Te quiero, mamá

Primer domingo de mayo. ¡Felicidades, mamá! Me hubiera gustado estar ahora en casa para darte un abrazo. De los míos, ya sabes. Que papá preparara el café, mientras reunidos en la cocina, habláramos de cómo iba la cosa: ese «qué tal el trabajo» y el cariñoso «te veo muy bien, Carito».

Y tu mirada, mamá. Esos ojos verdes casi transparentes llenos de ternura y amor. Con una preocupación que revela tu extraordinaria sabiduría e imaginación. La viveza de tus expresiones. La dulzura de tus palabras y lo divertido de tus ocurrencias. Se me hace raro no tocar tus manos, preciosas y suaves. Y ese brillo en tu pelo que solo tú sabes peinar.

Este Día de la Madre es distinto. Pienso en tantas mujeres… Ser madre es la entrega silenciosa y alegre; sabiendo dar ejemplo de generosidad, empatía, amor y talento. Con la humildad suficiente para aprender y pedir consejo, y el propósito de mantenerse firme aunque nos cueste.

Hoy es el Día de la Madre, y tengo presente a muchas mujeres que sin haber cobijado vida en su seno demuestran cada día su maternidad. Hoy, 3 de mayo, me acuerdo especialmente de mi hermana, mi Nani, un día como hoy hace 21 años abrazaste a tu hijo por primera vez. Tempus fugit. Demasiado deprisa. Porque nos hemos plantado en 2020 en un abrir y cerrar de ojos.

Nadie imaginó una primavera como esta. Vaya un mes de mayo, como decía la copla. El mes dedicado a nuestra Madre, a las flores y la alegría. Abril se nos ha escapado. Nadie lo ha robado como acusaba el genio ubetense. Lo hemos vivido de otra forma. Paramos en seco y dejamos de vivir nuestra vida tal y como veníamos haciendo.

Habrá merecido la pena si cuando todo esto acabe, no olvidemos todo lo que hemos conseguido. Cuando ese aplauso en los balcones, ahora trasladado a las calles, permita que sanitarios, maestros, cuidadores, farmacéuticos, policía y agricultores ocupen un lugar preferente en nuestra sociedad.

Debemos entender y asumir que reconocer a aquellos cuya labor es más importante para la salud, la seguridad y el sustento de todos no me denigra ni a mí ni a nadie. Al contrario. Nos pone en un primer lugar;  porque el esfuerzo y el sacrificio enriquecen la sociedad y las personas.

Hemos visto a niños felices pasar tiempo con sus padres, recibiendo en casa a la abuela, el tío o la prima que estaba sola en la ciudad. Se ha visto que la familia es el primer y gran valor en el que siempre encontraremos abrigo. La ideología empezó a desvanecerse y fuimos todos a una. Se ha demostrado cuánto abundan las personas generosas y solidarias. Y por supuesto, la mayor de nuestra riqueza: los mayores. Ellos son nuestra historia viva a la que debemos oír, respetar y cuidar.

51 días confinados cumpliendo las nuevas reglas de un juego que ni yo misma entiendo.  Mañana saldré a la calle con mascarilla, que antes no era importante y ya es obligatorio aunque no haya stock para todos. A ver si nos aclaramos. Tengo un lío importante.

Lo único que tengo claro es que un abrazo sincero no sale de un código binario ni del codo, sino del corazón. Como estas palabras que brotan sin control. Y por si no ha quedado ya cristalino: Te quiero, mamá.

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