Sentir

Cuando tenía 14 ó 15 años estrené montura de gafas. Eran de un bonito color rosa metalizado y muy finas. Mi madre y mis hermanas me decían que estaba muy guapa. Mi padre no es que pensara lo contrario, simplemente creo que no se daba cuenta si eran distintas o no a las anteriores. Supongo que a él le bastaba con tener una hija que pudiera ver bien la pizarra. La cosa es que, coincidiendo con esa época, la moda joven consistía en pantalones anchos con muchos bolsillos, cadenas y zapatillas que no servían para hacer deporte porque te destrozaban los pies.

Era una vestimenta algo rebelde, como si aquellas prendas y complementos te señalaran como alguien sin normas y contracorriente. Un joven que todo lo sabe y todo lo inventa. Y a mí con lo que me gusta un innovar, así iba yo. Recordemos: con gafas rosas y de esta guisa. Claramente, como un santo con dos pistolas… Pa’bernos matao. Gracias a Dios, pronto cambié este atuendo por otro más acorde con toda yo.

Traigo este recuerdo a mi memoria porque suele ocurrir que al ver a alguien que actúa de determinada forma o que parece piensa diferente a uno, enseguida cruzamos la cara y rara vez confiamos en conocer ese fondo maravilloso que todos, de una forma u otra, tenemos. Nos cuesta mirar en vez de ver.

Hoy nos hacen sentir que formamos parte de aquí o de allí, y llevados por la pasión, ubicarnos en grupos enfrentados y excluyentes. Así resulta evidente que los prejuicios se arraigan en nuestra rutina, prolifera la violencia e impera el mí me conmigo. Nos cuesta ponernos en los zapatos de otro y confiar en alguien que no se comporta como nosotros esperamos. Y al final pasa que amamos según si en ese momento nos apetece y ese otro (sea tu amiga, tu padre, tu hermana o tu novio porque ya casarse no se lleva) se ajusta a mí, perdiendo así el nosotros por el camino.

Me gusta pensar en todo lo bueno que el otro es capaz de hacer que anclarme en los errores de nadie, porque ¿quién no los comete? El que esté libre de culpa que tire la primera piedra. Y es cierto que lanzando buenos peñascos uno se quedaría bien a gusto con quien te da una buena ración de ajo, agua y menta, pero si en algo nos diferenciamos los seres humanos que tenemos como guía y referente al Amor de los Amores, es que debemos sentir ese amor al prójimo con buena esperanza y confianza plena, sabiendo que cada día es un obsequio y que todo tiempo presente es como bien dice la palabra, tiempo regalado.

A veces, últimamente más a menudo, cierro los ojos y escucho esta preciosa canción de Luz Casal. Entonces sé que la mejor manera de agradecer este tiempo regalado es ahora y con la única forma real de cambiar las cosas: amando.

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2 opiniones en “Sentir”

  1. Carolina ,Sí que es difícil ponerse en los zapatos del otro
    Y más difícil aún *ver ,no solo mirar*
    como tú dices
    Como siempre suscribo lo que dices y te admiro por esa facilidad de palabra
    Agradecida por este ratito de reflexión dominical
    fuerte 🤗

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