahora, ¿qué iba a pasar ahora? Solo eran dos semanas. Eso decían. Irse todos al pueblo ponía en peligro la salud de tía Juana y la de Miguel Ángel. No sería la primera vez que el niño sufría una crisis en casa de tía Juana y revivir eso en estas circunstancias no parecía lo más acertado. Así que recordando aquella frase que tan poco le gustaba, encontró la dura respuesta: «Divide y vencerás».

– Mi amor, tía Juana – dijo Amalia con un nudo en la garganta.

Seguían los dos abrazados. En silencio y casi llorando. Esteban  no necesitaba más explicaciones. Sabía que esto era casi una despedida. Amalia era incapaz de abandonar a su tía. Y Esteban, con el cierre del bar, se podía encargar del niño mientras su mujer cuidaba a la tía.

Este coronavirus destruyó empleo, cerró negocios, aisló familias y trajo dolor y llanto. Pero si vemos más allá de donde llegan nuestros ojos; así fue como esta familia se hizo grande en el tiempo y en la distancia. Casi 50 días sin tocarse y con un corazón que se iba fortaleciendo y rompiendo en mil pedazos a la vez. Aquel 12 de marzo fue la última vez que Esteban vio su vida tal y como la conocía.

Y en cuanto a Manolo, esa es otra historia, que si quieres te cuento otra tarde.

Nueva Normalidad

Hay días que me levanto y lo mejor que pudiera hacer es volver a acostarme. Hoy ha sido uno de esos. Y aunque empiezo la jornada dedicando unos minutos de meditación, me queda un rescoldo que a veces se manifiesta con un tono inadecuado o con una tristeza impropia en mí. A veces este malestar me ahoga hasta la respiración.

Será el encierro y ver cómo evolucionan las cosas. Veo tanta indignación alrededor que duele. Pero sigo pensando que las personas no buscan dañarse unas a otras. Solo buscan hacer el bien de la única forma que saben. Ya hablaba con Antonio Moreno en #UnCaféConPorras sobre buscar lo bueno y la libertad.  Y sí, erramos en ello más de lo que quisiéramos. No os digo ya nuestros dirigentes.

La ignorancia es muy peligrosa. Prefiero a un tonto confeso que a un ignorante que desconoce tal cualidad. Porque al final este último se cree tan capaz que no admite consejos ni rectificaciones.

El olor a lejía me perturba. Dicen que si haces algo más de 21 días ya lo incorporas a tu vida sin más esfuerzo. Los coachers me tienen frita. Son ya 48 días oliendo a lejía y yo sigo sin acostumbrarme. Así que amigos, no. Si pensamos que la costumbre hará de esto que se nos plantea una nueva normalidad, vamos apañaos. Yo he ido andando por la calle abrazada a mis amigas, me he echado a los brazos de mis padres, doy besos de abuela y achuchones de niña pequeña. He sido de multitudes: desde estar en encierros procesionales embarazada de 8 meses hasta asistir a todos esos saraos de los de “cuanta más gente, mejor”.

Y ahora, como si me encontrara frente a una senda que se abre ante mí sin saber si debo encaminar ya o esperar. Pero, ¿a qué? Cada día me repito ese «No temáis». Y el escenario entonces se dibuja soleado. No debemos tener miedo pero seamos cautos. Sonriamos que lo que tenga que ser será; y si se prolonga en el tiempo:  agua y menta, porque la nueva normalidad nunca será normal para nosotros.

No lo permitas

Último lunes de abril. Día 45. Seguimos en este secuestro. Observando cómo pasan los días. Escapando de la realidad que te quieren hacer creer. Colapsando nuestras conversaciones gracias a un circo lleno de portavoces para que solo hablemos de gestión política, de bulos, de censura y de ejemplaridad.

Ahora parece que desandamos el camino. Eso que hemos construido con el cierre de nuestras empresas, con la pérdida del empleo y con la cancelación de nuestros servicios. ¿O es que acaso no fue necesario nunca el encierro? España, tierra de cobayas.

Y en medio de toda esta puesta en escena de cifras, RDL y BOE al filo de la medianoche, yo pienso en las personas y sus historias. Aquellos que ya eran vulnerables antes del 12 de marzo, en cómo están nuestros profesionales sanitarios; en las familias y su economía; y cómo se encuentran nuestros mayores, si podrán salir más pronto que tarde a caminar. Ellos que nos lo han dado todo. Que nos lo siguen dando. Ahora que viven pausados y limitados. Sin ruidos en la casa ni chocolate en la despensa. Nadie irá a visitarlos. No por ahora.

También pienso en aquellos, que temerosos, no dejan de sentirse los malos de la película. Porque nos siguen vendiendo que estamos confinados por  la salud de los más vulnerables. Pero, ¿quién no está vulnerado con este encierro?

Menudo cinismo. Sí. Mi reflexión demuestra que estoy cansada. No pido entender. Eso no es posible. Me desconcierta pensar una cosa y la contraria a la vez. Respirar este aire raro. Ir en coche y no sentir esa libertad mental de bajar la ventanilla para que el aire despeine mi flequillo. Querer salir y volver a la vida, y a la vez solo anhelar encerrarme en casa con los ojos apretados esperando que todo sea un mal sueño.

Pero no. Los abro y todo y nada es igual. Ni si quiera las personas. No hay mejor opio que el odio. La gente enfrentada. Así es como nos quieren. Demostrando que hay quien en medio de todo esto renuncia a tu amistad por disentir de tu opinión o no tolerar la indignación del semejante. Ese no saber vestirse con la piel del otro. Pero aquí no pasa nada. Sigamos buscando la pandereta y la flauta. (Ay amigos, las tiendas de instrumentos, como la carrera científica, no es actividad esencial. Pero el pelotazo del ladrillo, por supuesto. Aquí suma y sigue. Castrojos.)

Hoy por fin no ha habido chufla en los balcones. Ya era hora. Son tan sensatos y buena gente nuestros sanitarios que lo han pedido cuando se abría la veda. Como borregos a la calle porque lo manda nuestro Presidente. O su comité de expertos. O el tal Ivan o quizá ha sido Oliver. Supercampeones. Chuta gol que nos la están colando por todos lados.

Yo hoy he salido pero no a pasear. Es deprimente ver los colores sin luz y tristes. España está de luto (aunque no lo declaren de forma oficial) y su pueblo lo sabe. Seguiré con mis crespón negro recordando que esta vida se nos dio para no tener miedo, para amar, para tender las manos, para sonreír y acompañar. Para no estar solo ni abandonar a nadie en el camino. Así que no lo permitas. No lo hagamos.

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