Barry White y el Buen Amor

La música amansa las fieras. Esto es tan cierto como que el origen de todo momento de calma viene precedido de un suave susurro armonioso. O no. Depende del momento. Lo que sí es cierto es que las que lidiamos con niños pequeños sabemos que una bonita melodía les calma la ‘inrritación’, como decimos los muy propios de mi tierra.

No importa el estilo, he tenido momentos de paz gracias a Morricone, Pablo López, Enrique Iglesias o Juanito Valderrama. El arte (aunque los malabares del lenguaje digan que es morirte de frío) pasa por saber qué debe sonar en cada momento. El don de la oportunidad cada vez está más cotizado precisamente por eso, porque el inoportunismo predomina en nuestra sociedad. Ojos cerrados, corazón bloqueado.

Siendo honesta, cuando me da por una canción, me da. Y sé que esto me viene de saga. Tengo muchas ocasiones para recordarlo pero la más recurrente es aquella en la que sonaba  Barry White The Ultimate Collection a toda pastilla en la salita de estar. Los primeros acordes de The First, my Last My Everything se escuchaban casi desde el portal. Ya sabía quien estaba en casa. Se ve que una de mis hermanas había descubierto al genio del soul a las puertas de su muerte. De la del cantante, claro.

¿Quién no ha escuchado música a tope? Yo misma. Mis vecinos, también. Ahora que lo pienso, quizá cuando escuchamos música a altos decibelios será que necesitamos que no nos oigan y echar pa’fuera lo malo.  Después de un año terrible, explotamos. y lo hacemos sin música. En su lugar son gritos e improperios. Callar a voces el alma porque necesitamos ayuda y no sabemos pedirla; nos está hiriendo como sociedad unida y bien avenida.

¿Cómo si no se puede atacar a alguien por dar un abrazo? ¿Cómo negar ayuda a quien lo necesita? Los prejuicios, el color de la piel y los ceros en el banco. La lepra contemporánea.

De seguir así, lejos de obras de misericordia físicas y espirituales, nuestro fin está cada vez más cerca. Hoy debemos celebrar de verdad ese soplo de aire que tanto necesitamos para abrir los oídos y el corazón en silencio. Hoy quizá conviene recordar a Barry White y ese Lo primero, mi último, mi todo. El Buen amor como inicio y final.

Agua y Menta

La tele y el cine de finales del siglo XX pusieron de moda las hombreras, las zapas con esmoquin, y aquel ¡Rupert, te necesito! que tanto hemos repetido hasta que lo olvidamos. Pero rescatar patrones del pasado y actualizarlos para volverlo a poner de moda es hoy escandalosamente la norma.

Salvo rarezas puntuales, hoy escuchamos versiones de éxitos de ayer. Algunas soporíferas y tediosas como las tan manidas en esos programas de entrevista de sofá. Lo penoso de todo esto es que no pasa solo con la música y el cine. Porque la moda ya sabíamos que era cíclica. Mi madre me lo lleva diciendo desde que soy una niña. Por eso muchas de mis amigas ya saben que yo no he pisado en mi vida una tienda de ropa vintage. Simplemente he ido a casa de mis padres. Y tan contenta.

La falta de creatividad viene por lo vertiginoso de los tiempos: producir rápido, vender rápido y crear de nuevo. Lanzar la noticia antes que nadie, ofrecer la exclusiva. Ese “yo llegué primero” busca lo que no es necesario. El reconocimiento externo. Pues vale, la peseta pa’ti. Quizá debiéramos pensar que lo importante no es llegar antes sino llegar bien.

Pero bueno, llegar antes es llegar bien, ¿no? Pues depende. Si para eso te has saltado dos semáforos, has dejado de ceder el paso a un señor con una carretilla o simplemente te has marcado un robado de aparcamiento a lo Tomates Verdes Fritos, (con la suerte de que a quien se lo quitaste no ha gritado Towanda como una loca) pues mira; bien, bien, no has llegado. Pensemos en ello. El medio de llegar al fin debe ennorgullecernos tanto como el fin en sí mismo.

Leía esta mañana en una entrevista a mi paisana María Peláe que no está todo escrito ni dicho ni inventado. Y cuánta razón tiene. Para sacar algo nuevo hay varias claves: trabajar mucho, trabajar bien y rodearte de gente que cumpla las dos anteriores. Y todo ello macerarlo a fuego lento, como los buenos guisos, los de tu madre y tu abuela. Esos que aunque no te gustaran te decían con cariño o no: Cómetelo que es lo que hay.

Hoy como somos más complacientes con nuestros hijos le quitamos el plato porque “qué lastima mi niño”. Y yo me imagino que qué lastimo yo. O qué pena cuando sea mayor y no sepa afrontar lo que le toque con esfuerzo y sacrificio. El aprendido de chiquito cuando el plato que tenía delante no era de su agrado.

Mejor nos iría a grandes y pequeños con un Agua y Menta bien entendido. Aguantarse y mentalizarse; y sin hacer daño. Así nos centraríamos en mejorar uno mismo y dejaríamos de mirar quien se corta o no la coleta y cómo es de penosa la vida de los descendientes de cualquier artista, por muy grande o no que esta haya sido.

Dame paciencia

Señor, dame paciencia, pero dámela ya. Pero la paciencia es saber sufrir; y eso no se aprende de un día para otro. Eso se interioriza desde bien pequeño.

Hoy nos cuesta entender al otro cuando habla porque desconocemos el significado de las palabras. Interpretamos según nos apetece para justificar el comportamiento propio. Se ha implantado en nuestra sociedad hacer un examen de conciencia ajena, analizando al dedillo las faltas del otro y echando en ellos la carga de los sinsabores propios.

Lejos de abrir los ojos con serenidad y buscar lo que uno sí puede hacer; escogemos el camino fácil. Me enfado y no respiro. Y no decimos un “bota bota y en tu cara explota” porque es domingo y tampoco es plan de ponerse belicoso. Carecemos de saber estar y tratar a los demás en distintos ámbitos porque el “yocentrismo” se ha hecho un hueco a codazos en nuestra sociedad. Algo muy ilustrativo para reconocerlo son  aquellos eventos en los que desde un escenario se lanzaban gorras o camisetas. Guantazos. Había guantazos para conseguir una y poder decir: “Yo la cogí”. Y encima, se la pone. Ver para creer.

Es habitual escuchar esa frase que me hace tanta gracia: Señor, dame paciencia, pero dámela ya. Pero la paciencia es saber sufrir; y eso no se aprende de un día para otro. Eso se interioriza desde bien pequeño. Cuando quieres un juguete y tus padres te dicen que no. Cuando en la mesa tienes una comida que no te gusta y te dicen que no, que hagas un esfuerzo y te la comas. El problema es que hoy le preguntamos a nuestros hijos qué quieren comer, qué ropa se quieren poner. Y parecerá increíble, pero no lo es. Ni sabemos sufrir ni por tanto, enseñarlo.

Nos han intentado engañar sobre el valor del sacrificio y el dolor. Como si fuera malo, como si debiera evitarse a toda costa. Pero el dolor nos fortalece. Nos enseña y hace crecer. Pero no queremos. Ciudadanos del País de Nunca Jamás. Sin responsabilidad ni normas.

La norma es necesaria porque es el origen del orden. Y no hay orden más natural y bello que el de no hacer daño. Esta para mí es la primera regla de juego. La tengo grabada porque sé que aún sin quererlo ni pretenderlo he lastimado a otros. Y el primer herido es siempre uno mismo. De toda la vida se ha dicho que el que algo quiere, algo le cuesta. Y sin duda, lo que más esfuerzo y tiempo nos requiere es analizar los fallos propios y hacer propósito de enmienda. Cada día un poquito porque sin duda este el mayor sufrimiento: saberse errante (del acierto).  

Tiempo y Serenidad

Las perspectivas y el lugar hacia el que miremos suelen ser un factor clave en la forma en la que entendemos el mundo. Recuerdo cuando estudié a Platón; me maravilló el arte del pensamiento. Quizá porque es ahí donde se dibujan las realidades que cada uno tiene sobre su vida y la de los demás.

Siglos y siglos después, el mito de la caverna mantiene plena su actualidad. Seguimos mirando aquellas sombras manipuladas que planteó el griego para explicar el conocimiento. La falta de lucidez se hace palpable. El opio de toda sociedad es la ignorancia. No interesa un pueblo que reflexione, que sepa, que valore, que respete. Una masa embrutecida permite a otros pocos manejar los hilos. Nos falta pensar.

La etimología de Pensar nos lleva a poner algo en una balanza, calcular. Para  pensar en algo necesitamos tiempo y serenidad. Si falta la primera, olvidemos la segunda. Sin una no está la otra. Vivimos a toda prisa. Aunque la pandemia nos frenó en seco, casi todos hemos querido recuperar el tiempo perdido. Las citas, los horarios, el estrés, el ay que no llego. El teletrabajo como excusa para apuntarnos a lo que sea. El desorden. Con la ropa muy bien puesta y los trasteros organizados pero con un caos absoluto de acciones, sentimientos y emociones.

Me imagino ahora como Alejandro Sanz interpretando su primer éxito del que se cumplen 30 años esta semana. Ahí es nada. Viviendo deprisa: “Cansado de vivir de esta manera”.  Teniendo la mala sensación de que no disfrutamos el momento de forma pausada.  Aún tengo alguien a quien llamar, algún destino al que viajar, ropa que tender o algún libro por leer.

Y yo me imagino que Alejandro Sanz nos invitaba a replantearnos nuestro día a día; si éramos conscientes de la velocidad de nuestro momento particular. Si vivimos sin paladear cada instante, con la serenidad y el tiempo que nos da la paz, esa de la que hablaba la semana pasada. La del amor.

David Beriáin / Imagen Nuestro Tiempo

Desde el martes dejé de mirar a Correos para fijarme en las personas; porque todas, con sus luces y sus sombras, buscamos y somos amor. Y he sido más consciente aún al profundizar en lo que nos ha dejado el periodista navarro David Beriáin, asesinado junto al reportero Roberto Fraile, y otras dos personas en Burkina Faso. He mirado a los ojos claros de David y he guardado algunas de sus palabras publicadas en Nuestro Tiempo que son verdad y bondad. Porque qué cierto es que “no hay mayor ignorante que el que cree que sabe“. Y aquí seguimos, sin saber pero dispuestos a dejar que el tiempo y la serenidad se hagan hueco indispensable en nuestras vidas.

Pax

Dice Rilke en “Violencia y Poder” que la gran mayoría de las personas violentas o que hacen daño no buscan hacerlo. Aquel artículo se me quedó grabado en la memoria sin mucho esfuerzo porque compartía con el autor la reflexión, y quizá también el conocimiento, que le había llevado a ello.

Tener conciencia de que quien daña no lo pretende puede marcar la diferencia ante cómo asumimos nuestra vida. Y lo  que es más importante y fundamental:  cómo decidimos reaccionar ante lo que los demás nos hacen, cómo nos comportamos nosotros.

El problema de hoy en día es que hemos normalizado la violencia hasta tal punto que muchos identifican la violencia con el guantazo o la agresión física. Pero no. La violencia comienza con un mirar a otro lado, con no tender la mano, con una mirada o un ceño fruncido. Se manifiesta con la palabra, el trato y la excesiva confianza. E incluso se percibe cuando no te conmueve el sufrimiento de otro y te burlas de su padecimiento.

Si yo te hablo con poca consideración es porque tú te lo mereces por cómo te comportas conmigo. Lo vemos a diario, en demasiados contextos. La televisión ha implantado este modelo de debate ordinario y faltoso. Y no solo me refiero a los herederos del tomate. Cualquier tertulia política o de análisis es una vergüenza para el espectador.

Cuando alguien hace algo que me ofende y me hace daño debiéramos plantearnos en silencio: ¿Quién soy yo para juzgarlo? ¿ Qué ganamos con enfrentarnos? El problema surge cuando la respuesta a esta última pregunta es popularidad, poder, posición social. ¡Ay, las medallas! Tanto nos pesan al cuello que nos convierten en prisioneros de las pasiones mundanas y oscuras.

Hoy muchos españoles sufrimos violencia y no sabemos cómo quejarnos. Se pierde el sentido del honor y la justicia. Nos hacen creer que si me provocas y yo reacciono, has de aguantarte: “Tú te lo has buscado”. Este es el germen de toda guerra. Sentirse amenazado, con la libertad en peligro de muerte.

Por eso, en tu entorno libra tus batallas con amor, con generosidad. Si una amiga te deja tirada, no la critiques y saca provecho del tiempo. De la misma manera trata muy bien a quien te hable mal, porque el poso queda. Y si alguien con capacidad de decisión hace daño verbal o físico, pide por él para que encuentre paz. Así es como la encontraremos todos. Sin piedras, ni balas, ni puertas que se cierren al salir.

400 días

Se cumplen hoy 400 días desde que se anunciara aquel primer Estado de alarma. Y durante todo este tiempo nos ha tocado despedirnos muchas veces y no solo de personas. En todo este tiempo han sido apartadas otras muchas enfermedades mucho más letales que la infección que nos ha cerrado el negocio y la boca, pero no los ojos.

Hoy quiero abrirlos con esperanza y reflexión pausada. Hay enfermedades que hemos tardado años en llamarla por su nombre. Cáncer. Se llama y dice cáncer, no una larga enfermedad como hemos leído y oído miles de veces. El cáncer nos ha tocado y nos toca a todos de cerca. Sin importar la edad: desde los dos años hasta los más de 70. Llega de forma fulminante y si no hay detección precoz ni tratamiento adecuado, la losa que se nos cae encima es demasiado pesada.

No me gusta llegar al café de media mañana con la cantidad de positivos y fallecidos por Covid que se nos dan a diario. Sin embargo, se agradece que solo lo hagan con una sola patología. Si el listado fuese de diagnósticos de cáncer, depresión y suicidios, ya nos habríamos tirado todos por la Peña de los Enamorados.

Tras cada una de las cifras se esconde una persona con miedo a sufrir, al dolor de su familia, a la incertidumbre de cuánto más. Pero aquí solo nos entendemos con números y son abrumadores:  en 2020 murieron 8 millones de personas por cáncer en todo el mundo.  De covid19 desde que empezó la pandemia (más de un año) tres millones de personas.  Todos estamos cansados del Covid19 y lo poco que sabemos y se vuelve a hablar del cáncer. Una enfermedad que según los últimos estudios padecerán una de cada 3 personas. Ahí es nada.

Decía Santa Teresa que la imaginación es la loca de la casa. Quizá termine un poco así porque no paro de imaginar a cada una de esos sufrientes y su familia.

La sobreinformación nos anestesia el cerebro. Fusila impulsos inocentes de libertad como salir a ver a tus padres y abrazarles; porque hoy los tienes contigo, mañana quien sabe. Por eso, vive, reza, abraza y besa a quien quieres cuanto puedas. Porque lo que es seguro es que el amor es lo único que nos hace libres.

Sin miedo

Que levante la mano quien no haya tenido una mala noche desde que comenzó la pandemia del Covid-19. Si ya en 2018 casi un 50 por ciento de la población española tenía trastornos del sueño, la pandemia ha disparado el número de casos, así como el de otras patologías nerviosas. Los TOC (trastornos obsesivo compulsivo) copan las consultas de psicólogos y psiquiatras desde marzo de 2020 y la estabilidad y salud mental de los ciudadanos está sufriendo una grave alteración que no se está cuidando ni teniendo en cuenta.

A quienes vivimos cerca del mar nos gusta buscar un rato de (des-)conexión respirando brisa marina. El ruido de las olas nos recuerda que somos viento que sopla y capaz de transformar cuanto nos rodea. El mar también nos alerta de que es fácil hundirse, pero es nuestro deber y derecho salir a flote.

A pesar del contexto, de la salud o la falta de ella. A pesar de las personas y de su tormenta de acciones y emociones que más veces de las que quisieran nos lastiman y nos hieren casi de muerte. Y solo entonces recordamos que vinimos para irnos. Ese abrazo que da la vida esperando la muerte que también es vida te grita que solo de ti depende el surco que hayas dejado. Recorreremos un camino con muchas piedras que nadie debe quitarlas de ahí, sino aprender a ver cómo a su alrededor crecen pequeñas flores. Porque también hay alegría, belleza y esperanza en la adversidad y el dolor.

La muerte es inevitable. Por eso vive como si fueras a recibir esta inoportuna visita en cualquier momento. Sal al encuentro de la vida. Busca ese atardecer que te llena el alma, oler a pinos o biznagas. Disfruta de esa sonrisa, esa mirada, esa mano que te acaricia.

Despierta con la certeza de la gracia con la que has nacido y multiplica tus dones. Repasa tus días de forma que brille más tu luz que tus tinieblas. Ama y solo así, vive. Sin miedo, como niños. Haciendo de tu mar, un cielo.

La vida sale

Si antes hablaba de las palomitas y el bochornoso espectáculo de nuestros políticos, antes se suceden una serie de acontecimientos que son más propios de un mal guión de tv movie que de mi querida España. Pero viendo que el pueblo solo quiere pan y circo, pues eso. A seguir capturando nuevos gladiadores a los que lanzar a los leones. Esa es la mejor manera de  olvidarse que quien de verdad se muere de hambre es aquel que grita desde la grada.

Esta semana se ha celebrado la muerte, que dicho así, choca. Pero como es digna, ya sí se permite la algarabía. Y pasa que los que tenemos la mala, pero necesaria, costumbre de pensar, nos formulamos preguntas de todo tipo. Si una persona que no decide morir ante el padecimiento y el dolor, ¿muere de forma indigna? ¿Vive de forma indigna también? Y si se aliviara el dolor o el sufrimiento de aquel que busca la muerte, ¿querría morir? ¿Querría si no sintiera que es una carga para su familia? ¿Y si no estuviera solo, querría morir?

Me consta que ver sufrir a quien quieres te destroza. Es muy duro. Nadie quiere sufrir y el dolor y la muerte da miedo. Pero sobre todo a lo que tenemos miedo es a la soledad. Otro drama contemporáneo. En Japón y Alemania se han creado ministerios expresamente para tratar este problema que aquí lo tenemos encima de la mesa. Una situación que se da más de lo que vemos y no solo en los mayores. En España, el 31 por ciento de los jóvenes menores de 30 años se sienten solos, según un informe de la Universidad de Comillas.

¿No te ha pasado ver en un bar a dos o tres personas en la misma mesa mirando su móvil? Rodeados de familia o amigos y tan solos. Cada uno en su mundo irreal a través de una pantalla. ¿Desde cuándo dejamos de mirarnos a los ojos? En la era más hiperconectada vivimos más aislados que nunca. Con las conexiones emocionales rotas y alteradas.

Ante la falta de recursos y en una sociedad como la nuestra tan independiente, relativa e individualizada, el sacrificio por los demás está demodé. Gran parte de nuestro tiempo lo empleamos en activos que den una rentabilidad física o económica. Para estar más guapa, más musculoso, con más pelo, con menos vello, más rico, con esa casa tan bonita… Lo demás es una perdida de tiempo.

Así lo han entendido los que mueven los hilos. No merece la pena que se destinen recursos a cuidarnos ni acompañarnos. En estos momentos precisamente aprueban la ley de eutanasia que la sociedad está sufriendo mucho. ¿No hubiera sido más urgente buscar aliviar el dolor? ¿Acompañar y cuidar al que padece? Sobre todo en medio de una pandemia con tanto sufrimiento, mala salud mental y mucha soledad no deseada.

Ahora deberíamos hacer como aquel que canta José Merce en La vida sale. Cuando nos pidan transitar calles oscuras que suponen un peligro auténtico para nuestra integridad física, mental o moral, deberíamos decir con arte que no. Que ya lo intentamos con buena voluntad pero ahí se quede usted en su tiniebla.

Ironías de la vida

Casi sin darnos cuenta hemos vivido un año siendo consciente de que la muerte acechaba tras cualquier esquina. Lejos de nuestra familia y amigos. Asistiendo incrédulos a un espectáculo diario de toque de queda, mascarilla fija en calles solitarias y jugada maestra de no te lo quedes tú que ya me lo quedo yo.

Y mientras tanto, debajo de ese ruido de movimiento de sillones, de sueldos públicos que se mantienen a base de cuota de autónomos que crece sin pudor, ayudas fantasmas, entre otros, y también impuestos del azúcar y del combustible que bajo ningún concepto lo asumen las rentas más bajas. Porque ya se sabe que los que menos ganan tienen prohibido usar el coche y beber CocaCola, no vaya a ser que por exceso de velocidad o de cubatas nos pongamos malos y tengamos que dejar de trabajar y mantener el paraíso de unos pocos que dicen estar a nuestro servicio. Sin dejar a nadie atrás.

Ironía en su más alto grado de expresión. Los sanitarios encantados de haberse conocido, por estar cuidados y mimados desde una Administración, mejor dicho, 17; que va cada una recorriendo el camino como puede o como le dejan. La salud mental descarrilada, cuesta abajo y sin frenos. Y el cuidado de los enfermos y terminales pendiente de una ley aprobada por el senado que tendrá su ratificación en menos de lo que se celebran elecciones.

Ante todo esto entran ganas de sentarse con un buen bol de palomitas a ver quién es el siguiente payaso que va a actuar; pero no somos espectadores. Nosotros interpretamos al protagonista, al pueblo sufriente y pagante. Porque ironías de la vida, la vidorra de unos pocos nos toca pagarla a todos, bueno, a todos todos, no.

Me preguntó hace dos semanas la del CIS en esa encuesta, en absoluto tendenciosa, que de qué clase social me consideraba. Y yo pensé que qué clase de pregunta era esa. Soy de la clase de gente que pringa. Que trabaja y paga escrupulosamente sus impuestos obedeciendo lo que mandan. A Dios lo que es Dios y al César lo que es del César.
Esa es la clase social a la que pertenezco. Esa que, parafraseando a la Faraona, repite como un mantra: “Ay, cómo me las maravillaría yo. Ay, yo cómo me las maravillaría”. Pero en esta ocasión se añade un para llegar a fin de mes o no tirar la chancla a la tele cuando sale el político de turno.

Sentir duele

Llegamos a casa después de haber tomado algo con unos amigos en el bar más antiguo del pueblo para celebrar el día de Andalucía. Hacía dos meses que el trabajo nos había impedido regresar y ver a la familia. Como cada sábado por la noche, la televisión era una opción que poco tenía que ofrecerme. Cogí el teléfono móvil. Me acordaba de un chico que estaba muy malito. Jorge Ribera Sempere. A pesar de su enfermedad y su debilitamiento, insuflaba vida y amor.

Pero no había nada nuevo. Recé por él y empecé a bichear por internet después de haber reflexionado si yo, que gozaba de buena salud, tenía la misma alegría y esperanza que Jorge. ¿Cómo estaría yo en su situación? ¿Cómo estaríamos tras 10 años con leucemia?

Y así me vi navegando a través de blogs, cuentas y perfiles que suman hasta que llegué a una que me hizo cambiar el chip. Me vi leyendo con cierta preocupación el testimonio de una mujer española, madre de familia, en pleno corazón de la Lombardía. Y entoné el mea culpa. Confesé en voz alta que quizá estábamos ante algo gordo (una expresión muy amplia cuando no tienes ni idea de lo que tienes delante pero cuya gestión sabes que cambiará para siempre nuestras vidas. Y así ha sido).

Porque, ¿quién no despreció al Covid19 en febrero de 2020? Lo hizo el Gobierno de España en bloque y la mayoría de medios de comunicación. A pesar de Italia. Pero a mí, amante y defensora de los refranes como soy, no me cuadraba que se siguiera haciendo vida normal cuando  estaba muy claro que cuando las barbas de tu vecino veas cortar, pon las tuyas a remojar.

Lo extraño de todo esto, es que un año después, más de 60.000 muertos, y cientos de miles de personas con trastornos mentales, ruinas económicas y sociales, se siga despreciando, no al virus, sino a las personas. ¿Qué hacemos? ¿Criterios políticos o sanitarios? ¿Cuestión económica? Después nos llevamos las manos a la cabeza con declaraciones como las de Victoria Abril, pero visto lo visto; lo de la gestión de esta pandemia en España es para volverse ‘majarón’, como se dice en mi tierra.

Ahora tampoco me interesa lo que pone la tele; por eso quiero volver a acudir a Jorge Ribera Sempere. Su sonrisa a pesar del dolor y de la enfermedad. El valor de la familia, de ayudarse. El sentido de saber que cada situación que vivimos importa y nos hace bien. No solo a mí, también a quien me rodea. Jorge murió el 29 de febrero de 2020. Puede que no entendamos en absoluto lo que nos pasa y que nos quedemos con ese amargo regusto de la impotencia de querer y no poder; pero si algo trasciende al ser humano es el poder del querer. Dejarse amar y ser amado. Sentir duele. Llorar es bueno. Estar triste nos recuerda que nos necesitamos unos a otros y que somos alma que siente y se emociona. Los abrazos no volverán porque realmente nunca se fueron.