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Pilar Méndez: “Si el Señor nos pone en un sitio es porque somos capaces de llevar a cabo nuestra misión”

Pilar Méndez es de esas mujeres que te atrapan con su sonrisa sincera. En sus ojos se ve la generosidad de su alma, y no duda en abrir de par en par las puertas de su casa y de su corazón para compartir todo lo bonito que tiene dentro. La segunda de 5 hermanas, Pilar Méndez vive su vida con vocación de servicio a los demás y su familia. Se le ilumina la cara al hablar de los niños de sus hermanas y de cada oportunidad que tenemos las personas para querernos y servirnos unos a otros. 

Gracias Pili Méndez por iluminar este café y recordarnos que la esperanza no solo no es lo último que se pierde, sino que es lo que verdaderamente nunca debemos perder.

Pilar Méndez: Escuchar en el silencio

P.- ¿Cómo te encuentras con Misioneros de la Esperanza, con MIES?
R.- Acababa de terminar una relación de 4 años y una amiga me decía que a mí lo que me hacía falta era salir y entrar. Sinceramente, eso era lo último que me apetecía. Pero ella insistió en salir ese viernes, solo que antes tenía una reunión y prometió recogerme en cuanto acabara. Pero a mí eso de salir de casa a las tantas de la noche como que no. 

P.- ¿Y te fuiste con ella a la reunión?
R.- Está claro. Además ella me aseguró que me iba a gustar. ¿Por qué no creer a mi amiga. Y la reunión resultó ser de un grupo de jóvenes de la parroquia San Francisco Javier, cuya catequista pertenecía a Misioneros de la Esperanza (Mies).

P.- ¿Qué pasó?
R.- Claro, como yo no me puedo estar callada, pues intervine en aquel encuentro. Eso provocó que al salir de allí la catequista quisiera saber de mí.

P.- ¿Qué te dijo?
R.- Le impresionó no solo lo que dije sino cómo lo dije. Notaba que yo traía mucha formación cristiana. “¿Tú de dónde vienes?”, me dijo. Le contesté que desde que tenía 6 años he cultivado mi vida de fe interior con el Opus Dei. 

P.- ¿Aquella conversación lo cambia todo?
R.- Radicalmente. Empiezo muy rápido en MIES, en poco tiempo empiezo el aspirantazgo, me vinculo a mies y comienza la historia de mi vida. Y justo este 23 de abril hace 5 años que hice mi Consagración por promesas, aunque yo no soy religiosa. Fue muy especial porque en aquello, que coincidió con mi 50 aniversario, estuvo un sacerdote chadiano que me ayudó mucho en  la misión. Más providencia que casualidad

P.-  ¿Nunca habías tenido vocación de misionera?
R.- Como tal no fui consciente, aunque con 17 años me fui a la Iglesia de San Pedro y le dije al párroco que yo quería irme a algún sitio. Recuerdo su respuesta porque aunque me resultó algo antipática fue la más acertada: “Tú donde te tienes que ir es a tu casa y terminar tus estudios” (risas).

P.- Más claro, agua.
R.- Totalmente, y eso hice. Pero mira, 10 años después me encuentro esto, y me meten en la comisión de misiones sin haberlo pedido. Estaba para mí cuando fuese el momento adecuado.

P.- La palabra misionera hoy en día nos puede quedar muy lejos, una vocación que hay que saber verla. ¿Qué es ser misionera?
R.- Yo escuchaba la palabra misionera y me pasaba un poco así, que sentía que eso era algo muy lejano, de personas muy especiales, valientes capaces de dejarlo todo e irse a otro país, a otra realidad distinta a uno. 

P.- ¿Qué sentiste cuando te tocó a ti?
R.- Como una llamada de Dios. Y es que eso es la vocación, una llamada para ti que la sientes en el corazón y debes ir a por ella. Antes de aceptar una vocación, la tienes que oír.

P.- ¿Eso cómo se hace?
R.- Escuchar al Señor es mucha vida interior. Mucho tiempo delante del Sagrario. Porque en tu vida cotidiana el ruido te absorbe. Y estoy hablando de hace más de 20 años. Ahora hay que hacer mucho más por estar en silencio y a solas. Tú y Él. 

P.- No parece fácil.
R.- En absoluto. Es muy difícil escuchar esas voces. Antes había menos ruido, no había redes, ni móvil. El mundo y el consumismo te llevaba menos; pero sí es verdad que si tú quieres, cuando de verdad te pones delante de un Sagrario, ahí no importa lo que haya fuera. Sois El y tú.

P.- Entiendo que eso es un camino paso a paso.
R.- Yo venía de mi vida de fe que la fui trabajando y edificando en mi colegio, además de mi apoyo a la catequesis en mi parroquia. Sin embargo, recuerdo que me enfrenté a mi primer ejercicio como Misionera sin verme capaz de hacerlo.

P.- ¿En qué consistía?
R.- Cinco días sin hablar (risas).

P.- Pero bueno, ¿en serio fuiste capaz?
R.-  (Risas) Pues fíjate. Yo solo pensaba que no iba a poder estar callada. La primera noche nos encontramos todos y cuando acabó la cena empezamos el retiro de silencio. Claro, cuando te levantas por la mañana y ves que todo el mundo hace un saludo con la cabeza manteniendo el silencio, pues como que te vas metiendo. Es verdad que la gente se llevaba música pero yo soy de poca melodía.

P.- ¿Qué hacías tú?
R.- Me ponía delante del sagrario y al final te atrapa. Y allí sentada en ese silencio, escuchas. Son días que tú le dedicas a tu vida interior, a encontrar la paz que muchas veces necesitamos. ¿Quién no tiene alguien que dice “Yo me iría al caribe a relajarme”?; pues muchas veces no hay que irse tan lejos. Con encontrar un sitio donde encuentres tu propia paz, basta.

P.- ¿Sueles viajar?
R.- Por turismo no porque pienso si realmente merece la pena; si esos recursos los puedo volcar aquí que también hay tanta necesidad, y más aún con la pandemia.

Pilar Méndez: Ecuador como punto de partida

P.- ¿Cuál fue tu primera misión?
R.- Fue en Manta, Ecuador. Yo nunca había dejado a mi familia, había viajado poco. Cuando me lo encomendaron lo hablé con mi familia, pues tenemos un negocio familiar. Y no había problema alguno. Llego allí después de tantas horas en avión y me doy cuenta que eso de ir allí tampoco es de tan valientes, estaba yo allí.

P.- ¿Cómo recuerdas Manta?
R.- Tuve suerte, al ser una ciudad costera lo identificaba con Málaga porque cuando me agobiaba me iba al malecón, al mar y respiraba vida. Era como volver a mi ciudad, me sentía en casa. Por eso esta misión era más relajada. No solo el mar, también la gente nos respondía.

P.- ¿Tuviste algún momento duro en Ecuador?
R.- Yo me opero allí la rodilla porque ya tenía una lesión y allí se me termina de fastidiar. Había una mamá que lo primero que hacía por la mañana era venir a mi casa e incluso me lavaba la ropa. Ella decía que era una cosa normal, ¡pero sin lavadora ni ningún aparato!

P.- Entonces muy normal no era.
R.- Totalmente. Lavar a mano la ropita interior pues bueno, pero allí hasta las sábanas, ¡todo! ¿Cómo te imaginas esa situación? Esa mamá venía a primera hora y se encargaba de mí y de mi casa. Y su casa luego, casi nada.

P.- Qué generosidad.
R.- La vida en Ecuador era con un profundo sentimiento religioso y esto te ayudaba a ti. Ellos se volcaban porque sabían que quien más había renunciado para estar allí éramos nosotros, los misioneros. Una entrega sin medida.

P.- ¿Cómo?
R.- Cuando llegaba allí a casa de alguno de ellos a llevarles la comunión, gente que no tenía qué comer te recibían con arroz con pollo o con pescado. Y me decían que no podía rechazarlo. Pero, es que yo les llevaba la Sagrada Forma a primera hora de la mañana, y era incapaz de comer ese tipo de plato tan temprano. 

P.- ¿Te lo llevabas?
R.- Sí, lo contrario era hacerle un feo muy grande. Y fíjate que muchas veces me daban su ración de comida del día. Los niños de mi barrio, cuando me iba a algún sitio de estos, me esperaban sentados en la puerta de mi casa. Y yo al volver les repartía la ración que me habían dado entre todos. La comida nunca llegaba a mi casa.

P.- Qué impacto.
R.- Lo más impactante fue una vez que uno de los chiquillos se guardó en una servilleta su parte del arroz. Y yo le decía: “Pero bueno, si es para que te lo comas, venga”; y el me dijo: “No, esto lo guardo para mi mamá que pueda comer algo hoy”. 

P.- ¿Cómo te quedaste en ese momento?
R.- Esto te destroza, te parte el alma. Porque cuando te crees que estás siendo generosa o que estás haciendo algo bueno, ves que no, que hay un punto más del que aún estamos lejos. 

P.- Qué gente más bonita.
R.- Es un pueblo realmente maravilloso y entregado hacia el bien común y el semejante. En Ecuador estuve 5 años. Los tres primeros años no vine, hasta que tuve 3 meses de vacaciones en los que me plantearon renovar por dos años más. Y eso hice, volver. Y esta vez mis padres vinieron a verme.

P.- Te haría mucha ilusión.
R.- Muchísima.

P.- ¿Qué te dijeron tus padres?
R.- Que venían pero que en mi casa no se quedaban (risas). Y muy bien que hicieron porque quien hizo una promesa de pobreza fui yo, no ellos. Así que les busqué alojamiento en el único hotel que había: “El Oro Verde”, pero también les avisé que aquello no era como España, y las carreteras, tampoco. 

P.- Tendrían mil y una anécdotas.
R.- Sí, de todo tipo. Para llegar por esos caminos perdidos en camioneta, por unas carreteras espantosas, hasta aquella en que me dijeron: “Ay Pilita, que amable es la muchacha que nos hace la habitación” Y yo que me lo olía: “Papá, ¿qué propina le estáis dando?”. Y recuerdo: “Hija, una miseria, 5 dólares.

P.- ¿Cuánto era eso?
R.- Pues tres sueldos, para que no tuvieran a mis padres en palmito (risas). 

P.- ¿Qué te dijeron tus padres cuando vieron tu casa?
R.- Mi padre después de abrir esa nevera vacía y ver mi casa se puso muy triste: “Me entran ganas de llorar. ¿Tú sabes a todo lo que estás renunciando? Porque somos cristianos y sabemos a lo que venimos, pero también es muy duro ver que tu propia hija lo ha dejado todo, teniendo acceso a ello, por esto. ¿Tú eso lo entiendes?”

P.- ¿Lo entendías?
R.- Al final te adaptas y yo no sentía nada como perdida. Es cierto que  la nevera era de butano, no enfriaba y los alimentos se perdían. No tenía tele, con lo que a mí me gustaba. Me la compraron mis padres; y bueno; al final te haces al cuerpo. Me costó más volver a España y adaptarme a tenerlo todo.

Pilar Méndez: Vuelta a casa

P.- ¿Cómo fue tu regreso?
R.- Fue duro sobre todo por aceptarme, no a mí misma, sino a esa realidad que yo estaba teniendo.  Cuando regreso y veo que gran parte de mis compañeros se casan y forman familia, yo empiezo a darme cuenta que ya para mí esa opción se complica. Pasa mucho tiempo en el que esa pregunta, “el por qué”, me ronda la cabeza. Pero Dios me quería así, con mi vida dedicada a mi propia familia, no como yo me imaginaba con marido e hijos, pero sí la tengo. Mi vocación es estar en el mundo, la sigo teniendo.

P.- ¿Qué hiciste en Aldeas Infantiles?
R.- Estuve en Granada y me dediqué a estar dentro de casas de acogida para niños y familias. Pero en un fin de semana libre que volví a casa, mi padre falleció. Le falló el corazón de pronto. Así que aquello me hizo plantearme que debía volver a casa. Aunque la insistencia de mi familia retrasó un par de meses mi regreso.

P.- Esa entrega para cuidar de unos padres.
R.- Yo me planteo siempre si somos conscientes que estamos aquí para cuidar de nuestros padres porque ya ellos cuidaron de nosotros cuando éramos niños. Yo se lo digo a mis hermanas, que porque estoy y voy con ella, y lo hago con mucho gusto. Pero todo hijo tiene que cuidar a su padre y a su madre. El confinamiento lo que más pena me ha dado ha sido tantos y tantos mayores solos.

Pilar Méndez: Afrontar lo imposible

P.- ¿Cómo surge la misión en Chad?
R.- Pasado diez años de mi misión en Ecuador y ya solo con mi madre se empieza a hablar en MIES que necesitan un matrimonio que hable francés para ir a Chad. Por lo tanto, como yo ni estaba casada y no sabía ni papa de francés, pues conmigo no iba la cosa.

P.- Si se buscaba un matrimonio que hablara francés y tú no cumples ningún requisito, ¿cómo concurres?
R.- Un 8 de enero voy a hablar con mi director espiritual, Andrés, por entonces Responsable sacerdote de Mies, y era el párroco de Santa Ana y San Joaquín. Saludamos al Señor y cuando nos vamos a sentar me dice: “¿Te quieres ir a Chad?” Y en ese momento me pongo a llorar y a gritar como una energúmena: “¿Por qué me dices esto?” Y él se me queda mirando y me dice “No lo sé”.

P.- Tú no entendías porqué se había fijado en ti.
R.- El me repetía que no tenía ni idea que me lo iba a decir, que fue por ese rato de oración. Y recuerdo aquella tarde como horas de nervios, de desesperanza. Entonces concretamos que si el Obispo de El Chad, que por cierto era maño y se llamaba Miguel Ángel, daba luz verde a que fuese a la misión una mujer de 48 años, soltera y que no tenía ni idea de francés; me lo pensaría. 

P.- ¿Qué pensabas tú de todo esto?
R.- Ahí mi mente se colapsó. Porque si el inglés para mí era imposible, ya del francés ni hablamos. Y mi madre, ¿qué iba a pasar con mi madre? Que yo me iba a África, que no era Granada.

P.- ¿Llorabas por ella?
R.- No lo supe entonces y tampoco ahora. Llegué a mi casa con los ojos, imagínate después de 3 horas llorando (risas). Yo tenía que hablar con mi hermana Susana, que sabía me cogería el teléfono para que me ayudara y poder desahogarme. Pero en ese momento no me podía atender, así que en ese plan llegué a casa de mi madre con la propuesta que me habían hecho y sin habérselo dicho aún a ninguna persona de mi entorno.

P.- ¿Estaba solo tu madre?
R.- No, esa tarde yo cuidaba de mi sobrino Luis. Entro en casa y evito ir al encuentro de mi madre. Me excuso en preparar la merienda del niño. Y le cuento a él en primicia que me han propuesto irme a Chad y que no lo tengo claro. Y no te crees lo que me dijo ese niño que en aquel momento tendría 11 años.

P.- Dime.
R.- “¿Es lo que Dios quiere de ti?” Y me lo dijo mirándome con esos ojos azules…

P.- Mucha profundidad en sus palabras.
R.-  Muchísima. Pero empezaba a verlo más claro, lo único insalvable ya para mí era el idioma. Y el niño, muy sereno, me dijo:“Eso se aprende”. Me quedé planchá’.

P.- ¿Dejaste de llorar?
R.- La verdad es que no (risas). Ya se lo dije a mi madre y como ella me veía así me decía con mucho arte: “Si quieres yo digo que estoy mayor”. Pero algo dentro de mí decía que no. Todo esto ocurre en enero, y en mayo de ese año, el mismo día que me fui a Ecuador, me fui a Chad.

Pilar Méndez: Llorar en un año por toda la vida

P.- ¿En qué consistía aquella misión?
R.- Era un orfanato con 50 niños y yo hice la labor que hace una madre: que se asearan, desayunaran, que no se escaparan, que fueran al colegio y fuesen responsables; pero también las funciones de una coordinadora, directora. Y todo eso sin saber hablar francés, el idioma que se usaba para comunicarnos.

P.- Todo un reto.
R.- Imagínate esos niños que pensarían de mí, una mujer mayor, que no paraba de echarse agua por ese calor insoportable y con las piernas hinchadas. Recuerdo sentarme en el escalón de la casa ante la nada y ver venir a los niños. Y de pronto estos pequeños empezaban a masajearme los pies para darme alivio.

P.- ¿Qué sentías en el día a día?
R.- Para mí era terror que se dirigieran a mí porque aunque yo estudiaba y apuntaba todo, no era capaz de hablar. Estuve 7 meses rodeada de gente pero sola y abatida. Allí lloré todo lo que tenía que llorar, porque en los 5 años que hace que regresé no he vuelto a echar una lágrima, y he tenido muchas ocasiones para hacerlo.

P.- ¿Cómo aguantaste?
R.- Cada mañana, a oscuras y en silencio, me ponía delante del Señor. Cuando me levantaba no había luz porque la habíamos ya consumido toda la que conseguíamos a través de las placas solares. Yo iba con mi linterna a la capilla para estar ante el Señor. “La Virgen africana” fue la que me salvó. Yo me encomendaba a ella en tantos y tantos momentos muy malos. 

P.- ¿Qué fue lo peor?
R.- Allí ser mujer, y además tan blanca y que no sabía el idioma era un foco terrible. A eso se añade que quien me hacía de traductor por así decirlo y me enseñaba el idioma se le muere la madre y se tiene que ir. Me quedo completamente en la nada. ¡Ni wifi! Me llevé un móvil de los primeros que salieron, de los de tapa. Más adelante me mandó mi familia un móvil. Y con esos recursos hice incluso los informes para Cáritas. Aventura es poco.

P.- ¿Y lo mejor?
R.- No sé si lo mejor pero de aquí salieron cosas muy buenas y guardo mucho cariño; cuando me dicen que tengo que darles catequesis a 15 niños. ¿En serio? ¿Sin hablar francés?

P.- ¿Qué hiciste?
R.- Recuerdo que tiré los papeles al aire, tal cual. 15 niños negros. Yo solo veía dientes. Y sin entender una palabra. Me enseñaron mucho. Escribían en la tierra palabras, y aquella primera tarde me enseñaron una canción. Y pedí permiso para mirarles los labios, que eso a las mujeres no nos estaba permitido, para entenderles mejor. Gracias a esos niños aprendí francés.

P.- ¿Tuviste claro algún día que ibas a ser capaz de terminar la misión?
R.- Después de muchos meses sin poder articular palabra y pasada muchas vicisitudes, no tenía muy claro si aquel era mi sitio. Pero no, tenía que ser más fuerte que “todo eso” y sentí la señal , yo tenía que acabar mi misión en el Chad.

P.- ¿Qué ha supuesto para ti el Chad?
R.- Ha sido un antes y un después en todo. Si yo me creía capaz o no de hacer algo, ahí se me abrió un mundo. De no saber hablar ni una palabra a pasar a entrevistarme con el ministro de trabajo del país para arreglar nóminas, la verdad que yo ni me lo creía. Hay que enfrentarse a lo que uno cree que no puede para demostrar que se equivoca. Si el Señor nos pone en un sitio, es porque somos capaces de llevar a cabo nuestra misión.

P.- ¿Entonces, no nos creemos capaces?
R.- El fallo es que no solemos confiar en nosotros mismos. Pero si no lo intento no sé si soy capaz de aguantarlo. Y al final, te miras al espejo y tú vales. El Señor no me ha hecho más valiente ni distinta, pero me ha dado la gracia para darme cuenta de que soy capaz de aguantar lo que me echen.

P.- ¿Te volverías a ir de misión?
R.- No, ahora mismo no. Esta última misión ha sido muy dura. Además, mi madre ahora no se merece que me vaya a ningún lado. Mi sitio está aquí, con ella y mi familia, mi comunidad, y en mi apostolado en la Parroquia de La Virgen Milagrosa y San Dámaso Papa con esos niños y jóvenes que también tanto nos necesitan. Yo siempre digo “Aquí estoy Señor para hacer tu voluntad” y por eso mi gente dice que me pasa lo que me pasa (risas). 

P.- ¿Cómo se toma el café Pilar Méndez?
R.- Me gusta mucho el café, siempre con leche.

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Barry White y el Buen Amor

La música amansa las fieras. Esto es tan cierto como que el origen de todo momento de calma viene precedido de un suave susurro armonioso. O no. Depende del momento. Lo que sí es cierto es que las que lidiamos con niños pequeños sabemos que una bonita melodía les calma la ‘inrritación’, como decimos los muy propios de mi tierra.

No importa el estilo, he tenido momentos de paz gracias a Morricone, Pablo López, Enrique Iglesias o Juanito Valderrama. El arte (aunque los malabares del lenguaje digan que es morirte de frío) pasa por saber qué debe sonar en cada momento. El don de la oportunidad cada vez está más cotizado precisamente por eso, porque el inoportunismo predomina en nuestra sociedad. Ojos cerrados, corazón bloqueado.

Siendo honesta, cuando me da por una canción, me da. Y sé que esto me viene de saga. Tengo muchas ocasiones para recordarlo pero la más recurrente es aquella en la que sonaba  Barry White The Ultimate Collection a toda pastilla en la salita de estar. Los primeros acordes de The First, my Last My Everything se escuchaban casi desde el portal. Ya sabía quien estaba en casa. Se ve que una de mis hermanas había descubierto al genio del soul a las puertas de su muerte. De la del cantante, claro.

¿Quién no ha escuchado música a tope? Yo misma. Mis vecinos, también. Ahora que lo pienso, quizá cuando escuchamos música a altos decibelios será que necesitamos que no nos oigan y echar pa’fuera lo malo.  Después de un año terrible, explotamos. y lo hacemos sin música. En su lugar son gritos e improperios. Callar a voces el alma porque necesitamos ayuda y no sabemos pedirla; nos está hiriendo como sociedad unida y bien avenida.

¿Cómo si no se puede atacar a alguien por dar un abrazo? ¿Cómo negar ayuda a quien lo necesita? Los prejuicios, el color de la piel y los ceros en el banco. La lepra contemporánea.

De seguir así, lejos de obras de misericordia físicas y espirituales, nuestro fin está cada vez más cerca. Hoy debemos celebrar de verdad ese soplo de aire que tanto necesitamos para abrir los oídos y el corazón en silencio. Hoy quizá conviene recordar a Barry White y ese Lo primero, mi último, mi todo. El Buen amor como inicio y final.

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Agua y Menta

La tele y el cine de finales del siglo XX pusieron de moda las hombreras, las zapas con esmoquin, y aquel ¡Rupert, te necesito! que tanto hemos repetido hasta que lo olvidamos. Pero rescatar patrones del pasado y actualizarlos para volverlo a poner de moda es hoy escandalosamente la norma.

Salvo rarezas puntuales, hoy escuchamos versiones de éxitos de ayer. Algunas soporíferas y tediosas como las tan manidas en esos programas de entrevista de sofá. Lo penoso de todo esto es que no pasa solo con la música y el cine. Porque la moda ya sabíamos que era cíclica. Mi madre me lo lleva diciendo desde que soy una niña. Por eso muchas de mis amigas ya saben que yo no he pisado en mi vida una tienda de ropa vintage. Simplemente he ido a casa de mis padres. Y tan contenta.

La falta de creatividad viene por lo vertiginoso de los tiempos: producir rápido, vender rápido y crear de nuevo. Lanzar la noticia antes que nadie, ofrecer la exclusiva. Ese “yo llegué primero” busca lo que no es necesario. El reconocimiento externo. Pues vale, la peseta pa’ti. Quizá debiéramos pensar que lo importante no es llegar antes sino llegar bien.

Pero bueno, llegar antes es llegar bien, ¿no? Pues depende. Si para eso te has saltado dos semáforos, has dejado de ceder el paso a un señor con una carretilla o simplemente te has marcado un robado de aparcamiento a lo Tomates Verdes Fritos, (con la suerte de que a quien se lo quitaste no ha gritado Towanda como una loca) pues mira; bien, bien, no has llegado. Pensemos en ello. El medio de llegar al fin debe ennorgullecernos tanto como el fin en sí mismo.

Leía esta mañana en una entrevista a mi paisana María Peláe que no está todo escrito ni dicho ni inventado. Y cuánta razón tiene. Para sacar algo nuevo hay varias claves: trabajar mucho, trabajar bien y rodearte de gente que cumpla las dos anteriores. Y todo ello macerarlo a fuego lento, como los buenos guisos, los de tu madre y tu abuela. Esos que aunque no te gustaran te decían con cariño o no: Cómetelo que es lo que hay.

Hoy como somos más complacientes con nuestros hijos le quitamos el plato porque “qué lastima mi niño”. Y yo me imagino que qué lastimo yo. O qué pena cuando sea mayor y no sepa afrontar lo que le toque con esfuerzo y sacrificio. El aprendido de chiquito cuando el plato que tenía delante no era de su agrado.

Mejor nos iría a grandes y pequeños con un Agua y Menta bien entendido. Aguantarse y mentalizarse; y sin hacer daño. Así nos centraríamos en mejorar uno mismo y dejaríamos de mirar quien se corta o no la coleta y cómo es de penosa la vida de los descendientes de cualquier artista, por muy grande o no que esta haya sido.

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Dame paciencia

Señor, dame paciencia, pero dámela ya. Pero la paciencia es saber sufrir; y eso no se aprende de un día para otro. Eso se interioriza desde bien pequeño.

Hoy nos cuesta entender al otro cuando habla porque desconocemos el significado de las palabras. Interpretamos según nos apetece para justificar el comportamiento propio. Se ha implantado en nuestra sociedad hacer un examen de conciencia ajena, analizando al dedillo las faltas del otro y echando en ellos la carga de los sinsabores propios.

Lejos de abrir los ojos con serenidad y buscar lo que uno sí puede hacer; escogemos el camino fácil. Me enfado y no respiro. Y no decimos un “bota bota y en tu cara explota” porque es domingo y tampoco es plan de ponerse belicoso. Carecemos de saber estar y tratar a los demás en distintos ámbitos porque el “yocentrismo” se ha hecho un hueco a codazos en nuestra sociedad. Algo muy ilustrativo para reconocerlo son  aquellos eventos en los que desde un escenario se lanzaban gorras o camisetas. Guantazos. Había guantazos para conseguir una y poder decir: “Yo la cogí”. Y encima, se la pone. Ver para creer.

Es habitual escuchar esa frase que me hace tanta gracia: Señor, dame paciencia, pero dámela ya. Pero la paciencia es saber sufrir; y eso no se aprende de un día para otro. Eso se interioriza desde bien pequeño. Cuando quieres un juguete y tus padres te dicen que no. Cuando en la mesa tienes una comida que no te gusta y te dicen que no, que hagas un esfuerzo y te la comas. El problema es que hoy le preguntamos a nuestros hijos qué quieren comer, qué ropa se quieren poner. Y parecerá increíble, pero no lo es. Ni sabemos sufrir ni por tanto, enseñarlo.

Nos han intentado engañar sobre el valor del sacrificio y el dolor. Como si fuera malo, como si debiera evitarse a toda costa. Pero el dolor nos fortalece. Nos enseña y hace crecer. Pero no queremos. Ciudadanos del País de Nunca Jamás. Sin responsabilidad ni normas.

La norma es necesaria porque es el origen del orden. Y no hay orden más natural y bello que el de no hacer daño. Esta para mí es la primera regla de juego. La tengo grabada porque sé que aún sin quererlo ni pretenderlo he lastimado a otros. Y el primer herido es siempre uno mismo. De toda la vida se ha dicho que el que algo quiere, algo le cuesta. Y sin duda, lo que más esfuerzo y tiempo nos requiere es analizar los fallos propios y hacer propósito de enmienda. Cada día un poquito porque sin duda este el mayor sufrimiento: saberse errante (del acierto).  

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Tiempo y Serenidad

Las perspectivas y el lugar hacia el que miremos suelen ser un factor clave en la forma en la que entendemos el mundo. Recuerdo cuando estudié a Platón; me maravilló el arte del pensamiento. Quizá porque es ahí donde se dibujan las realidades que cada uno tiene sobre su vida y la de los demás.

Siglos y siglos después, el mito de la caverna mantiene plena su actualidad. Seguimos mirando aquellas sombras manipuladas que planteó el griego para explicar el conocimiento. La falta de lucidez se hace palpable. El opio de toda sociedad es la ignorancia. No interesa un pueblo que reflexione, que sepa, que valore, que respete. Una masa embrutecida permite a otros pocos manejar los hilos. Nos falta pensar.

La etimología de Pensar nos lleva a poner algo en una balanza, calcular. Para  pensar en algo necesitamos tiempo y serenidad. Si falta la primera, olvidemos la segunda. Sin una no está la otra. Vivimos a toda prisa. Aunque la pandemia nos frenó en seco, casi todos hemos querido recuperar el tiempo perdido. Las citas, los horarios, el estrés, el ay que no llego. El teletrabajo como excusa para apuntarnos a lo que sea. El desorden. Con la ropa muy bien puesta y los trasteros organizados pero con un caos absoluto de acciones, sentimientos y emociones.

Me imagino ahora como Alejandro Sanz interpretando su primer éxito del que se cumplen 30 años esta semana. Ahí es nada. Viviendo deprisa: “Cansado de vivir de esta manera”.  Teniendo la mala sensación de que no disfrutamos el momento de forma pausada.  Aún tengo alguien a quien llamar, algún destino al que viajar, ropa que tender o algún libro por leer.

Y yo me imagino que Alejandro Sanz nos invitaba a replantearnos nuestro día a día; si éramos conscientes de la velocidad de nuestro momento particular. Si vivimos sin paladear cada instante, con la serenidad y el tiempo que nos da la paz, esa de la que hablaba la semana pasada. La del amor.

David Beriáin / Imagen Nuestro Tiempo

Desde el martes dejé de mirar a Correos para fijarme en las personas; porque todas, con sus luces y sus sombras, buscamos y somos amor. Y he sido más consciente aún al profundizar en lo que nos ha dejado el periodista navarro David Beriáin, asesinado junto al reportero Roberto Fraile, y otras dos personas en Burkina Faso. He mirado a los ojos claros de David y he guardado algunas de sus palabras publicadas en Nuestro Tiempo que son verdad y bondad. Porque qué cierto es que “no hay mayor ignorante que el que cree que sabe“. Y aquí seguimos, sin saber pero dispuestos a dejar que el tiempo y la serenidad se hagan hueco indispensable en nuestras vidas.

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Pax

Dice Rilke en “Violencia y Poder” que la gran mayoría de las personas violentas o que hacen daño no buscan hacerlo. Aquel artículo se me quedó grabado en la memoria sin mucho esfuerzo porque compartía con el autor la reflexión, y quizá también el conocimiento, que le había llevado a ello.

Tener conciencia de que quien daña no lo pretende puede marcar la diferencia ante cómo asumimos nuestra vida. Y lo  que es más importante y fundamental:  cómo decidimos reaccionar ante lo que los demás nos hacen, cómo nos comportamos nosotros.

El problema de hoy en día es que hemos normalizado la violencia hasta tal punto que muchos identifican la violencia con el guantazo o la agresión física. Pero no. La violencia comienza con un mirar a otro lado, con no tender la mano, con una mirada o un ceño fruncido. Se manifiesta con la palabra, el trato y la excesiva confianza. E incluso se percibe cuando no te conmueve el sufrimiento de otro y te burlas de su padecimiento.

Si yo te hablo con poca consideración es porque tú te lo mereces por cómo te comportas conmigo. Lo vemos a diario, en demasiados contextos. La televisión ha implantado este modelo de debate ordinario y faltoso. Y no solo me refiero a los herederos del tomate. Cualquier tertulia política o de análisis es una vergüenza para el espectador.

Cuando alguien hace algo que me ofende y me hace daño debiéramos plantearnos en silencio: ¿Quién soy yo para juzgarlo? ¿ Qué ganamos con enfrentarnos? El problema surge cuando la respuesta a esta última pregunta es popularidad, poder, posición social. ¡Ay, las medallas! Tanto nos pesan al cuello que nos convierten en prisioneros de las pasiones mundanas y oscuras.

Hoy muchos españoles sufrimos violencia y no sabemos cómo quejarnos. Se pierde el sentido del honor y la justicia. Nos hacen creer que si me provocas y yo reacciono, has de aguantarte: “Tú te lo has buscado”. Este es el germen de toda guerra. Sentirse amenazado, con la libertad en peligro de muerte.

Por eso, en tu entorno libra tus batallas con amor, con generosidad. Si una amiga te deja tirada, no la critiques y saca provecho del tiempo. De la misma manera trata muy bien a quien te hable mal, porque el poso queda. Y si alguien con capacidad de decisión hace daño verbal o físico, pide por él para que encuentre paz. Así es como la encontraremos todos. Sin piedras, ni balas, ni puertas que se cierren al salir.

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Ángela Callejón: “Dar las gracias permite al otro ser consciente de que facilita la vida”

Angela Callejón es Presidente del Foro Internacional Mujer y Sociedad Málaga. Una entidad que pone en valor y en el centro a la mujer como hacedora de sociedad bien entendida. Una actividad que compagina con su profesión: lleva 26 años siendo profesora de la Universidad de Málaga. Un trabajo que jamás habría imaginado elegir tan bien: “Es precioso y muy enriquecedor estar rodeada de gente joven en tu día a día”. Siguió el consejo de una buena amiga y siempre trata de usted a sus alumnos para que se sientan respetados y en su sitio. No desdobla el lenguaje al hablar y por ello se disculpa con todas el primer día de clase.

Divertida y risueña, Ángela destaca que su única hermana, Mª del Mar, lo es mucho más que ella. Ángela Callejón dice ser una ciudadana del mundo gracias al trabajo de su padre. Recuerda con especial cariño Nerja, lugar al que suele volver para hablar a sus 4 hijos de su infancia.

Ángela Callejón: Hay muchos más motivos para ser feliz que para no serlo

P. ¿Eres malagueña?
R.- Así es, como  mi familia.  Hemos vivido en distintos sitios hasta que nos instalamos definitivamente aquí cuando yo tenía 10 años. Salvo las estancias de investigación en Dublín, he pasado toda mi vida en Málaga. Es cierto que Nerja ocupa un lugar en mi corazón no solo porque hice allí mi Primera Comunión, sino porque fue donde aglutiné más recuerdos y vivencias. Cuando se ha vivido una infancia feliz, todo se recuerda como maravilloso.

P.- Eras feliz de niña. ¿Y ahora, eres feliz?
R.- Yo creo que sí, desde luego procuro ver lo bueno de la vida y de las personas. Cada uno encerramos una riqueza enorme. Hay veces que cuesta verlo, pero eso tiene que estar. Todos nacemos con un potencial para ser feliz, una luz especial. A veces pasa que lo que nos sucede y la experiencia puede atenuar ese brillo interior, por eso es importante intentar descubrir lo bueno del otro. Dar las gracias.

P. – ¿Por qué es tan importante dar las gracias?
R.- La gente agradecida ve lo que otros no ven. El dar las gracias permite al otro ser consciente de que facilita la vida a los demás. Se puede hacer muy feliz a una persona con una simple mirada.

P.- Levantar la mirada.
R.- Claro. Si solo miramos al suelo no vemos la maravilla de lo que nos rodea. Nos perdemos el sentido de trascendencia. Somos seres sociales, económicos y espirituales, y este aspecto también hay que cuidarlo. 

P.- ¿Qué nos ha traído la pandemia?
R.- Esta crisis sanitaria ha generado mucho sufrimiento. No solo por lo sanitario, también por lo económico y esto genera mucho dolor psicológico. El número de familias en riesgo de exclusión social o pobreza se ha disparado, ya representan el 28 por ciento del total de hogares españoles. Las familias cuidadoras de personas dependientes necesitan más apoyo de las administraciones. En este contexto, aceptar nuestra vulnerabilidad es bueno porque nos hace más fuertes y solidarios.

P.- Profesora titular de finanzas y contabilidad la universidad de Málaga. ¿Qué se esconde tras la cifra?
R.- No se debe medir todo con cifras. Lo cualitativo es importante.  Leí una vez que 100 muertes es una estadística; 10, una tragedia; y una muerte con nombre y apellidos un dolor insuperable. Lo viví en la pandemia hasta que la persona que aumentó la cifra fue mi amiga Conchita. Si fuésemos capaces de humanizar la sociedad y las organizaciones y pusiéramos a la persona en el lugar que corresponde, las cosas serían muy distintas.

P.- ¿De quién depende?
R.- Esto es tarea de cada uno, no de los gobiernos. Esto está en el modo en que tratamos a las personas cercanas, en el respeto, en la justicia, en la caridad…

Ángela Callejón: Los hijos ven todo, mucho más de lo que uno cree

P.- Ahora codiriges la Cátedra de Economía y Finanzas sostenible. ¿Cómo trabajáis y para qué?
R.- Siempre en equipo. La humanización de las organizaciones es la mejor contribución a la sostenibilidad. Desde esta Cátedra, en colaboración con la Humanistic Managment Association orientamos la investigación hacia esto precisamente, que la persona sea el centro.

P.- ¿Cómo se diría en términos empresariales?
R.- El principal stakeholder de la empresa no es solo su personal, sino también su familia. El desarrollo sostenible es aquel capaz de satisfacer las necesidades presentes sin poner en riesgo las satisfacciones futuras. Ahora el riesgo es la viabilidad de la familia, la base de la sociedad. 

P.- También muy en la línea del Foro Internacional Mujer y Sociedad Málaga.
R.-  Efectivamente; el Foro nace con vocación de servicio a la sociedad, ofreciendo a las mujeres la formación necesaria para desarrollar su talento desde una visión humanista enriquecida por una perspectiva femenina. Es mucho lo que la mujer puede aportar a la sociedad desde su familia y su trabajo profesional.

P.- Sin embargo la conciliación brilla por su ausencia.
R.- La realidad familiar ha cambiado y su logística ha de adaptarse. Hay que hacer malabares para sacar adelante la familia en el contexto actual. Pero más que hablar de conciliación yo prefiero hablar de integración, porque de lo que se trata es de dar unidad al proyecto profesional y personal de vida, equilibrarlos. Si los enfrentamos, perdemos.

P.- ¿Por qué?
R.- Familia y trabajo son dimensiones esenciales de la persona que deben procurar enriquecerse mutuamente. Son los dos ámbitos naturales donde la persona crece. La familia aporta a la persona una estabilidad emocional que revierte positivamente en el trabajo profesional. Muchas empresas en Estados Unidos prefieren directivas mujeres y madres de familia porque gestionan muy bien el tiempo, los conflictos, las personas, los recursos económico…, tal cual es lo que viven en su casa.

Ángela Callejon: El gusto por las cosas bien hechas

P.- El barómetro 2021 publicado por la Fundación Family Watch coloca a la familia en el cuarto lugar como prioridad en los menores de 45 años por detrás de viajar, formarse o progresar en su trabajo, pero sin embargo los mismos encuestados reconocen que la familia es la institución más importante. ¿Por qué?
R.- La sociedad actual vive rápido y tiende al individualismo. Todos soñamos con un proyecto profesional, y al llegar la familia parece entorpecer el logro de nuestro sueño. La familia es sin duda, la mejor inversión. ¿Requiere esfuerzo y entrega? Sí, pero en la vida todo lo que vale cuesta y lo que más vale más cuesta. Hay que educar en este sentido y también en el sentido positivo de que sufrir no es terrible, lo terrible es no saber sufrir.

P.- ¿Cómo se sufre bien?
R.- Se sufre bien cuando en la vida tienes un “para qué”, un motivo superior por el que hacer algo. ¿Qué mueve el corazón de una madre? El amor a su hijo. Su dedicación, su cuidado, su entrega, su educación… todo para que su hijo sea feliz. Por eso no le pesa. Se da y punto; y es feliz, porque nada nos hace más felices que ver felices a quienes queremos.

Ángela Callejon: La felicidad va intrínseca al ser humano

P.- ¿Da miedo el compromiso?
R.- Sí, mucho. No queremos comprometernos con nada y eso es generalmente por inseguridad. Amar con condiciones no es amar. ¿Hasta cuándo amamos? Hasta que llegue otro que está mejor que tú, hasta que llegue una ruina? Hay que procurar que te brillen los ojos en el día a día y para eso hay que poner mucho de nuestra parte. Por eso es importante ser amable, facilitar que nos quieran. Que nuestros gestos y nuestra actitud facilite y no sea impedimento. Cuidemos el amor. Leí en una ocasión que para que un matrimonio funcione, uno de los dos tiene que ser tonto, y para que un matrimonio sea feliz, los dos tienen que ser muy tontos. 

P.- ¿Cuál es el principal problema al que se enfrenta la familia hoy?
R.-  Creo que el principal problema es el afectivo; hay mucho dolor detrás de cada ruptura familiar. El drama de estos niños es que ellos se cuestionan si son culpables e incluso si son queridos. Lo que más agradecen los niños es la estabilidad familiar, que sus padres se quieran. Los asuntos económicos también generan muchos problemas. Una buena educación financiera a todos los niveles sociales ayudaría al equilibrio económico de las familias y evitaría muchos problemas.

P.- ¿Hasta qué punto es importante el apoyo externo en la familia?
R.- No se puede dejar a la familia a su amor porque es la base de la sociedad. Rota la familia, rota la sociedad. Y desde este reconocimiento debe recibir el apoyo institucional necesario para garantizar su viabilidad. Son cada vez más las familias monoparentales con uno o más hijos a su cargo, y de entre ellas, más del 80% están a cargo de mujeres. Si solo un progenitor ha de sacar la familia adelante y además trabajar fuera para tener ingresos, es necesario contar con ayudas sociales.

P.- Me hablas de cultura financiera como base de la familia, y por tanto de la sociedad.
R.- ¡Claro! Como no hay cultura financiera la gente sin saber dice, y sin saber cree. Hay que dar espacio al espíritu crítico. Yo les digo a mis alumnos “No creáis una palabra de los que os diga”. Hay que educar en libertad y no adoctrinar. Pero el cómo emplee otro su libertad nos da miedo y a veces los educadores no queremos asumir esa responsabilidad. ¿Qué hace un buen profesor?

P.- Cogerte manía.
R.- (risas) ¡Y a la inversa! Vamos con demasiados prejuicios por la vida. Qué injusto es cuando yo entro por primera vez en clase, y pienso: “Mis alumnos saben cómo soy”. Cuánto nos habremos equivocado por lo que nos dicen de alguien que después no resulta ser así. Nos precipitamos en el juicio y no siempre para bien.

P.- ¿Qué hace un buen profesor?, dímelo tú.
R.- Quizás deberíamos replantearnos muchos contenidos. Ofrecemos una formación más dirigida a las finanzas y a la dirección de empresas, pero dejamos poco espacio para la reflexión intelectual y el cultivo del espíritu crítico. Un profesional de la economía debe estar bien formado para ofrecer soluciones a los problemas del entorno y trabajar en servicio del progreso económico y social. Y cuando no se conoce la realidad, no se sabe hacia dónde remar y terminamos trabajando para nuestro interés particular. Es mejor aportar que juzgar.

P.- ¿Cómo se evita el prejuicio?
R.- Estudiando más –para conocer la verdad- y hablando menos –evitando el juicio negativo de nadie-.  Nunca hablemos mal de la gente. Siempre hay que hablar en positivo. Si nos cuesta admitir a otras personas, es porque hemos puesto empeño en no hacerlo. Hay que saber disculpar y comprender. Esa es la caridad. De la misma manera, a las personas hay que decirles sus cosas buenas, y también que las queremos. Con regularidad y naturalidad.

Ángela Callejón: Las nuevas tecnologías alejan a los que están cerca

P.- ¿Le quitamos felicidad a los hijos  con ese que “mi hijo tenga lo que yo no tuve”?
R.- Si te refieres a lo material, sí. Tenemos principalmente inteligencia y voluntad, ambas están dañadas porque no somos perfectos, pero la voluntad está mucho mas dañada que la inteligencia: esta nos permite diferenciar entre el bien y el mal. El problema surge cuando sabiendo lo que está bien no lo hacemos por el esfuerzo que nos supone o por la razón que sea.

Hay un estudio de la Universidad de Valencia que pone esto de manifiesto que el afán de los padres en conseguir todo lo material que ellos mismos no pudieron tener es una forma de callar la conciencia cuando lo que quieren los hijos es a ellos mismos, a los padres.

P.- La conciencia pesa.
R.- Con el paso de los años uno se va dando cuenta de que lo que de verdad pesa y cuenta en la vida es la familia. Por eso debe ir de la mano lo personal y lo profesional. Hay que llenar esos dos espacios de la vida. Así es como se enriquece. Los hijos nos ayudan a crecer en valores, nos ayudan a descubrir la grandeza de las personas por el simple hecho de serlo.  Eso lo hace el amor. Lo sabemos, pero nos cuesta vivirlo.

P.- El amor sin descanso no es amor.
R.- Descansar es una obra de caridad con los demás. Ahí las mujeres tenemos una asignatura pendiente. Dormir es importante y necesario, es un misterio; pero descansar  es cambiar de actividad y hay que aprender a hacerlo en familia, en pareja, con amigos.  A mí no me preocupan las parejas que discuten, ¡me preocupan las que se aburren!

Ángela Callejón: Nadie da lo que no tiene

P.- El aburrimiento trae mucho malo.
R.- Cuando unos amigos salen tienen que reírse y divertirse juntos. Tú tienes que llegar a tu casa oxigenada. Porque para salir de casa y hablar de cómo está el covid, el Gobierno, la crisis y el paro, eso te irrita muchísimo y encima te has gastado un dinero en cenar… Así que llegas a casa con más problemas de los que saliste (risas) hay que aprender a divertirse. El sentido del humor es fundamental. Pocas cosas hay serias de verdad.

P.- ¿Cual es la clave del éxito?
R.- Una buena organización. Priorizar y delegar. Hay tareas que sí lo son pero el rol de padre o madre, de esposo o esposa, ese es indelegable. Si no estás tú ese espacio no se puede llenar. Cuando uno se plantea una propuesta vital, dentro de cada etapa de tu vida las prioridades y las necesidades cambian. Cuando tus hijos son pequeños suele coincidir con el momento de crecimiento profesional y podemos caer en la tentación de elegir, pero hay que integrar. Se está en la edad de todo.

P.- Tú integraste Dublín. ¿Cómo fue?
R.- Muy duro, para mí lo fue verdaderamente. Mis 4 hijos tenían entre 5 y 13 años. Fuimos de junio a diciembre para que ellos no perdieran el curso y recuerdo que el último mes nos cayó una nevada histórica. Se cancelaron todos los vuelos y estábamos incomunicados. Abrieron el tráfico aéreo unas pocas horas y fue en uno de esos 3 aviones que salieron aquel 22 de diciembre en el que regresamos a casa. 

P.- Una huida en toda regla.
R.- Tal cual; por eso volvimos. Yo tenía que superar aquello (risas). A pesar de todo, regresamos otros 6 meses. Yo lo sigo recordando como un tiempo muy sacrificado, pero mereció la pena. Mis hijos así lo guardan en su memoria, deseando volver a vivir la experiencia. 

P.- ¿Por qué la mujer se siente mal cuando está en la edad de todo?
R.- Porque aun buscando el equilibrio familiar y profesional, la mujer generalmente antepone su familia, mientras que el hombre prioriza el trabajo. La mujer tiene un don especial para el cuidado de las personas y para dar unidad a la familia, tiene esa  doble capacidad de estar en el trabajo y a la vez pensando que se ha dejado al niño con fiebre en casa, y eso nos genera mucho estrés.

P.- No es fácil.
R.- En absoluto. Hay que responder de las decisiones. En la vida no hay premio ni castigo sino consecuencias. Y pasa que nos gusta decidir pero no tanto, asumir las consecuencias.

P.- Yo no renuncio.
R.- Hay que ser realista. Si tu sueño es trabajar en la NASA y quieres vivir en Málaga tienes que renunciar a una de las dos cosas. Elegir es la clave de la vida. No podemos estar con la mano en el yugo y mirando para atrás porque vamos a ser unos desgraciados siempre. A veces buscamos el éxito exterior, pero donde está la felicidad es en el interior.

P.- ¿Cómo lo identificamos?
R.- Cuando empiezas a pensar en los demás es cuando de verdad te llega la felicidad. Mira la Madre Teresa de Calcuta. Las madres son felices con sus hijos porque dejan de mirarse a ellas mismas para mirar a sus hijos. Hay que saber poner las cosas en su sitio. Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a UNO mismo. Si yo estoy bien, sé disfrutar y descansar, me daré mucho mejor a los demás en este momento. Un Carpe Diem bien entendido. El orden es ese, tenemos que estar muy llenas porque de lo que rebosa el corazón, habla la boca.

P.- ¿Cómo se toma el café Ángela Callejón?
R.- Me encanta el café. Si es bueno me gusta tomarlo solo, pero en el día a día, con leche, un mitad. 

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400 días

Se cumplen hoy 400 días desde que se anunciara aquel primer Estado de alarma. Y durante todo este tiempo nos ha tocado despedirnos muchas veces y no solo de personas. En todo este tiempo han sido apartadas otras muchas enfermedades mucho más letales que la infección que nos ha cerrado el negocio y la boca, pero no los ojos.

Hoy quiero abrirlos con esperanza y reflexión pausada. Hay enfermedades que hemos tardado años en llamarla por su nombre. Cáncer. Se llama y dice cáncer, no una larga enfermedad como hemos leído y oído miles de veces. El cáncer nos ha tocado y nos toca a todos de cerca. Sin importar la edad: desde los dos años hasta los más de 70. Llega de forma fulminante y si no hay detección precoz ni tratamiento adecuado, la losa que se nos cae encima es demasiado pesada.

No me gusta llegar al café de media mañana con la cantidad de positivos y fallecidos por Covid que se nos dan a diario. Sin embargo, se agradece que solo lo hagan con una sola patología. Si el listado fuese de diagnósticos de cáncer, depresión y suicidios, ya nos habríamos tirado todos por la Peña de los Enamorados.

Tras cada una de las cifras se esconde una persona con miedo a sufrir, al dolor de su familia, a la incertidumbre de cuánto más. Pero aquí solo nos entendemos con números y son abrumadores:  en 2020 murieron 8 millones de personas por cáncer en todo el mundo.  De covid19 desde que empezó la pandemia (más de un año) tres millones de personas.  Todos estamos cansados del Covid19 y lo poco que sabemos y se vuelve a hablar del cáncer. Una enfermedad que según los últimos estudios padecerán una de cada 3 personas. Ahí es nada.

Decía Santa Teresa que la imaginación es la loca de la casa. Quizá termine un poco así porque no paro de imaginar a cada una de esos sufrientes y su familia.

La sobreinformación nos anestesia el cerebro. Fusila impulsos inocentes de libertad como salir a ver a tus padres y abrazarles; porque hoy los tienes contigo, mañana quien sabe. Por eso, vive, reza, abraza y besa a quien quieres cuanto puedas. Porque lo que es seguro es que el amor es lo único que nos hace libres.

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Sin miedo

Que levante la mano quien no haya tenido una mala noche desde que comenzó la pandemia del Covid-19. Si ya en 2018 casi un 50 por ciento de la población española tenía trastornos del sueño, la pandemia ha disparado el número de casos, así como el de otras patologías nerviosas. Los TOC (trastornos obsesivo compulsivo) copan las consultas de psicólogos y psiquiatras desde marzo de 2020 y la estabilidad y salud mental de los ciudadanos está sufriendo una grave alteración que no se está cuidando ni teniendo en cuenta.

A quienes vivimos cerca del mar nos gusta buscar un rato de (des-)conexión respirando brisa marina. El ruido de las olas nos recuerda que somos viento que sopla y capaz de transformar cuanto nos rodea. El mar también nos alerta de que es fácil hundirse, pero es nuestro deber y derecho salir a flote.

A pesar del contexto, de la salud o la falta de ella. A pesar de las personas y de su tormenta de acciones y emociones que más veces de las que quisieran nos lastiman y nos hieren casi de muerte. Y solo entonces recordamos que vinimos para irnos. Ese abrazo que da la vida esperando la muerte que también es vida te grita que solo de ti depende el surco que hayas dejado. Recorreremos un camino con muchas piedras que nadie debe quitarlas de ahí, sino aprender a ver cómo a su alrededor crecen pequeñas flores. Porque también hay alegría, belleza y esperanza en la adversidad y el dolor.

La muerte es inevitable. Por eso vive como si fueras a recibir esta inoportuna visita en cualquier momento. Sal al encuentro de la vida. Busca ese atardecer que te llena el alma, oler a pinos o biznagas. Disfruta de esa sonrisa, esa mirada, esa mano que te acaricia.

Despierta con la certeza de la gracia con la que has nacido y multiplica tus dones. Repasa tus días de forma que brille más tu luz que tus tinieblas. Ama y solo así, vive. Sin miedo, como niños. Haciendo de tu mar, un cielo.

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La vida sale

Si antes hablaba de las palomitas y el bochornoso espectáculo de nuestros políticos, antes se suceden una serie de acontecimientos que son más propios de un mal guión de tv movie que de mi querida España. Pero viendo que el pueblo solo quiere pan y circo, pues eso. A seguir capturando nuevos gladiadores a los que lanzar a los leones. Esa es la mejor manera de  olvidarse que quien de verdad se muere de hambre es aquel que grita desde la grada.

Esta semana se ha celebrado la muerte, que dicho así, choca. Pero como es digna, ya sí se permite la algarabía. Y pasa que los que tenemos la mala, pero necesaria, costumbre de pensar, nos formulamos preguntas de todo tipo. Si una persona que no decide morir ante el padecimiento y el dolor, ¿muere de forma indigna? ¿Vive de forma indigna también? Y si se aliviara el dolor o el sufrimiento de aquel que busca la muerte, ¿querría morir? ¿Querría si no sintiera que es una carga para su familia? ¿Y si no estuviera solo, querría morir?

Me consta que ver sufrir a quien quieres te destroza. Es muy duro. Nadie quiere sufrir y el dolor y la muerte da miedo. Pero sobre todo a lo que tenemos miedo es a la soledad. Otro drama contemporáneo. En Japón y Alemania se han creado ministerios expresamente para tratar este problema que aquí lo tenemos encima de la mesa. Una situación que se da más de lo que vemos y no solo en los mayores. En España, el 31 por ciento de los jóvenes menores de 30 años se sienten solos, según un informe de la Universidad de Comillas.

¿No te ha pasado ver en un bar a dos o tres personas en la misma mesa mirando su móvil? Rodeados de familia o amigos y tan solos. Cada uno en su mundo irreal a través de una pantalla. ¿Desde cuándo dejamos de mirarnos a los ojos? En la era más hiperconectada vivimos más aislados que nunca. Con las conexiones emocionales rotas y alteradas.

Ante la falta de recursos y en una sociedad como la nuestra tan independiente, relativa e individualizada, el sacrificio por los demás está demodé. Gran parte de nuestro tiempo lo empleamos en activos que den una rentabilidad física o económica. Para estar más guapa, más musculoso, con más pelo, con menos vello, más rico, con esa casa tan bonita… Lo demás es una perdida de tiempo.

Así lo han entendido los que mueven los hilos. No merece la pena que se destinen recursos a cuidarnos ni acompañarnos. En estos momentos precisamente aprueban la ley de eutanasia que la sociedad está sufriendo mucho. ¿No hubiera sido más urgente buscar aliviar el dolor? ¿Acompañar y cuidar al que padece? Sobre todo en medio de una pandemia con tanto sufrimiento, mala salud mental y mucha soledad no deseada.

Ahora deberíamos hacer como aquel que canta José Merce en La vida sale. Cuando nos pidan transitar calles oscuras que suponen un peligro auténtico para nuestra integridad física, mental o moral, deberíamos decir con arte que no. Que ya lo intentamos con buena voluntad pero ahí se quede usted en su tiniebla.

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