Blog Personal

Vida

Parece que fue ayer cuando brindamos por el año que entraba. Sigo sintiendo esos abrazos con evidente emoción en los ojos. Y aquí estamos quemando la segunda vela de Adviento de la siguiente Navidad. Totalmente metidos en el último mes del año. Ya respiramos tranquilos después de habernos dejado los cuartos y la paga extra (quien la tenga) en el Black Friday, el Ciber Monday y en todas esas ofertas que no hemos podido rechazar.

Ahora sí, llega el momento de hacer balance. Si hemos cumplido o no con los propósitos que nos marcamos en enero: ir al gimnasio además de apuntarse a él; cuidar la dieta, leer más, usar menos el móvil, reducir los vicios, fomentar las virtudes… Y suele suceder que llegamos a diciembre con los deberes sin hacer. Bien por metas altas, bien por confiar que ya habrá tiempo. Pero por algo dice el refranero que el tiempo es oro, porque escasea.

En cuanto llega diciembre nos metemos de lleno en días de estrés: unos de vacaciones, otros con más trabajo que nunca; y en torno a todo eso hay que cuadrar reuniones familiares, cenas de empresa, de amigos, de primos, del colegio, de la universidad, planes y planes, la vajilla, la cristalería, la despensa (que no falte de ná), los modelitos, las uñas, el bigote, los pelos… ¡Ahhh! ¡Pero si solo de leerlo se me ponen de punta!

Cuando uno se para a pensar en todo esto, llega a la conclusión que no merece la pena agobiarse. Lo fundamental e importante está muy claro.

Por eso debieramos recordar que las mejores vacaciones es emplear el tiempo en aquello que nunca hacemos. El exceso de trabajo se lleva mejor dando las gracias y pidiendo ayuda si hiciera falta. Qué fortuna cuadrar agenda para reuniones, esto significa que se acuerdan y cuentan con uno.

Lo más recomendable es tener claro que el menú que nunca falla se comparte en una mesa cuyo plato principal es una buena y comprensiva conversación y audición. Pero para eso hay que vestirse con un traje confeccionado de amabilidad y cuyo toque final lo pone esa sonrisa que a veces tanto no cuesta regalar. Poco importa el pavo, el marisco o el turrón. Aunque una celebración con esto es obvio sabe mejor. Pero que no nos despistemos.

A pocos días de la víspera de la Inmaculada Concepción, uno de los más importantes de mi vida, solo me viene a la mente una canción que hoy quiero compartir con vosotros. La melodía con la que inauguramos la fiesta en nuestra boda y que, año tras año, el día de nuestro aniversario bailamos muy de mañana imaginando que él viste un chaqué y yo un vestido color marfil. Una celebración en la que podrá o no haber velas, vinos, peluquería o costosos regalos. Pero ese baile en pijama y bata calentita no falta. Porque solo eso nos basta. Eso creemos que es la vida. Amar en cada detalle intangible. El envoltorio siempre pasa.

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Espero

A la vista de la desvergüenza que hay que pasar día sí y día también con los representantes políticos y los que pretende serlo, una se queda muerta. Me acuerdo enormemente de ese cocinero de Canal Extremadura que le espetó «pabernos matao, señora, su hija no se casa» a esa reportera que quiso rebozar la merluza echándole el huevo por encima. Después de tamaño despropósito una se ríe. Como hizo la reportera y como hizo la conductora del programa que estaba en el plató. Porque la vida hay que tomársela con humor. Y por supuesto con mucho amor. Hoy ese maestro de los fogones tendría que cuidarse mucho de lo que le dice a la reportera, que ya la mujer está empoderada y es nuestro momento.

Se nos tiene que respetar que digamos y hagamos lo que nos entre en gana. Por que sí. Se nos invita a no pensar en las consecuencias de nuestros actos. Se nos pide que nos dejemos llevar por las apetencias corporales y materiales. Y si algo nos ocurre, nunca será responsabilidad nuestra. Siempre el malo es el otro o la otra. El que es distinto a ti. Quien piensa contrario. Y si en algo el otro pudiera parecer bueno, hay que modificar las palabras o los hechos para que todos esos que no soy yo ni los míos, se perciban como los de la peor calaña.

Se nos vende una mentira como real. Pero cuidado. Cuando golpeas repetidamente un cristal, ten claro que terminará por romperse, y salvo que tengas suerte, los fragmentos te herirán. Mejor nos vendría un feminismo que descubra y potencie las habilidades y virtudes femeninas tan nuestras y maravillosas. Esas que unidas a las destrezas masculinas podrían hacer de este mundo un lugar mejor. Sin duda.

Primero quisieron masculinizar a la mujer. Ahora directamente la borran del espectro. Ya no habrá mujeres sino personas menstruantes. Ni madres sino progenitor gestante. ¿Qué puñetas es eso? Y ya para colmo tenemos la nueva ley de familias, que no de familia. Hasta 16 tipos de familias distintas.

Que digo yo que para ser justos y equitativos deberían preguntar en cada casa y llegar hasta los 18.754.800 familias (según el INE) que vivimos en España. Seguro que entre las prioridades de todas ellas no está que no se sientan respetados, sino a cuánto pagan el combustible, el gas, la luz y los alimentos frescos y de primera necesidad. De vergüenza.

Pero mejor hablemos de la ofensa, del fascismo y del machismo. Y ojo, que el machismo es una lacra enorme. Pero debemos saber diferenciar y acabar con él. Y aquí debe entrar en juego ese cierto refrán que «no ofende quien quiere sino quien puede». Tendríamos que plantearnos seriamente no dejar que nadie nos ofendiera con sus tontas palabras, preguntas o reacciones. Porque sí, a mí también me han hecho preguntas o comentarios fuera de lugar. Pero por un oído me entró y por otro me salió. Y que le vayan dando, caballero. Que como dijo ese pobre chico resacoso: «Contigo no, bicho».

Estamos creando una sociedad de ofendidos a cada paso en la que todo debe estar regulado por ley. ¿Dónde hemos dejado el pensamiento, la reflexión y el sentido común? A ver si algún día prohiben prohibir.

Porque toda esta corriente morada de mujeres que gritan por la igualdad me producen cierto estupor. No me imagino a la Duquesa De Alba, ni a Encarna Sánchez, ni a Concha Piquer, ni a Rocío Jurado o Sarita Montiel detrás de este movimiento en los que no entramos todas las mujeres. Y menciono a estas féminas porque hicieron lo que les dio la gana. ¿Con trabas? Muchísimas, por supuesto. Pero tenían la suficiente inteligencia y saber estar para no escupir al cielo, que después ya se sabe: toda esa mugre te cae encima.

Ahora que se cumplen 6 años desde que dejé de fumar y por alusiones a esta fenómeno y pedazo de artista, te traigo ese Fumando Espero de Sara Montiel. Porque sí, porque seguiré esperando esa sociedad llena de amor que se nos ha pedido traer a la tierra. Porque depende de cada uno de nosotros. Quizá es hora de despertar de ese aletargamiento en el que nos han metido a base de votos, ayudas y pancartas en la que no todas somos bien recibidas.

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Dónde está escrito

A lo largo de mi vida, pero sobre todo en los últimos años, he tenido la oportunidad de parar y conocer muchas situaciones personales y de distinta índole que nos lleva a la pregunta del millón: ¿por qué?

Nos empeñamos en comprender ya y ahora. Queremos forzar respuestas que no tenemos ni alcanzamos. Buscamos frenéticamente un resquicio al que agarrarnos para engañarnos creyendo que tenemos la sartén por el mango. Como si de nosotros, única y exclusivamente, dependiera todo cuanto ocurre. Esa lucha constante de ¿por qué yo?, ¿por qué tú?, ¿por qué ahora? Sin más respuesta que el silencio o el propio torbellino interior cargado de posibles respuestas.

Y entonces, si en algún momento nos hablaron de Él, si nos lo presentaron o le tuvimos presente en algún momento de nuestra vida, exigimos y culpamos al mismo Dios. Porque cuando algo o todo va mal, entonces sí le miramos. Como cualquiera sin darse cuenta ha espetado al recibir la nota de un examen para el que no ha estudiado: «Me han suspendido». Quizá uno habría tenido que trabajar el esfuerzo, la constancia y el empeño. Pero entonces estaría claro que «He aprobado».

Poco reconocemos en los demás cuando va bien. Y aunque en todo momento de nuestra vida siempre podríamos encontrar una tara, una manzana podrida capaz de contagiar todo el cesto, sí dependerá de nosotros ser capaces de pedir ayuda. De elevar la mirada hacia allá donde alguien espera que le veamos. Puede ser un hermano, tu padre, tu esposa o esa amiga con la que no te hablas desde hace años.

Este 18 de noviembre se acaban de cumplir 39 años del estreno de la película Yentl. Una adaptación cinematográfica de una historia muy crítica y realista en su planteamiento, pero que en algunos puntos de su desarrollo llega a ser fantástica. Sin embargo es una cinta musical que hay que ver para maravillarse con su espectacular música. No extraña teniendo en cuenta que la interpreta una de las mejores voces de la época: Barbra Streisand. En casa teníamos el casete de la banda sonora y, como ya os he contado alguna vez, nuestro nivel de intensidad es alto. Si algo nos gustaba quedaba claro por la evidencia de la repetición. Las canciones de Yentl no iban a ser menos.

¿Por qué traigo este recuerdo a nuestros días? Podría decir que porque me da la gana. Pero realmente no sería todo lo fiel a la verdad que pretendo ser en mis textos. Quizá quien lee se haya percatado que habitualmente estas reflexiones vienen con una canción. Una que acompañe y complete mis palabras. Esa música que durante mucho tiempo ha formado parte de mi vida en momentos que llegan a mi memoria por el contexto que vivimos. Otras que encuentro e identifico con lo que quiero expresar. Una buena melodía me hace pensar.

Descubrir el aniversario de Yentl ha sido providencial y no deliberado. Este ¿Dónde está escrito? de la película que hoy comparto me recuerda que a veces la clave no está en preguntarse quién soy, que debo hacer o qué se espera de mí. La clave está en mirar alrededor y comprender que la belleza y el mayor regalo es vivir con sencilla alegría el contexto que se nos ha dado.

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Para que tú no llores

¿Quién no ha vivido una situación que hace que la vida de un giro de 180 grados? La enfermedad de una madre, la pérdida de un hijo, las deudas y herencias en negativo, una lotería que llena las arcas de dinero y vacía el corazón de amor, un traslado que obliga a empezar de cero en una ciudad desconocida, un cambio laboral inesperado que te deja en el paro de la noche a la mañana… Absolutamente todo el mundo se encuentra en su vida situaciones no deseadas que pueden provocar dolor, miedo, incertidumbre. A veces las lágrimas rompen ese cristal para limpiar como agua clara esa frustración de no haber sido libre para elegir tu propia desgracia. La que creías que podrías llevar para adelante.

Resulta que tenemos un concepto equivocado de uno mismo. Somos más, mucho más, de lo que sea: fuertes, pacientes, cariñosos, comprensivos, constantes, trabajadores, templados, humildes, confiados. La vida pone situaciones por delante para desarrollar los propios talentos y que uno, año tras año, pensaba no iban consigo.

A veces se quisiera no aprender tan pronto, ni de golpe ni tan seguido. Pero la vida nos va enseñando que los tiempos no forzados por la mano del hombre son perfectos. Con el tiempo comprendes que era necesario vivir lo que viviste, que te cerraran puertas o que insistieran en abrirte otras. Te das cuenta que lo que está para ti será tuyo, y lo que no ni aunque te pongas delante.

No en pocas ocasiones se piensa en el «Y si», se recuerdan fechas que marcaron un antes y un después, situaciones que lo cambiaron todo, palabras que pudieron alejar o acercar a personas, realidades y contextos. Lo importante es reconocer en esas dudas un enorme agradecimiento porque todo, absolutamente todo, es para bien. Aunque no se entienda. Incluso si duele y se siente que hayamos podido decepcionar a aquellos a los que amamos. Quien te quiere lo entiende todo y está deseando que vuelvas.

Cuando uno se quita las legañas de los ojos acepta que la vida es compleja para todos. La clave está en la esperanza. Tú no la pierdas. Y si lloras porque la has perdido y crees que ya no hay nada que hacer, recuerda: siempre hay Uno que no se olvida de ti. Para que tú no llores, y si lo haces, que sea de alegría serena.

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Todo es de Color

Hoy parece que todo es de color, pero del color que cada uno diga. Cuesta mucho ponerse en los zapatos del otro; tanto que hasta parece imposible mirar alrededor para comprobar si quiera si hay un otro que lleve zapatos. Seguros de estar haciendo el bien, el propio, supone un esfuerzo imposible pararse a pensar en las circunstancias de los demás.

Si alguien se opone a nuestra voluntad o se interpone en nuestro camino florecen improperios y ceños fruncidos. Vamos tan a lo nuestro que solo nos preocupa lo que me concierne a mí, e incluso nos ofende que quien tenga al lado no se haya dado cuenta de que el mundo gira porque yo estoy vivo. Se cumple ese Ande yo caliente, ríase la gente. O lo que hoy entiende gran parte del populus: «en yéndome a mí bien, que le vayan dando a los demás».

Hoy la sociedad ayuda poco a combatir esta forma tan individualista de entender la vida. La familia está muy bien para celebrar un evento y que a uno le hagan regalos. Sin embargo, cuando se trata de abrir la casa y cuidar de quien un día te cuidó, ya entonces no porque tengo mucho lío, hay cansancio o ya con mis hijo o mascotas tengo suficiente responsabilidad. Los amigos están genial para salir de fiesta, cenar o matar el tiempo terraceando. Pero cuando se trata de corrección, conversación o simplemente silencio y comprensión; entonces desaparecen, no interesan los amigos como tú.

Cuando las relaciones necesitan cuidado, entendimiento y que no se juzgue se requiere de un esfuerzo enorme. Bien porque no se entiende que alguien necesite ayuda o apoyo, bien porque entender esa necesidad supone un sacrificio que no se está dispuesto a hacer. Y entonces miramos para otro lado, y en ese volver la vista sin quererlo ni pretenderlo avivamos el fuego del conflicto interno que padece el otro.

La guerra, todas las guerras, comienzan en nuestra forma de aceptar y entender las circunstancias propias y la de quienes nos rodean. El efecto de mariposa del que tanto se habla es este: si sonríes y aceptas a quien tienes al lado, si le cedes el paso, si te agachas tú a recoger lo que se le ha caído, si le retiras su plato de la mesa, si le llamas para preguntar cómo está o si le va bien en su nueva casa… Si te esfuerzas por cuidar, entender y no juzgar, entonces todo será de color. Para todos.

Te dejó con Todo es de Color, de Lole y Manuel, que a mí me suena a oración de paz.

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El Reloj

Seguro que si miras el reloj, la hora coincide con la que es realmente hoy, día en el que estrenamos horario de invierno. Qué bonita aquella época en la que tal día como este se sucedían los despistes por no haber atrasado las manecillas a tiempo. A veces para evitarlo uno se iba a la cama con el trabajo hecho. Otras, se dejaba para la mañana y llevarse así una grata sorpresa del poco esfuerzo que suponía madrugar un domingo.

Sea como fuere, esas anécdotas forman parte del pasado hasta que llegas al coche que compraste de segunda mano y toca viajar al pasado. Y claro, cuesta mucho. Porque nos hemos acostumbrados a los cambios automáticos. A que la vida evolucione y se transforme sin que uno tenga que hacer nada. Simplemente sucede. Ahora vivimos un poco aliviados con las llamadas ilimitadas, el acceso a wifi gratis, a entrar en los sitios sin abrir una puerta ni girando el torno. Abrimos el maletero sin tocar el coche y encendemos el motor sin meter la llave en el contacto. Llegamos incluso hasta a hablar con personas sin mirarlas a los ojos; es más, no tenemos ni idea de cuál es su color de ojos.

El cambio automático de la hora que hace el móvil y otros dispositivos inteligentes no es más que otra cadena más que nos grita a base de beep-beep que la vida sin tecnología es un fastidio. Hay que admitir que nos hemos acostumbrado a una vida aparentemente más fácil e intuitiva en la que ya no necesitamos no solo reloj analógico. Realmente cada vez necesitamos menos de lo de antes.

Si seguimos con el símil del reloj, ¿para qué llevar uno de manecillas si se puede tener un dispositivo multifunción que da la hora, muestra las notificaciones de las redes sociales y el correo, permite llamar, pagar y hasta avisa cuando uno se está muriendo porque lleva incorporado un medidor del flujo sanguíneo?

Es cierto que es facilitador pero al mismo tiempo es alimentar de forma constante el sistema de recompensa. La interrupción continúa. La obsesión por mantener un buen estado de salud. Y admitámoslo, creerse Michael Knight por un momento cuando olvidas conectar los auriculares al teléfono y respondes la llamada de tu jefe o de tu mujer. Que cualquiera no contesta y terminas hablándole a tu muñeca como quien avisa a KITT (el coche fantástico) para que nos venga a buscar.

La cosa es que el reloj inteligente, que bien podría llamarse «questrés», es nuestra sociedad hiperconectada sin silencios para pensar, y sin engranajes entendidos como personas destinadas a entenderse de por vida para marcar el tiempo que pase, la vida.

Estos aparatos, como tantos otros que nos rodean, nos unen mientras nos separan porque en esta dispersión de la mente cuando miramos el reloj ya hemos dejado de ver el tiempo. Ese que se va y no vuelve. Ese al que estamos obligados a entregarnos para paladear y valorar la vida que hemos elegido tener. Me pregunto ahora como sería el bolero El Reloj de Luis Miguel en el que ya no se escucharía el tic tac que nos recuerda que el tiempo cuando se va, ya no regresa.

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Soy

Cada vez que escucho la pregunta ¿quién eres? recuerdo el fragmento del pregón de la Semana Santa de Málaga que tan impecablemente declamó mi paisano Antonio Banderas allá por 2011. Hubo un tiempo en el que contestar esta cuestión propició enormes y grandes avances en el pensamiento antropológico y con ello la sociedad.

Hoy la pregunta a la que parece debemos dar respuesta ha convertido el habitual ¿quién eres? por el ¿quién sientes que eres? Los días avanzan a golpe de emociones. Sentir por encima de ser. Ideas por delante de personas. Y de fondo la gran protagonista y estrella, la que incentiva el cambio actual, la que llevan usando en los últimos años casi cada día en cada instante: el miedo.

El temor a perder lo que teníamos, a ser rechazados, el miedo a no ser feliz, a no ser admitido en el trabajo al que optabas, miedo a no superar una prueba o alcanzar el éxito demasiado pronto, demasiado tarde. Es cierto que el miedo nos protege y por ello nos hace avanzar. Pero vivir de forma constante en un estado mental de alerta bloquea otras emociones y nubla la razón.

Y en esa ceguera andamos viendo que no llegamos. Y la angustia es mayor porque se suele enfocar la pregunta de una forma individual. Cuesta mucho más pedir ayuda que prestarla. Y decimos prestar porque ese tiempo y ese esfuerzo realmente no nos pertenece. Forma parte de ese aprendizaje que es la vida que cada día muestra lo que cada uno es. Querer aprenderlo o no es cuestión de echarle ganas. Mirar para ver. Respirar para vivir. Andar para caminar. Y al final de nuestro tiempo vivido quedará la esencia de todo.

Tenía estos pensamientos enredados en mí sin saber muy bien qué banda sonora ponerle al café de hoy. Y con lo que me gusta un juego de mesa, decidí tirar de uno que incluye algo que me fascina: lo aleatorio. Guardo muy buenos recuerdos jugando con mi padre a los dados en la mesa de la cocina. Solía ganar él, porque la suerte no lo es todo y como solemos decir la veteranía es un grado.

Ya no tengo dados en casa, pero descubro el azar abriendo un libro y leyendo un par de líneas a media página, mirando una matrícula y viendo en ella una fecha que coincida con cualquier efeméride. Y así, jugando con la suerte en Spotify sonó Soy. Recordé entonces que a pesar de empeñarnos en ser solos, la entidad completa se entiende a través del otro. No se trata de soy sino de somos, con el nosotros como guía. Y sí, yo admito que soy una pieza de un puzzle incompleto por mi misma.  Y tú, ¿con quién eres?

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Ratoncitos Coloraos

Jesús Quintero se imaginó que durante los días posteriores a su muerte sonaría en las radios la canción Ratoncitos Coloraos. Así lo dijo emocionado en 2003 durante la entrevista promocional del primer álbum de este dúo gaditano. El programa del loco de la colina nos presentó a unos jovencísimos Andy&Lucas que le cantaron en directo este tema. Acostumbrados como estamos a los aplausos póstumos y al reconocimiento una vez partimos al otro barrio, que le dediquen una canción a uno con su nombre es un gran homenaje en vida.

Sin embargo, esta semana ha sonado muy poco, casi nada, ese Ratoncitos Coloraos. Aunque  (casi) todos los medios se han hecho eco de la muerte de Quintero:  Cadena SER, COPE, Canal Sur Tv, Cuatro a través de su icónico comunicador Iker Jiménez, RTVE con una recopilación de sus mejores audios y otros muchos obituarios en la prensa nacional y regional. La semana ha dejado poco regusto de loco de la colina.

La estela del silencio y el humo que lo caracterizaba ha quedado empañada con los gritos de unos niñatos. Malhablados y sin gracia. Todos ellos, los de aquí y las de enfrente. Y alguien decidió que estos alaridos impidieran que la pausa y la reflexión se abriera paso.

Hemos dejado que nos manipulen con los gritos de unos cualquiera para olvidar que el Congreso ha rechazado las enmiendas a la Ley Trans, esa que según Celso Arango, Jefe de Psiquiatría del Gregorio Marañón, traerá más problemas que soluciones a la sociedad, la sanidad y la salud de la población.

Poco se ha hablado del 4% que se ha subido el sueldo el gobierno, aumento por segundo año consecutivo con la que está cayendo y que pagamos los ciudadanos.

Menos aún sobre el archivo del caso Isofotón. Histórico caso de corrupción que salpica a los ministros de Hacienda y Agricultura el gobierno.

Ni mucho menos se habla de la torta financiera que se dará España por haber  hecho sus números sin contar con la devolución de los miles de millones de euros en ayudas que se ha recibido. La guantá va a ser menuda y por supuesto la pagaremos tú y yo.

Cuánto necesitamos ese sentido silencio de Jesús Quintero. Recordemos sus preguntas, con la emoción en la ausencia de palabra. Guardemos sus breves reflexiones tan necesarias como olvidadas en la televisión actual. Un reconocimiento a su pausa, a su valor del tiempo. Qué maravilla haber crecido viendo al otro lado de la pantalla a un hombre que ataviado con camisa y pañuelo al cuello, supo abrirse en canal para desnudar el alma de quien sentaba a su mesa. Gracias siempre, señor Quintero.

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Qué güeno que estoy

El mundo se divide no en guapos o feos, sino en los que se lo creen y los que no. Y ahí está la famosa actitud de la que hablan los vendehumos que hoy se llenan los bolsillos a costa de mindfullness, couching y otros dibujos mentales de realidad para sacar tu propia energía. Vamos, ni que uno fuera la famosa pila del conejito.

El discurso es común en todos: cuando tú te lo crees, lo que sea, tú lo puedes conseguir; porque nada es imposible. Pues amigue, como se dice hoy, no funciona así la vida. Hay cosas imposibles. Y esto hay que asumirlo urgentemente. Si Gardner hablaba de 12 inteligencias no es para que estos gurús de la valía te digan que sí, que tú transfórmate de adentro pa’fuera que podrás desarrollarlas cómo y las que quieras.

El núcleo de este tú puedes ser lo que quieras ser está trayendo más problemas que soluciones. Pero como en esta ansia viva de buscar la felicidad y la verdad uno pone todos los medios económicos de los que pueda disponer, nadie con capacidad de decisión en los gobiernos y otras entidades supranacionales van a llevar la contraria. Tú quieres menos barriga, más pelo, ponerte tetas, quitarte cola, lo que quieras. Págalo y adelante. No puedes permitírtelo, tranquilo, ya lo hará alguien por ti. La caja sigue sonando.

Y mucho, con todo ese capital que manejan las industrias farmacéuticas y sanitarias usando a la mujer como moneda de cambio. Qué ilusa, piensa que lo hacen por su libertad e independencia.

Me viene a la mente cuando durante la adolescencia se recomiendan pastillas anticonceptivas para el acné. Hombre, ¿cómo se va a comparar tener granos con los posibles efectos secundarios tales como  coágulos, derrame o cáncer de mama u ovario? Está claro que las secuelas de este medicamento no dejaría dudas. Pues la mujer prefiere eliminar el acné y lo compra.

La historia continúa con los tratamientos de fertilidad, la congelación de óvulos, las pastillas anticonceptivas y abortivas, el aborto en sí. Pero no se habla de la cantidad de millones y millones de euros que llegan al bolsillo de unos pocos y lo justifican en una política basada en el derecho de la libertad y la igualdad de la mujer. Sin pensar en los efectos secundarios a largo plazo. Efectos físicos, psíquicos y sociales.

Me río. Me parto y me vuelvo a reír. Y entonces me acuerdo del tráiler de «Las Cuatro Estaciones» y exploto porque me imagino a nuestro solicito presidente cantando Qué güeno que estoy (un temazo de los Mojinos Escozíos) y proponiendo con sorna que podría sonar en la radio del coche en alguna toma. Me quedo con la frase de Iceta dejando claro que él aparecerá «como soy», que para papelón el tuyo (pensará). En fin, güeno no sé pero los que sí estamos escozíos somos los que de vez en cuando nos paramos a pensar.

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Atrapados en la red

Llevamos varios años atrapados en la red. Según la última encuesta del INE ya se puede hablar de adicción. Más de un millón de españoles de entre 14 y 65 años usa las redes de forma compulsiva. Si acotamos la edad y nos fijamos en jóvenes de entre 14 y 24 años, más de 11 de cada 100 muestra adicción a las nuevas tecnologías.

Muy lejos queda aquel chat de Terra o el molesto sonido del módem mientras se conectaba a internet. La conexión parecía un milagro, y el tiempo en el que uno navegaba por la web o consultaba la Encarta estaba terminantemente prohibido usar el teléfono fijo de casa. Madre mía, si a ti te resulta familiar todo esto lamento comunicarte que tú también tienes más años que un bosque. La cosa es que en aquella época nos parecía lejano y casi imposible muchas de las acciones que hoy se han convertido en rutina y auténtica nueva normalidad.

Compartimos nuestra mejor versión en redes, permitimos que se rastree nuestras preferencias de productos, regalamos nuestros datos y hábitos de consumo; y los que tienen, también hacen lo propio con sus hijos. Ahora no extraña que tu hijo quiera ser influencer. Lo que no te cuentan es que se trata de una profesión esclava y exigente y que llevada a extremo afecta sobre manera a la salud mental de quien expone día, tarde y noche su vida y la de los que le rodean.

Hace unas semanas seguí un debate sobre si debía regularse por ley la exposición de los hijos y los menores en redes sociales después de que estén proliferando en redes sociales los perfiles de padres y madres o familias que muestran de forma pública y abierta su vida y la de sus hijos, pataletas, baños y primera vez sin pañal incluido. El razonamiento era bien sencillo: no podemos ofrecer contenido que le pueda servir a un pedófilo como material para ponerle en bandeja la tentación de la pederastia. Y a mí aquí se me vino otro ejemplo ya de todas descartado; porque decir esto podría equipararse a decir que a una mujer la violan por que va provocando. Error. ¿O con las personas que muestran a sus hijos sí se provoca pero con la vestimenta de la mujer no? No es el tema de hoy, pero me dio qué pensar.

Lo que sí es cierto es que quizá vamos tan deprisa que no nos hemos parado a pensar qué ocurre cuando se comparte material audiovisual de los pequeños de la casa. Si a ese niño cuando crezca y tenga conciencia real le gustará que su huella digital se remonte a su más tierna infancia. Abierta y puesta a disposición de cualquiera. Porque la deep red existe y a nadie le gustaría encontrar fotos y videos de sus hijos en ella.

Pero pasa que nos estamos cargando a nuestros niños, los que tienen hijos varones porque han perdido su presunción de inocencia; y las hijas porque tienen que vestir hipersexualizadas desde niñas porque la moda es enseñar la barriga y usar biquini aun cuando no tienen pecho desarrollado.

No hace falta recordar que la sociedad de hoy se caracteriza por estar politizada y sexualizada, que la cultura (bien sea a través de la música, la moda, el cine o el teatro) confunde sexo con amor y que ya pa más inri, la Ministra de Igualdad se lía con su discurso y dice que los niños tienen derecho a que «ningún adulto puede tocar su cuerpo si ellos no quieren».

Le sobró el no quieren, que quien no quería decirlo era ella pero lo dijo y su disculpa ha sido un ataque. Y se pide su dimisión. Pero no se va ni con agua caliente, como decía Joaquín Sánchez en El Hormiguero cuando le preguntaron si sería capaz de presentar ese programa.

Que por cierto, el eterno bético va a estrenar Joaquín el Novato, un show en el que el capitán verdiblanco debe probar diferentes profesiones para averiguar qué hará cuando deje el futbol. ¿Cuál es la novedad? En la promoción de este programa preguntan a la gente en la calle que si pudieran contratarían a Joaquín o mejor no por vago.

¿Qué? No quepo en mi de asombro. Recordemos Joaquín Sánchez. Un hombre de 41 años que sigue en la élite del futbol profesional. Pero no en el banquillo, no. Marca goles y cumple con la exigencia que se pide. Un hombre que hace equipo y que a pesar de sus problemas (que los tiene) es capaz de reír y repartir simpatía. Pues nada, la pegatina de vago por andaluz y alegre. Lo de siempre.

Pero como ahora vivimos atrapados en la red, a otra cosa mariposa. Dale al play, siguiente story y un reel de la parte bonita de la casa que ésta de aquí está hecha unos zorros. Ay, si Tam Tam Go lanzara hoy este tema habría que ver a la masa enfurecida de algunas redes sociales con lo que dice. De lo que no me queda duda es que esta canción me traslada a una época en la que vivimos la que quizá fuera la última adolescencia en la que las fotos  se revelaban y se guardaban en un álbum como las del verano del 99.

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