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Nadie se salva solo

En la quietud de la noche es más fácil encontrarse con uno mismo. Sin notificaciones ni alarmas. Solos el silencio y tú. Si cierras los ojos y te guías por tus pensamientos sucede que eres capaz de encontrarte.

Familiares y amigos me pedían reflexiones diarias sobre esta situación o propuestas motivadoras para llevar lo mejor posible este encierro solidario y preventivo. Y aquí empiezo el primero rindiendo homenaje a todas las personas que se sienten o están solas.

La soledad de forma involuntaria quizá sea la más dolorosa de todas. Imaginad por un momento el sonido de un segundero que parece atrancado y no avanza. Una casa con muebles antiguos y puertas oscuras que dejan pasar la luz a través de un cristal amarillo. Allí, en el alféizar de la ventana del salón reposan unas manos cansadas y arrugadas. Manos que desean ser estrechadas y acariciadas. Ladea su cabeza hacia atrás y los ojos se inclinan mirando el teléfono, pero no suena.

Nadie llama a la puerta, así que hace lo de todas las mañanas: mirar por la ventana ver la gente pasar con sus vidas, ver la vida pasar con sus gentes. Pero ya no. Hace días que la calle está desierta. ¿Dónde están los chiquillos, ya no juegan en la calle? ¿Y la vecina del bloque color albero? Siempre con prisas cruzando la calle de punta a punta cargada de vestidos y arreglos para la modista. Los coches ya no se aglutinan en hora punta en la rotonda de allá arriba para volver a casa. El silencio se ha adueñado de la ciudad. La vida parece haberse parado de nuevo. Ahora por completo.

En España casi 5 millones de personas viven solas; y el 25 por ciento de ellas tienen más de 65 años. Sin embargo, ha tenido que venir esta terrible pandemia para decirnos a todos que no estamos solos. Que nos tenemos unos a otros. Solo debemos pedir ayuda y querer darla.

Desde hace 15 días, muchas personas han vuelto a la vida. Valorando la familia y la amistad, obligados a parar el reloj excepto cuando dan las 8. Haciéndose voluntario para acompañar y atender a tantas personas solas y desatendidas. «La falta de salud nos iguala», dice siempre mi admirado Dr. César Ramírez. Ahora somos todos uno y volvemos a remar juntos en la misma dirección sin mirar escudos ni colores, solo la vida.

A estas horas vuelvo a oír en mi interior las palabras del Papa Francisco en la bendición Urbi et Orbe desde una insólita imagen de la plaza de San Pedro: «Nadie se salva solo».