1

Pilar Méndez: “Si el Señor nos pone en un sitio es porque somos capaces de llevar a cabo nuestra misión”

Pilar Méndez es de esas mujeres que te atrapan con su sonrisa sincera. En sus ojos se ve la generosidad de su alma, y no duda en abrir de par en par las puertas de su casa y de su corazón para compartir todo lo bonito que tiene dentro. La segunda de 5 hermanas, Pilar Méndez vive su vida con vocación de servicio a los demás y su familia. Se le ilumina la cara al hablar de los niños de sus hermanas y de cada oportunidad que tenemos las personas para querernos y servirnos unos a otros. 

Gracias Pili Méndez por iluminar este café y recordarnos que la esperanza no solo no es lo último que se pierde, sino que es lo que verdaderamente nunca debemos perder.

Pilar Méndez: Escuchar en el silencio

P.- ¿Cómo te encuentras con Misioneros de la Esperanza, con MIES?
R.- Acababa de terminar una relación de 4 años y una amiga me decía que a mí lo que me hacía falta era salir y entrar. Sinceramente, eso era lo último que me apetecía. Pero ella insistió en salir ese viernes, solo que antes tenía una reunión y prometió recogerme en cuanto acabara. Pero a mí eso de salir de casa a las tantas de la noche como que no. 

P.- ¿Y te fuiste con ella a la reunión?
R.- Está claro. Además ella me aseguró que me iba a gustar. ¿Por qué no creer a mi amiga. Y la reunión resultó ser de un grupo de jóvenes de la parroquia San Francisco Javier, cuya catequista pertenecía a Misioneros de la Esperanza (Mies).

P.- ¿Qué pasó?
R.- Claro, como yo no me puedo estar callada, pues intervine en aquel encuentro. Eso provocó que al salir de allí la catequista quisiera saber de mí.

P.- ¿Qué te dijo?
R.- Le impresionó no solo lo que dije sino cómo lo dije. Notaba que yo traía mucha formación cristiana. “¿Tú de dónde vienes?”, me dijo. Le contesté que desde que tenía 6 años he cultivado mi vida de fe interior con el Opus Dei. 

P.- ¿Aquella conversación lo cambia todo?
R.- Radicalmente. Empiezo muy rápido en MIES, en poco tiempo empiezo el aspirantazgo, me vinculo a mies y comienza la historia de mi vida. Y justo este 23 de abril hace 5 años que hice mi Consagración por promesas, aunque yo no soy religiosa. Fue muy especial porque en aquello, que coincidió con mi 50 aniversario, estuvo un sacerdote chadiano que me ayudó mucho en  la misión. Más providencia que casualidad

P.-  ¿Nunca habías tenido vocación de misionera?
R.- Como tal no fui consciente, aunque con 17 años me fui a la Iglesia de San Pedro y le dije al párroco que yo quería irme a algún sitio. Recuerdo su respuesta porque aunque me resultó algo antipática fue la más acertada: “Tú donde te tienes que ir es a tu casa y terminar tus estudios” (risas).

P.- Más claro, agua.
R.- Totalmente, y eso hice. Pero mira, 10 años después me encuentro esto, y me meten en la comisión de misiones sin haberlo pedido. Estaba para mí cuando fuese el momento adecuado.

P.- La palabra misionera hoy en día nos puede quedar muy lejos, una vocación que hay que saber verla. ¿Qué es ser misionera?
R.- Yo escuchaba la palabra misionera y me pasaba un poco así, que sentía que eso era algo muy lejano, de personas muy especiales, valientes capaces de dejarlo todo e irse a otro país, a otra realidad distinta a uno. 

P.- ¿Qué sentiste cuando te tocó a ti?
R.- Como una llamada de Dios. Y es que eso es la vocación, una llamada para ti que la sientes en el corazón y debes ir a por ella. Antes de aceptar una vocación, la tienes que oír.

P.- ¿Eso cómo se hace?
R.- Escuchar al Señor es mucha vida interior. Mucho tiempo delante del Sagrario. Porque en tu vida cotidiana el ruido te absorbe. Y estoy hablando de hace más de 20 años. Ahora hay que hacer mucho más por estar en silencio y a solas. Tú y Él. 

P.- No parece fácil.
R.- En absoluto. Es muy difícil escuchar esas voces. Antes había menos ruido, no había redes, ni móvil. El mundo y el consumismo te llevaba menos; pero sí es verdad que si tú quieres, cuando de verdad te pones delante de un Sagrario, ahí no importa lo que haya fuera. Sois El y tú.

P.- Entiendo que eso es un camino paso a paso.
R.- Yo venía de mi vida de fe que la fui trabajando y edificando en mi colegio, además de mi apoyo a la catequesis en mi parroquia. Sin embargo, recuerdo que me enfrenté a mi primer ejercicio como Misionera sin verme capaz de hacerlo.

P.- ¿En qué consistía?
R.- Cinco días sin hablar (risas).

P.- Pero bueno, ¿en serio fuiste capaz?
R.-  (Risas) Pues fíjate. Yo solo pensaba que no iba a poder estar callada. La primera noche nos encontramos todos y cuando acabó la cena empezamos el retiro de silencio. Claro, cuando te levantas por la mañana y ves que todo el mundo hace un saludo con la cabeza manteniendo el silencio, pues como que te vas metiendo. Es verdad que la gente se llevaba música pero yo soy de poca melodía.

P.- ¿Qué hacías tú?
R.- Me ponía delante del sagrario y al final te atrapa. Y allí sentada en ese silencio, escuchas. Son días que tú le dedicas a tu vida interior, a encontrar la paz que muchas veces necesitamos. ¿Quién no tiene alguien que dice “Yo me iría al caribe a relajarme”?; pues muchas veces no hay que irse tan lejos. Con encontrar un sitio donde encuentres tu propia paz, basta.

P.- ¿Sueles viajar?
R.- Por turismo no porque pienso si realmente merece la pena; si esos recursos los puedo volcar aquí que también hay tanta necesidad, y más aún con la pandemia.

Pilar Méndez: Ecuador como punto de partida

P.- ¿Cuál fue tu primera misión?
R.- Fue en Manta, Ecuador. Yo nunca había dejado a mi familia, había viajado poco. Cuando me lo encomendaron lo hablé con mi familia, pues tenemos un negocio familiar. Y no había problema alguno. Llego allí después de tantas horas en avión y me doy cuenta que eso de ir allí tampoco es de tan valientes, estaba yo allí.

P.- ¿Cómo recuerdas Manta?
R.- Tuve suerte, al ser una ciudad costera lo identificaba con Málaga porque cuando me agobiaba me iba al malecón, al mar y respiraba vida. Era como volver a mi ciudad, me sentía en casa. Por eso esta misión era más relajada. No solo el mar, también la gente nos respondía.

P.- ¿Tuviste algún momento duro en Ecuador?
R.- Yo me opero allí la rodilla porque ya tenía una lesión y allí se me termina de fastidiar. Había una mamá que lo primero que hacía por la mañana era venir a mi casa e incluso me lavaba la ropa. Ella decía que era una cosa normal, ¡pero sin lavadora ni ningún aparato!

P.- Entonces muy normal no era.
R.- Totalmente. Lavar a mano la ropita interior pues bueno, pero allí hasta las sábanas, ¡todo! ¿Cómo te imaginas esa situación? Esa mamá venía a primera hora y se encargaba de mí y de mi casa. Y su casa luego, casi nada.

P.- Qué generosidad.
R.- La vida en Ecuador era con un profundo sentimiento religioso y esto te ayudaba a ti. Ellos se volcaban porque sabían que quien más había renunciado para estar allí éramos nosotros, los misioneros. Una entrega sin medida.

P.- ¿Cómo?
R.- Cuando llegaba allí a casa de alguno de ellos a llevarles la comunión, gente que no tenía qué comer te recibían con arroz con pollo o con pescado. Y me decían que no podía rechazarlo. Pero, es que yo les llevaba la Sagrada Forma a primera hora de la mañana, y era incapaz de comer ese tipo de plato tan temprano. 

P.- ¿Te lo llevabas?
R.- Sí, lo contrario era hacerle un feo muy grande. Y fíjate que muchas veces me daban su ración de comida del día. Los niños de mi barrio, cuando me iba a algún sitio de estos, me esperaban sentados en la puerta de mi casa. Y yo al volver les repartía la ración que me habían dado entre todos. La comida nunca llegaba a mi casa.

P.- Qué impacto.
R.- Lo más impactante fue una vez que uno de los chiquillos se guardó en una servilleta su parte del arroz. Y yo le decía: “Pero bueno, si es para que te lo comas, venga”; y el me dijo: “No, esto lo guardo para mi mamá que pueda comer algo hoy”. 

P.- ¿Cómo te quedaste en ese momento?
R.- Esto te destroza, te parte el alma. Porque cuando te crees que estás siendo generosa o que estás haciendo algo bueno, ves que no, que hay un punto más del que aún estamos lejos. 

P.- Qué gente más bonita.
R.- Es un pueblo realmente maravilloso y entregado hacia el bien común y el semejante. En Ecuador estuve 5 años. Los tres primeros años no vine, hasta que tuve 3 meses de vacaciones en los que me plantearon renovar por dos años más. Y eso hice, volver. Y esta vez mis padres vinieron a verme.

P.- Te haría mucha ilusión.
R.- Muchísima.

P.- ¿Qué te dijeron tus padres?
R.- Que venían pero que en mi casa no se quedaban (risas). Y muy bien que hicieron porque quien hizo una promesa de pobreza fui yo, no ellos. Así que les busqué alojamiento en el único hotel que había: “El Oro Verde”, pero también les avisé que aquello no era como España, y las carreteras, tampoco. 

P.- Tendrían mil y una anécdotas.
R.- Sí, de todo tipo. Para llegar por esos caminos perdidos en camioneta, por unas carreteras espantosas, hasta aquella en que me dijeron: “Ay Pilita, que amable es la muchacha que nos hace la habitación” Y yo que me lo olía: “Papá, ¿qué propina le estáis dando?”. Y recuerdo: “Hija, una miseria, 5 dólares.

P.- ¿Cuánto era eso?
R.- Pues tres sueldos, para que no tuvieran a mis padres en palmito (risas). 

P.- ¿Qué te dijeron tus padres cuando vieron tu casa?
R.- Mi padre después de abrir esa nevera vacía y ver mi casa se puso muy triste: “Me entran ganas de llorar. ¿Tú sabes a todo lo que estás renunciando? Porque somos cristianos y sabemos a lo que venimos, pero también es muy duro ver que tu propia hija lo ha dejado todo, teniendo acceso a ello, por esto. ¿Tú eso lo entiendes?”

P.- ¿Lo entendías?
R.- Al final te adaptas y yo no sentía nada como perdida. Es cierto que  la nevera era de butano, no enfriaba y los alimentos se perdían. No tenía tele, con lo que a mí me gustaba. Me la compraron mis padres; y bueno; al final te haces al cuerpo. Me costó más volver a España y adaptarme a tenerlo todo.

Pilar Méndez: Vuelta a casa

P.- ¿Cómo fue tu regreso?
R.- Fue duro sobre todo por aceptarme, no a mí misma, sino a esa realidad que yo estaba teniendo.  Cuando regreso y veo que gran parte de mis compañeros se casan y forman familia, yo empiezo a darme cuenta que ya para mí esa opción se complica. Pasa mucho tiempo en el que esa pregunta, “el por qué”, me ronda la cabeza. Pero Dios me quería así, con mi vida dedicada a mi propia familia, no como yo me imaginaba con marido e hijos, pero sí la tengo. Mi vocación es estar en el mundo, la sigo teniendo.

P.- ¿Qué hiciste en Aldeas Infantiles?
R.- Estuve en Granada y me dediqué a estar dentro de casas de acogida para niños y familias. Pero en un fin de semana libre que volví a casa, mi padre falleció. Le falló el corazón de pronto. Así que aquello me hizo plantearme que debía volver a casa. Aunque la insistencia de mi familia retrasó un par de meses mi regreso.

P.- Esa entrega para cuidar de unos padres.
R.- Yo me planteo siempre si somos conscientes que estamos aquí para cuidar de nuestros padres porque ya ellos cuidaron de nosotros cuando éramos niños. Yo se lo digo a mis hermanas, que porque estoy y voy con ella, y lo hago con mucho gusto. Pero todo hijo tiene que cuidar a su padre y a su madre. El confinamiento lo que más pena me ha dado ha sido tantos y tantos mayores solos.

Pilar Méndez: Afrontar lo imposible

P.- ¿Cómo surge la misión en Chad?
R.- Pasado diez años de mi misión en Ecuador y ya solo con mi madre se empieza a hablar en MIES que necesitan un matrimonio que hable francés para ir a Chad. Por lo tanto, como yo ni estaba casada y no sabía ni papa de francés, pues conmigo no iba la cosa.

P.- Si se buscaba un matrimonio que hablara francés y tú no cumples ningún requisito, ¿cómo concurres?
R.- Un 8 de enero voy a hablar con mi director espiritual, Andrés, por entonces Responsable sacerdote de Mies, y era el párroco de Santa Ana y San Joaquín. Saludamos al Señor y cuando nos vamos a sentar me dice: “¿Te quieres ir a Chad?” Y en ese momento me pongo a llorar y a gritar como una energúmena: “¿Por qué me dices esto?” Y él se me queda mirando y me dice “No lo sé”.

P.- Tú no entendías porqué se había fijado en ti.
R.- El me repetía que no tenía ni idea que me lo iba a decir, que fue por ese rato de oración. Y recuerdo aquella tarde como horas de nervios, de desesperanza. Entonces concretamos que si el Obispo de El Chad, que por cierto era maño y se llamaba Miguel Ángel, daba luz verde a que fuese a la misión una mujer de 48 años, soltera y que no tenía ni idea de francés; me lo pensaría. 

P.- ¿Qué pensabas tú de todo esto?
R.- Ahí mi mente se colapsó. Porque si el inglés para mí era imposible, ya del francés ni hablamos. Y mi madre, ¿qué iba a pasar con mi madre? Que yo me iba a África, que no era Granada.

P.- ¿Llorabas por ella?
R.- No lo supe entonces y tampoco ahora. Llegué a mi casa con los ojos, imagínate después de 3 horas llorando (risas). Yo tenía que hablar con mi hermana Susana, que sabía me cogería el teléfono para que me ayudara y poder desahogarme. Pero en ese momento no me podía atender, así que en ese plan llegué a casa de mi madre con la propuesta que me habían hecho y sin habérselo dicho aún a ninguna persona de mi entorno.

P.- ¿Estaba solo tu madre?
R.- No, esa tarde yo cuidaba de mi sobrino Luis. Entro en casa y evito ir al encuentro de mi madre. Me excuso en preparar la merienda del niño. Y le cuento a él en primicia que me han propuesto irme a Chad y que no lo tengo claro. Y no te crees lo que me dijo ese niño que en aquel momento tendría 11 años.

P.- Dime.
R.- “¿Es lo que Dios quiere de ti?” Y me lo dijo mirándome con esos ojos azules…

P.- Mucha profundidad en sus palabras.
R.-  Muchísima. Pero empezaba a verlo más claro, lo único insalvable ya para mí era el idioma. Y el niño, muy sereno, me dijo:“Eso se aprende”. Me quedé planchá’.

P.- ¿Dejaste de llorar?
R.- La verdad es que no (risas). Ya se lo dije a mi madre y como ella me veía así me decía con mucho arte: “Si quieres yo digo que estoy mayor”. Pero algo dentro de mí decía que no. Todo esto ocurre en enero, y en mayo de ese año, el mismo día que me fui a Ecuador, me fui a Chad.

Pilar Méndez: Llorar en un año por toda la vida

P.- ¿En qué consistía aquella misión?
R.- Era un orfanato con 50 niños y yo hice la labor que hace una madre: que se asearan, desayunaran, que no se escaparan, que fueran al colegio y fuesen responsables; pero también las funciones de una coordinadora, directora. Y todo eso sin saber hablar francés, el idioma que se usaba para comunicarnos.

P.- Todo un reto.
R.- Imagínate esos niños que pensarían de mí, una mujer mayor, que no paraba de echarse agua por ese calor insoportable y con las piernas hinchadas. Recuerdo sentarme en el escalón de la casa ante la nada y ver venir a los niños. Y de pronto estos pequeños empezaban a masajearme los pies para darme alivio.

P.- ¿Qué sentías en el día a día?
R.- Para mí era terror que se dirigieran a mí porque aunque yo estudiaba y apuntaba todo, no era capaz de hablar. Estuve 7 meses rodeada de gente pero sola y abatida. Allí lloré todo lo que tenía que llorar, porque en los 5 años que hace que regresé no he vuelto a echar una lágrima, y he tenido muchas ocasiones para hacerlo.

P.- ¿Cómo aguantaste?
R.- Cada mañana, a oscuras y en silencio, me ponía delante del Señor. Cuando me levantaba no había luz porque la habíamos ya consumido toda la que conseguíamos a través de las placas solares. Yo iba con mi linterna a la capilla para estar ante el Señor. “La Virgen africana” fue la que me salvó. Yo me encomendaba a ella en tantos y tantos momentos muy malos. 

P.- ¿Qué fue lo peor?
R.- Allí ser mujer, y además tan blanca y que no sabía el idioma era un foco terrible. A eso se añade que quien me hacía de traductor por así decirlo y me enseñaba el idioma se le muere la madre y se tiene que ir. Me quedo completamente en la nada. ¡Ni wifi! Me llevé un móvil de los primeros que salieron, de los de tapa. Más adelante me mandó mi familia un móvil. Y con esos recursos hice incluso los informes para Cáritas. Aventura es poco.

P.- ¿Y lo mejor?
R.- No sé si lo mejor pero de aquí salieron cosas muy buenas y guardo mucho cariño; cuando me dicen que tengo que darles catequesis a 15 niños. ¿En serio? ¿Sin hablar francés?

P.- ¿Qué hiciste?
R.- Recuerdo que tiré los papeles al aire, tal cual. 15 niños negros. Yo solo veía dientes. Y sin entender una palabra. Me enseñaron mucho. Escribían en la tierra palabras, y aquella primera tarde me enseñaron una canción. Y pedí permiso para mirarles los labios, que eso a las mujeres no nos estaba permitido, para entenderles mejor. Gracias a esos niños aprendí francés.

P.- ¿Tuviste claro algún día que ibas a ser capaz de terminar la misión?
R.- Después de muchos meses sin poder articular palabra y pasada muchas vicisitudes, no tenía muy claro si aquel era mi sitio. Pero no, tenía que ser más fuerte que “todo eso” y sentí la señal , yo tenía que acabar mi misión en el Chad.

P.- ¿Qué ha supuesto para ti el Chad?
R.- Ha sido un antes y un después en todo. Si yo me creía capaz o no de hacer algo, ahí se me abrió un mundo. De no saber hablar ni una palabra a pasar a entrevistarme con el ministro de trabajo del país para arreglar nóminas, la verdad que yo ni me lo creía. Hay que enfrentarse a lo que uno cree que no puede para demostrar que se equivoca. Si el Señor nos pone en un sitio, es porque somos capaces de llevar a cabo nuestra misión.

P.- ¿Entonces, no nos creemos capaces?
R.- El fallo es que no solemos confiar en nosotros mismos. Pero si no lo intento no sé si soy capaz de aguantarlo. Y al final, te miras al espejo y tú vales. El Señor no me ha hecho más valiente ni distinta, pero me ha dado la gracia para darme cuenta de que soy capaz de aguantar lo que me echen.

P.- ¿Te volverías a ir de misión?
R.- No, ahora mismo no. Esta última misión ha sido muy dura. Además, mi madre ahora no se merece que me vaya a ningún lado. Mi sitio está aquí, con ella y mi familia, mi comunidad, y en mi apostolado en la Parroquia de La Virgen Milagrosa y San Dámaso Papa con esos niños y jóvenes que también tanto nos necesitan. Yo siempre digo “Aquí estoy Señor para hacer tu voluntad” y por eso mi gente dice que me pasa lo que me pasa (risas). 

P.- ¿Cómo se toma el café Pilar Méndez?
R.- Me gusta mucho el café, siempre con leche.