1

Agua y Menta

La tele y el cine de finales del siglo XX pusieron de moda las hombreras, las zapas con esmoquin, y aquel ¡Rupert, te necesito! que tanto hemos repetido hasta que lo olvidamos. Pero rescatar patrones del pasado y actualizarlos para volverlo a poner de moda es hoy escandalosamente la norma.

Salvo rarezas puntuales, hoy escuchamos versiones de éxitos de ayer. Algunas soporíferas y tediosas como las tan manidas en esos programas de entrevista de sofá. Lo penoso de todo esto es que no pasa solo con la música y el cine. Porque la moda ya sabíamos que era cíclica. Mi madre me lo lleva diciendo desde que soy una niña. Por eso muchas de mis amigas ya saben que yo no he pisado en mi vida una tienda de ropa vintage. Simplemente he ido a casa de mis padres. Y tan contenta.

La falta de creatividad viene por lo vertiginoso de los tiempos: producir rápido, vender rápido y crear de nuevo. Lanzar la noticia antes que nadie, ofrecer la exclusiva. Ese «yo llegué primero» busca lo que no es necesario. El reconocimiento externo. Pues vale, la peseta pa’ti. Quizá debiéramos pensar que lo importante no es llegar antes sino llegar bien.

Pero bueno, llegar antes es llegar bien, ¿no? Pues depende. Si para eso te has saltado dos semáforos, has dejado de ceder el paso a un señor con una carretilla o simplemente te has marcado un robado de aparcamiento a lo Tomates Verdes Fritos, (con la suerte de que a quien se lo quitaste no ha gritado Towanda como una loca) pues mira; bien, bien, no has llegado. Pensemos en ello. El medio de llegar al fin debe ennorgullecernos tanto como el fin en sí mismo.

Leía esta mañana en una entrevista a mi paisana María Peláe que no está todo escrito ni dicho ni inventado. Y cuánta razón tiene. Para sacar algo nuevo hay varias claves: trabajar mucho, trabajar bien y rodearte de gente que cumpla las dos anteriores. Y todo ello macerarlo a fuego lento, como los buenos guisos, los de tu madre y tu abuela. Esos que aunque no te gustaran te decían con cariño o no: Cómetelo que es lo que hay.

Hoy como somos más complacientes con nuestros hijos le quitamos el plato porque «qué lastima mi niño». Y yo me imagino que qué lastimo yo. O qué pena cuando sea mayor y no sepa afrontar lo que le toque con esfuerzo y sacrificio. El aprendido de chiquito cuando el plato que tenía delante no era de su agrado.

Mejor nos iría a grandes y pequeños con un Agua y Menta bien entendido. Aguantarse y mentalizarse; y sin hacer daño. Así nos centraríamos en mejorar uno mismo y dejaríamos de mirar quien se corta o no la coleta y cómo es de penosa la vida de los descendientes de cualquier artista, por muy grande o no que esta haya sido.