Sentir duele

Llegamos a casa después de haber tomado algo con unos amigos en el bar más antiguo del pueblo para celebrar el día de Andalucía. Hacía dos meses que el trabajo nos había impedido regresar y ver a la familia. Como cada sábado por la noche, la televisión era una opción que poco tenía que ofrecerme. Cogí el teléfono móvil. Me acordaba de un chico que estaba muy malito. Jorge Ribera Sempere. A pesar de su enfermedad y su debilitamiento, insuflaba vida y amor.

Pero no había nada nuevo. Recé por él y empecé a bichear por internet después de haber reflexionado si yo, que gozaba de buena salud, tenía la misma alegría y esperanza que Jorge. ¿Cómo estaría yo en su situación? ¿Cómo estaríamos tras 10 años con leucemia?

Y así me vi navegando a través de blogs, cuentas y perfiles que suman hasta que llegué a una que me hizo cambiar el chip. Me vi leyendo con cierta preocupación el testimonio de una mujer española, madre de familia, en pleno corazón de la Lombardía. Y entoné el mea culpa. Confesé en voz alta que quizá estábamos ante algo gordo (una expresión muy amplia cuando no tienes ni idea de lo que tienes delante pero cuya gestión sabes que cambiará para siempre nuestras vidas. Y así ha sido).

Porque, ¿quién no despreció al Covid19 en febrero de 2020? Lo hizo el Gobierno de España en bloque y la mayoría de medios de comunicación. A pesar de Italia. Pero a mí, amante y defensora de los refranes como soy, no me cuadraba que se siguiera haciendo vida normal cuando  estaba muy claro que cuando las barbas de tu vecino veas cortar, pon las tuyas a remojar.

Lo extraño de todo esto, es que un año después, más de 60.000 muertos, y cientos de miles de personas con trastornos mentales, ruinas económicas y sociales, se siga despreciando, no al virus, sino a las personas. ¿Qué hacemos? ¿Criterios políticos o sanitarios? ¿Cuestión económica? Después nos llevamos las manos a la cabeza con declaraciones como las de Victoria Abril, pero visto lo visto; lo de la gestión de esta pandemia en España es para volverse ‘majarón’, como se dice en mi tierra.

Ahora tampoco me interesa lo que pone la tele; por eso quiero volver a acudir a Jorge Ribera Sempere. Su sonrisa a pesar del dolor y de la enfermedad. El valor de la familia, de ayudarse. El sentido de saber que cada situación que vivimos importa y nos hace bien. No solo a mí, también a quien me rodea. Jorge murió el 29 de febrero de 2020. Puede que no entendamos en absoluto lo que nos pasa y que nos quedemos con ese amargo regusto de la impotencia de querer y no poder; pero si algo trasciende al ser humano es el poder del querer. Dejarse amar y ser amado. Sentir duele. Llorar es bueno. Estar triste nos recuerda que nos necesitamos unos a otros y que somos alma que siente y se emociona. Los abrazos no volverán porque realmente nunca se fueron.